martes, 26 de octubre de 2021

Kínder

 Kínder

Recuerdo que Jazmín vivía casi frente a la escuela. Su padre tenía un taller de ebanistería especializada en... féretros. Nos hicimos mejores amigas nada más mirarnos. Reconocimos un pedacito de una en la otra. Son las cosas mágicas que suceden entre los niños. Camisas blancas, faldas azules bailando contra la brisa y delantales rojos con nuestros nombres bordados con primor del de antes. Quizás hasta nos parecíamos un poco. Teníamos por delante una vida para jugar. Salíamos juntas al recreo, leíamos a la misma velocidad, nos asustaba la profesora de la biblioteca, corríamos hacia el kiosko como si la soda se fuera a acabar, ganábamos las mismas notas. Éramos un alma dividida en dos cuerpos. Dos corazones que bombeaban al mismo ritmo. 

Mis papás me dejaban pasar por casa de Jazmín un par de horas algunas tardes y nosotras aprovechábamos para jugar entre el aserrín y las piezas de madera que sobraban de los recortes y talla de los ataúdes. El negocio iba bien porque eran otros tiempos. A la gente no la cremaban, sino que se les velaba por una noche entre rosarios y lágrimas y luego se celebraba la sentida misa de cuerpo presente.  Las cosas han cambiado y no estoy muy segura de a dónde van aquellas lágrimas que antes se derramaban frente al muerto. 

Yasmín y yo armábamos pueblos de tuquitos de madera, los usábamos como juegos de té y jugábamos a que el aserrín era nieve, como la de las cómicas.

Un buen día y cansada de nuestra simbiosis, la maestra nos cambió de mesa, y a Jazmín la colocó cerca de la puerta y la nombró en el COD (Cuerpo de Orden y Disciplina). La convirtió en una "sapa". En una soplona glorificada. Yo me quedé en mi mesita con mi mochila verde y aunque en principio me aterrorizó la idea de estar separadas, luego de unos diez minutos de pánico, sentí como si me abrieran los ojos. Jamás me había percatado del resto de los niños. Fue entonces cuando Yamal me extendió su mano y me preguntó que si quería que fuéramos amigos. Dora me miraba a través de sus gruesos lentes de pasta carey y Luis Miguel prestaba una indivisible atención a la maestra.

Le sonreí con timidez al niño. Y pensé que nada impedía que pudiera tener otros amigos. Busqué a Jazmín con la mirada a través del salón pintado de celeste, como pidiéndole aprobación. Ella nos miraba y movió la cabeza de arriba a abajo con una sonrisa curiosa en su rostro.

En el recreo nos juntamos los tres y compartimos una soda de veinte centavos con los emparedados que nos habían empacado nuestras mamás. El de Yamal era de mantequilla de maní con mermelada de uva. El mío de jamón queso y mantequilla y el de  Jazmín de huevo con tuna. Yamal y yo pensamos que nuestros sandwiches eran el perfecto complemento para el del otro, dejando a Jazmín disfrutar a solas de su emparedado. A ella pareció no importarle. Se lo comió mientras se quejaba de lo triste que era tener que apuntar en la lista de comportamiento al resto de los compañeros.

Y el primer recreo pasó en un suspiro. Y la primera semana vimos que nuestra nueva complicidad aumentó. Y estábamos felices.

Recuerdo claramente como un día se me quedó mi borrador (de queso, sí así le llamábamos a los borradores buenos) en casa, y la maestra nos pidió hacer un pareo entre unos patos y unas canastas o unos huevos. Yo me equivoqué en una de las líneas y ningún compañerito de la mesa me quiso ayudar. Yamal tampoco tenía con qué ayudarme a borrar. Fue allí cuando se le ocurrió la idea de que borráramos la línea errónea poniendo saliva en mi dedo índice y frotándolo contra el papel. Sólo puedo decir que el hueco que hice me valió que la maestra me pusiera una ¨X¨ del tamaño de la página. Por un momento temí que me fuera a colocar una igual en el boletín. Decidí no hablarle a Yamal por un día entero. Esperaba que eso lo ayudaría  a reflexionar sobre su recomendación y a no andar inventando.

Así pasaban los días entre peripecias escolares y tareas. Intrigas en los recreos, notas y planas. Éramos un trío inseparable.

Una tarde de aquellas que no es de verano ni de invierno, quedamos en vernos para jugar en casa de Jazmín. Luego de la pega, el pez congelado y Un, dos, tres, pan y queso, llegó el plato fuerte, el Escondido. Y a Yamal le tocó contar mientras Jazmín y yo nos ocultábamos en los lugares más ingeniosos. El témbol era el gran árbol de mango que había entre la casa de Jazmín, el taller de su papá y la casa de su abuelita, de manera que había en aquel pequeño complejo, mucho espacio para esconderse. Usualmente nos escondíamos juntas, pero esa tarde quise intentar algo diferente. Yamal empezó a contar en voz alta. Uno, dos, tres... once, doce, trece. Jazmín se ocultó entre unas matas de papo, pero yo estaba segura de que allí la encontrarían. Veinticinco, veintiséis, veintisiete...treinta y tres, treinta y cuatro, treinta y cinco. Empecé a desesperarme porque no encontraba el escondite ideal. Cincuenta y nueve, sesenta, sesenta y uno. Cada vez subía más la voz de Yamal, quien no se saltaba ni un número. Cuando iba por noventa se me ocurrió aquella idea. No lo dudé ni por un segundo y salí corriendo, convencida de que sería el mejor escondite...

Allí estaba. Era pequeño, blanco con dorado y estaba cubierto de polvo. Era perfecto para mí. Estaba segura que siendo lo miedoso que era, Yamal jamás me encontraría. 

Y Dios sabe que me buscó. Me buscó por el resto de la tarde. Tanto tiempo me buscó que Yasmín se unió a la búsqueda. Ante un triunfo tan total, pensé en hacerlos esperar un poquito más, de modo de que reconocieran que yo era la campeona indiscutible del Escondido a nivel mundial. De repente sentí una pesadez, y como adentro estaba muy suavecito supongo que me dormí.


*****


La encontramos al día siguiente. Parecía que dormía. Podría decirse que hasta sonreía. Seguimos con nuestras vidas. Crecimos mientras ella siguió siendo una niña pequeña. En donde esté aún tiene cinco años. Nunca volvimos a jugar al Escondido. Aún tiemblo cuando veo un ataúd. En especial uno pequeñito como aquel en el que Katy se escondió. Y cada vez que me toca contar, por cualquier razón, me salto el número 100. No sea que se vaya a despertar y se asuste por estar solita. O se ponga a llorar porque la encontré.

lunes, 8 de marzo de 2021

Cuestión de perspectiva

Por: @KlenyaMorales

Es irónico, gracioso y triste que a estas alturas aún descubra cosas de mí misma. Lo más drástico es que uno
reaprenda cosas. Pero quizás a alguien le sirva esta tonta anécdota. 

Cuando niña y adolescente yo montaba en bicicleta. Una BMX regular, como las de todos los chicos del mundo. De las que salían en E.T. y ahora en Stranger Things. Y no era que manejara por toda la ciudad, porque mis papás siempre me tenían bastante tapada. Eran horas dando vueltas en el perímetro de mi calle sin salida, atrás de la bomba Golden, en la calle Don Ramón. Vueltas, vueltas y vueltas. Me sabía los huecos de la calle, las siluetas de los pinos contra el cielo, las manchas de marañones sobre el asfalto. Fuera verano o fuera invierno. Éramos una sola cosa: mi mente inventando historias y mi bicicleta. Y eso era suficiente. Han pasado 30 años.

No recuerdo cuándo fue la última vez que salí en mi bici. Muy probablemente fue el día anterior a irme a estudiar a la capital. Después me volví una persona adulta tratando de ser importante. Desde la última vez que me subí a mi BMX, las cosas cambiaron en la humanidad. Poco a poco surgió un furor con el (vaina pa´dolorosa) y luego el triatlón. Ironmen & Ironwomen por todos lados. Andar en bicicleta se volvió una costosa sub-cultura, llena de spandex, parafernalia, casco, zapatos especiales, bicicletas de materiales tan ligeros como las alas de los ángeles. Y yo, que ya no hacía nada de ejercicio, los miraba desde mi esquina. Yo no entendía el furor, ni la necesidad. Lo único que me quedaba era caminar, como el resto de los mortales. Las bicicletas parecían cámaras de tortura y todo ese culto se me hizo ajeno y lejano. Me olvidé totalmente del lugar feliz que siempre fue mi bici mientras crecía en mi barrio.

Confieso que no solo me parecía extraño, sino hasta ridículo. Uno a uno vi caer a mis amigos en el culto del ejercicio, sin entenderlo. ¿Cómo demonios vas a querer levantarse al alba y dejar tu cama deliciosa para ir a “entrenar”? De repente todos son atletas. Y las peroratas sobre su experiencia y la tecnología y los kilómetros ¡Qué pereza!

Luego me vine a vivir a un suburbio que tiene kilómetros de ciclovías. Seguía sin entender.

Lo relevante de este cuento es que, la Navidad pasada, mi esposo me regaló una bicicleta. Yo misma la escogí, como siempre, reaccionando a la tendencia. Es una bici celeste, con guardafangos y timón en forma de “n” invertida. Tiene una canastita blanca al frente. Supongo que muy parecida a la que usaba Ana Frank. El asiento es comodísimo. Nada que ver con las bicis aerodinámicas de mis amigos.

No pude usarla de una vez. Se quedó dos semanas estacionada en mi garaje, porque no tenía ayuda y los kids no se iban a cuidar solos. Así que cuando conseguimos a alguien que nos ayudara me hice el firme propósito de salir a andar en bicicleta a las siete de la mañana. 

No les puedo explicar. La brisa en la cara. Las bajadas después de las lomas, a toda velocidad, sin pedalear. Y lo más extraño de todo, no me dolía nada. Me comencé a despertar más temprano, con la camisa de pijama, con una gorra de mi papá. Con las mismas zapatillas y leggins de toda la vida. Con unos audífonos nuevos. Mi celular y mis lentes de sol normales en la canastita. Con mis listas de Spotify, porque todo es mejor con música. Con el app de medir kilómetros del mismo celular ese normalón que uso.

Llevo dos meses y mientras escribo este artículo mi app me dice llevo 378 kilómetros. Por fin entendí que mi escepticismo era en parte, la más vulgar de las envidias. Envidia porque no entendía las posibilidades de mejorar mi vida, la necesidad de hacer algo por mi bienestar y disfrutarlo al mismo tiempo.

Cuando los doctores nos dicen que “tenemos que hacer ejercicio” olvidan decirte lo más importante: busca un ejercicio que TE GUSTE. Es como trabajar: si encuentras algo que te apasione, nunca va a ser trabajo. 

Me da mucha tristeza el tiempo perdido. Casi treinta años sin mi bici. Ojo, no he perdido ni una libra ni me veo diferente. Para eso hay que hacer otras cosas. Pero de verdad que algo pasa dentro de nosotros si encontramos la actividad correcta. Me organizo mejor, me siento con más energía. Duermo un poco menos y no siento que me haga falta. Es tiempo conmigo misma y puedo ordenar mis pensamientos con más claridad. Creo que soy una mejor mamá, esposa, hija y hermana. 

Lo mío no es caminar ni trotar. Lo he intentado y lo he detestado con todo mi ser. Para MÍ, no tiene sentido. Pero ahora entiendo a los sport freaks. Que conste que yo no “salgo a rodar”, ni a entrenar. Salgo a andar en bicicleta. Y ese detalle, ha sido toda la diferencia.


miércoles, 28 de octubre de 2020

El lado oscuro de mi 2020


 

Por: Klenya Morales


Cuando escribí el único artículo que he podido redactar en pandemia (170 días en casa, 29 de agosto de 2020 https://laesquinadeltriskel.blogspot.com/2020/08/170-dias-en-casa.html?spref=tw), mucha gente se conmovió hasta las lágrimas. Por eso pido disculpas, —que no son reales del todo, porque yo siempre busco que la gente sienta cosas con mis escritos. Que sientan lo que sea, pero que sientan algo. Mientras otros me querían matar por “romantizar” esta época tan jodida que nos ha tocado vivir. Que, ojo, si la comparamos con muchas otras crisis de la humanidad, pues de repente no es tan focop.

Después de pensarlo, creo que ya sé qué fue lo que pasó. Y he aquí la excusa para mi falta de empatía pandémica. Yo aún no había vivido el verdadero calvario de este año: la nefasta escuela virtual.  Olvídense de tener que cocinar todos los golpes para alérgico, gluten free, bebé y medio que dieta; hacer pizza casera, la ley seca o de los días de hombres y días de mujeres, que parecían salidos de una pesadilla de Margaret Atwood. Yo no había visto nada, porque mis hijos empezaron clases en serio hasta el final de agosto y yo no tenía idea de lo que las demás madres venían sintiendo hacía ya varios meses. Y ahora que lo viví, no se lo deseo a nadie. Encima de eso, el bebé aún no caminaba y aunque no estaba escribiendo nada nuevo, pues tengo una casa y un trabajo, sí debo confesar que estaba vendiendo los libros nuevos a dos manos. Estaba motivada por la crisis, tripeando la novedad, mi esposo estaba en casa todo el tiempo, tenía material nuevo y el vaso estaba medio lleno. Sin quererlo estábamos poniendo ganchitos a cosas que estoy segura que de otra manera, no habríamos cumplido.

La escuela virtual para Cutín implica atención total todo el tiempo y como el 6yrold está aprendiendo a leer y escribir y necesita unos 75 snacks durante las clases, toca subir y bajar escaleras, limpiar charquitos de agua, buscar goma, atesorar rollos vacíos de papel higiénico, barrer migas y ante todo, estar allí, porque si no, el chiquillo cierra la cámara y se pone a jugar Roblox en vez de aprender a sumar. He tenido que hacer mamparas negras para que pongan atención. Tuve que desalojar al bebé de su cuarto, dejarlo damnificado en un corralito que parece diseñado por el mismo Lucifer (tuve que ver 7 tutoriales, desbaratarme las manos y gritar de rodillas y con los puños hacia el Cielo para poder armarlo) y convertir su cuartito que decoré con tanto amor, en salón de clases/oficina, que todos tienen que usar por turnos.   

Con la aberrante escuela virtual, también se presentó una de las peores pesadillas de este tiempo, la cual ha sido mi porquería de impresora. En verdad he llegado a desarrollar un odio visceral por este aparato. Siento náusea cada vez que hay que imprimir algo. He llegado al punto en que me he tenido que poner a dibujar las figuritas requeridas. El artefacto huele el miedo, la prisa, la ansiedad. El 70% de la tinta se gasta literalmente en que la impresora tire páginas de prueba de tinta. No exagero. La HP (Es la marca real y juro que hasta en eso se burla de mí) me ha hecho llorar de la rabia e impotencia de no poder tener las tareas de los niños al día. Ningún ser humano debería manejar esos niveles de frustración por culpa de una máquina. La odio con cada fibra de mi ser y deseo más que nada estrellarla contra una pared o destruirla con un mazo. Pero en estos momentos no podemos darnos esos lujos.

Se murieron Eddie Van Halen, el vocalista de The Outfield y Pau Donés. Lloré por todos. 

Cuando yo pensaba que ya me había pasado todo en este desafortunado año, pues nada, alguien picó una línea de gas en la barriada, y un par de horas después la administración nos mandó un correo todo casual, diciendo que no vamos a tener gas por unos sesenta- y- fucking- cinco- días. Al menos. Dude, yo tengo 3 hijos y quien me conoce bien, sabe que mis Gremlims son el equivalente a tener 7 en la vida real. Tenían que ver cómo me desmoroné frente al pobre señor que venía a instalar los tanquecitos de gas, casi al borde de las lágrimas, manoteándole y exigiéndole que tuviera piedad y me pusiera el tanque de gas en la secadora en vez de la cocina, porque con tanto niño y sin tendedero, yo me iba a volver loca. La gente me miró con cara de WTF y lástima. O al menos eso me pareció a mí, porque como todos sabemos, detrás de las máscaras, pues sabe Dios qué cara pone la gente en verdad. Me parecía a la gente esa que buscan soporte emocional porque Trump ganó las elecciones del 2016. Perdí la cabeza. No estoy orgullosa. No fue mi mejor momento.

El bebé se cayó sobre el filo de una mesa y hubo que tomarle once puntos en la frente. La gente nos miraba en la urgencia y me hacían sentir como la peor madre del Sistema Solar. De nuevo estoy asumiendo, porque reitero, no se le puede ver la cara a nadie. 

Me fui a cortar el cabello, pero por andar tuiteando no presté atención y bueno, solo les puedo decir que después de un mes aún me miro al espejo y lloro. No tengo la actitud para sacar adelante mi corte. Lo sigo intentando todos los días, pero ya no hay nada que hacer y al fin y al cabo no es como si mi vida social fuera un éxito en estos momentos. Espero que antes de Navidad crezca un poquito, para tomarme alguna foto decente.

Una noche serví una cena de risotto de camarones, con Catena Malbec y puse un playlist súper romántico. Pero los vecinos, con quienes me llevo super bien, tenían una bocina mejor que la mía. Y tenían típico. Luego pusieron bachata --cuando escuché a Romeo cantando 'Lágrimas', de José José, me dieron ganas de clavarme el tenedor en la oreja. Como se imaginarán, al carajo la atmósfera romántica. Pero me lo tenía merecido. Yo grito los nombres de mis 3 hijos de 6 de la mañana a 9 de la noche, seguidos de “bájate de allí”, “sal de la regadera ya” y otras bellezas que no voy a decir, no sea que me denuncien a las autoridades y Dios sabe que ellos me contestan con llantos que se escuchan a una cuadra. Ellos jamás se han quejado así que mi autoridad moral para reclamarles por un par de bachatitas inocentes.  La verdad sea dicha, comer fuera de la casa es una opción descartada por los momentos. Los restaurantes se quieren sacar el clavo de los 7 meses de lockdown y eso no va a ser a costa de mi bolsillo. Ni quiero ni puedo. Así que más me vale bancar el gusto musical de mis 4 vecinos colindantes. Es parte del sacrificio. Al menos no es como si nos estuvieran bombardeando aviones alemanes en el medio de la noche.

Confieso que varias veces me hice la loca y todo el mundo terminó cenando cereal o galletas, que no apagué el televisor en medio de una escena medio que fuerte con los kids revoloteando, que no estoy segura si alguna vez limpié a un niño con Clorox wipes y que he reemplazado varias comidas sólidas con mamadera, que me los he quitado de encima varias veces dándoles el celular y que a veces me quedo en el estacionamiento 10 minutos después de haber llegado del súper. Soy una simple humana.

Hoy había que transmitir LIVE un circuito deportivo diseñado mi kid de primer grado. Mientras yo corría detrás de él por el patio con la computadora, y él saltaba sobre unos conos anaranjados y ensartaba unos aros en un poste, pues nada, sucedió que pisé un lodito raro, y el 6yrold gritó en vivo a todo el resto del salón: “Mami, pisaste un pupú”. Tuve que esperar hasta que la filmación acabara y mientras me limpiaba con la hierba.  Señoras y señores: el 2020, siendo 2020, hasta en los pequeños detalles.

En fin. Esto es lo que es. Y nos toca lidiar con nuestras realidades. Aún nos quedan unos 60 días de este giro alrededor del sol. Si sabemos rezar, no es un mal momento para hacerlo. Y si me vienes a decir que cómo me quejo mientras otros están viviendo verdaderas tragedias, entonces no entendiste el post.

sábado, 29 de agosto de 2020

170 días en casa



170 días en casa

Todos dicen que éramos felices y no lo sabíamos. Que estamos viviendo el mismo día mil veces, como en El día de la Marmota. Hacia donde mire veo drama, miedo y desesperanza. Pero quiero y necesito pensar que esto era necesario. Que era parte de mi historia y que me tocaba vivirlo. Pero qué tal si lo que estábamos era sedados, embobados, drogados de cosas. Abstraídos de la realidad. Ocupados sobreviviendo para alejarnos de todo aquello que no era tan placentero como habríamos deseado.
¿Y si no conocíamos nuestras casas por dentro, ni a nuestros amantes, ni a nuestros hijos, ni a nuestra vida? ¿Y si necesitábamos tiempo para vernos por dentro y ver en lo que nos habíamos convertido? Para redefinir nuestro espacio, nuestras metas y prioridades. Para encarar nuestras locas pasiones, nuestros sueños más oscuros y prohibidos. ¿Y si estábamos ausentes, desconectados? ¿Y si ya éramos unos extraños hasta para nosotros mismos? ¿Y si la casa se nos estaba quemando, si las telarañas, literalmente estaban borrando nuestras esquinas? ¿Qué tal si lo que estábamos era aburridos de creer que éramos libres? Tan hartos de no escuchar a nuestros ángeles y a nuestros demonios...
Puede que necesitáramos ver a la Basílica de San Pedro vacía, para recordar a Dios. O dejar de abrazar a nuestras abuelas para darnos cuenta de que el tiempo se nos estaba acabando. O quedarnos en silencio. O darnos cuenta de lo poco que en verdad se necesita para sonreír. O darnos cuenta de lo mucho que pasa en casa mientras estábamos afuera, tratando de conseguir cosas más bellas o más cómodas o más caras.
Yo me di cuenta de que tenía poco vino y demasiado algodón. Demasiados lipsticks que nunca usaba y aretes que compré sabiendo que nunca me los iba a poner. innumerables cremas, scrubs, lociones y productos que no sé ni para qué son. Que me encanta ir descalza y de que me da dolor de cabeza pensar en dónde ir a cenar. No solo por la decisión, sino por lo caro que ya era. Ahora sé dónde y con quién están mis hijos y he gozado con no hacerlos despertar antes de que salga el sol, a bañarse con agua fría y desayunar obligados para enlatarlos en un bus oyendo reguetón y no saber de ellos hasta que el sol se comienza a morir. He visto cómo se les van quedando las pijamas ante mis ojos y me he aprendido el lugar de cada onda de sus cabellos. Comencé a resolver viejos problemas y bajé las revoluciones. Volví a escuchar la radio y ahora los locutores se hicieron mis mejores amigos. Los escucho puntualmente, como si tuviéramos una cita. Despierto con sus selecciones musicales y me tomo el café con sus cuentos.
Me volví profesional haciendo mamallenas con el pan que acumulé pensando que se iba a acabar el mundo. Me atreví a amasar hojaldras. Y a un par de cosas al margen de la ley de las cuales no me arrepiento. Pedí dos que tres favores a viejos amigos a quienes antes no había tenido una buena excusa para contactar. Y pude comprobar, que allí estaban, como si el tiempo no hubiera pasado desde nuestro último abrazo.
Ejecuté proyectos que había procrastinado hasta el hastío. Colonicé o más bien recolonicé mi casa y los rincones de mis armarios. Redescubrí las líneas en la palma de mi mano. También me cansé del chiquillerío y me refugié en la cocina para no jugar más con ellos. Desempolvé mi espectacular libro de recetas y me atreví a ser otra, alguien para quien la cocina es un arte y no un acto de sumisión. El tiempo que le dedicaba a mi cabello lo invertí en hacer realidad algunos sueños.
Se me salió una lágrima cuando la pandemia llevaba 40,000 víctimas. Lo recuerdo claramente. Y luego me di cuenta de que dadas las circunstancias, solo puedo tratar de protegerme y de proteger a los que amo. No es que se me hayan dado muchas opciones. Y a veces eso es bueno también.
No estoy tratando de ser una positiva tóxica, ni de hacer limonada con la desgracia. Con 3 niños en casa, no he tenido mucho tiempo libre, para ser sincera. Lo que no quiero es olvidarme de esta semivida que nos tocó, cuando aquel virus nos robó 6 meses del calendario.
Estoy guardando los detalles, para echar bien los cuentos cuando nos volvamos a encontrar y al fin pueda usar ese vestido rojo que se quedó colgado entre mis proyectos, el 10 de marzo de 2020.

 



viernes, 6 de marzo de 2020

Inclusión social: asignatura pendiente

Durante sus 12 años, he tenido varias experiencias con mi hijo con discapacidades intelectuales. Su relación con el entorno es muy complicada y desde que nació, soy consciente de que el mundo no está diseñado para él: El sistema educativo no está preparado para atenderlo, la salud privada lo ignora, la sociedad no sabe qué hacer con él y yo, que lo amo, nunca me he sentido a la altura de sus retos. Si para todos los que estamos en pleno uso de nuestras facultades, es complicado, imagínense lo que él puede sentir. Frustración. Confusión. Soledad.
Me pitan con furia mientras intento bajarlo del carro y me toca tener la puerta abierta un poco más de lo usual porque se quitó los zapatos durante el viaje. Hemos estado en actividades multitudinarias al aire libre, de gran nivel logístico y como mi niño, gracias a Dios no precisa de ayudas técnicas para caminar, no es fácil detectar su discapacidad en una fila de decenas de personas. Así que me toca ir de fila en fila pidiendo el favor de que nos permitan pasar adelante, pues él podría no tolerar la espera y la experiencia se nos podría complicar. En nuestro país hay tantos eventos novedosos y fascinantes, pero no están preparados para darle ciertos privilegios a un niño para el cual el mundo no es amigable.
No puedo negar que hay gente que hace lo posible por ser empática y resolver. Al entender y advertir la necesidad especial, una vez nos dieron prioridad a toda la familia y la gente de la fila hasta celebró que mi niño disfrutara como cualquier otro niño de algo tan sencillo como unos lentes de realidad virtual. Pero en otra oportunidad, me dijeron que el niño y yo podíamos pasar, pero que el hermanito y el papá tenían que hacer la fila de 2 horas. Cero sentido común. ¿Cómo nos van a separar? Somos como cualquier otra familia que quiere pasar un domingo haciendo algo diferente.
Mi propuesta, porque no todo es quejarse, es prever gafetes del evento justo al momento de comprar los boletos, que garanticen un trato preferente, para el niño especial y su familia, como entiendo que se hace en otras sociedades con algo más de experiencia. No creo que se requiera tanto preparativo contra el juegavivo, más aún si el discapacitado está debidamente acreditado por SENADIS. Así que si alguien de los que me lee conoce a gente que organice espectáculos, defensa civil o primeros auxilios, por favor trate de pasar esta inquietud.
En un parque cerca de casa, una niña en el parque se rió de mi hijo porque no podía hablar. Han hecho comentarios sumamente inapropiados en voz alta, que inequívocamente han llegado hasta mí. A veces contesto y regaño al hijo ajeno. A veces agarro a mi hijo y me largo llorando. Gracias a Dios a él esas cosas no le importan, pues vive en un mundo alterno y especial. Pero a mí no dejan de dolerme ese tipo de interacciones, que lastimosamente se repiten porque no nos hemos tomado el trabajo de educar a nuestros niños sobre la diversidad. Hay muchos tipos de personas y cada día conocemos nuevas categorías. Pero el respeto y la preferencia por el física e intelectualmente vulnerable debe ser un asunto que se trate en la agenda familiar y escolar. Hay gente realmente indefensa y en desventaja con todo lo que le rodea. Y todos, absolutamente todos podemos quedar en esa desventaja en cualquier momento de nuestras vidas, en cuestión de segundos.
Yo no le pido a la sociedad que me asegure un futuro para mi hijo, ni siquiera educación o bienestar. Pero sí sueño con más tolerancia y humanidad en el día a día, en las cosas pequeñitas. Los padres de niños especiales temblamos de terror ante la probabilidad de que nuestros niños causen daño o molestia a su alrededor, en un mundo en el que hasta llevar a un niño promedio en un avión es casi un pecado. Nos la pensamos dos veces antes de salir con ellos al cine, a los restaurantes. De pedir sus descuentos legales a los doctores que nos dicen que “ellos no aplican ese descuento”. Y son cosas en las que podríamos estar haciendo la diferencia.
A mí estas cosas nunca me interesaron ni me hicieron ruido, hasta que mi vida cambió. Y ahora que vivo en este universo, entendí a la fuerza lo que es vivir como minoría y fuera del estándar. Falta docencia. Falta empatía. Falta amor. Para los papás de niños especiales es muy agotador vivir en el activismo de crearles un espacio. La próxima vez que tenga la invaluable oportunidad de favorecer al más débil, no se lo piense. Y aunque ni mi pequeño guerrero ni yo se lo podamos agradecer, haga la diferencia.
Todos cabemos en este mundo.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

Viceversa (2017)



 Genaro Sánchez, 19 años, 125 libras, barba de un mes, ojos pardos, largas pestañas, en jeans desteñidos, Converse negras y camiseta de la Selección Nacional de Fútbol, camina por la acera, frente a un edificio en construcción. Es camino obligado para llegar a la parada de Metrobus. No le queda de otra.
— Vaya papi, tú sí tas bueno.    
—Psssssssssst… ¿tás bravo mi amor?   
—Papacito hazme un hijo.         
—To´eso es tuyo y na´ pa mí.    
—Contigo hasta el metal, chichí.
Pero él ya está acostumbrado. Es tan incómodo. Los piropos de las trabajadoras de la construcción se recrudecen y Genaro aprieta el paso mientras agarra su mochila con ambas manos en vez de llevarla al hombro. Es lo mismo todos los días. Juan Carlos lo espera en la esquina y lo hace sentir un poco más seguro. Juntos cruzan la calle por la línea de seguridad para ubicarse en la parada de bus, rumbo a la Universidad. Ambos estudian Diseño Gráfico en la Facultad de Arquitectura.  Algún día tendrán carro y no tendrán que aguantar los piropos indeseados en la calle.          
            —Chuleta, Juanca, ayer me monté en un Uber porque iba tardísimo a la U, y la conductora no dejaba de mirarme la entrepierna por el retrovisor. Me ofreció agua, pero me dio miedo de que le hubiera puesto algo. Hay que ser muy desconfiado. Luego me estuvo chateando y me mandó una foto de sus pechos, Manito, lo que uno se tiene que aguantar…
Mientras esperan en la parada ambos reciben un par de silbidos más desde los taxis amarillos al otro lado de la calle. Mujeres de cuarenta y tantos les pitan para llamar la atención. Ellos fingen que no se dan cuenta. En el edificio que se alza frente a ellos, hay una publicidad de relojes con un modelo de torso desnudo con las manos tras la espalda, como encadenado por hermosos Tissot y una leyenda “Prisionero del tiempo”
     —Ignóralos, dice Juan Carlos, ya casi llega el Metrobus.
            La conductora se detiene y mientras los chicos pasan las tarjetas de cobro, la mujer los escanea de arriba abajo, diciendo “Adelante mis reyes”. Luego grita “Me le dan un asiento a este par de pastelitos, por favorrr” —.
     Ambos caminan hacia el interior del bus, e inmediatamente dos mujeres se ponen de pie para cederles los asientos. Los chicos se sientan en hileras continuas, pero la chica que le dio el puesto a Genaro se coloca frente a él haciendo que su minifalda casi le roce la cara. Instintivamente, Genaro coloca su mochila entre su cara y la pelvis de la muchacha. A Juan Carlos una abuelita le está babeando el hombro en el puesto del otro lado del pasillo y a él le da un poco de lástima quitarse. Es cosa de todos los días.  Hay que aprender a vivir con eso.
            Durante el trayecto Juan Carlos hojea un ejemplar de la Crítica que la señora que le dio el puesto ha dejado sobre el asiento. La portada es “Se prendió el rancho: mujer enciende la casa en donde su exnovio se ha mudado con los dos hijos de la pareja”. “Nos están matando y nadie hace nada”, piensa el joven, mientras asqueado ve un poster de Maluma semi desnudo y con un collar de perro en el ombligo del periódico.
     Cuando piden parada en la estación de la Iglesia del Carmen tratan de bajar rápidamente, pero Genaro no puede escapar de que la mujer que le cedió el puesto “accidentalmente” le roce la espalda con sus pechos. Genaro suspira y baja del bus. No tiene tiempo ni ganas de armar una escena. En la parada le da la mano a un papá que sube con su bebé recién nacido envuelto en una sabanita azul. Seguro es una niña.
     —Adiós bellezassssss, se despide la conductora del Metrobus, y continúa su monótono ir y venir por la ciudad.
            Juan Carlos y Genaro ni siquiera se quejan. Nada sirve de nada. Solo pueden apresurarse a llegar a la U. Allí los hombres están razonablemente a salvo. Pero eso es relativo.
     Al llegar al lobby de Arquitectura se encuentran a Rómulo y a Ricardo. Rómulo llora desconsolado y Ricardo trata de calmarlo.
            —“Ey bro, cálmate, ¿qué pasa?” le pregunta Genaro. “¿Te podemos ayudar?       —Cha, man, es la profesora Virginia López. Me ha dicho que si me interesa pasar Dibujo Comercial, tengo que salir con ella. Sabe que estoy quedao´.
     —Áyala bestia, fren. Qué problema. Pero chilea, ¿y si lo denuncias con la Decana? Ella es bien buena gente. Es mamá de cinco hijos varones. Ella te va a entender.
     —Bro, para cuando eso se resuelva ya todos se van a haber graduado. Y yo por ahí llorando como un pendejo. Qué va manito, yo mejor la repito el año que viene. Porque esa doña ni es. ¡Vieja verde!, conmigo se va a joder—, contestó Rómulo entre llanto. El suyo no era una ñañequería, era un llanto de impotencia y de asco. De resignación. Del que sabe que es víctima de una injusticia y que se la va a tener que aguantar.
     —(Sollozo de Rómulo) Chucha, yo sabía esa vaina, awebao, desde que entré al fokin salón. La doña me desvistió con la mirada. Una descarada. Qué vaina más incómoda. Parecía que nunca había visto a un hombre en su vida. —Rómulo se restriega la nariz con el antebrazo y se lleva la mano a la frente. —¡Qué situación más cabreante!
     —Bueno Rómulo, si ya decidiste que no vas a hacer nada, tú tranquilo que esa materia no te va a parar ninguna otra. La vuelves a matricular, y punto—, le dice Genaro alzando los hombros, como quién dice ¡ni modo! —Tú, pa´lante, fren. A todos nos pasan esas cosas y aquí estamos. 
            Ricardo y Juan Carlos se van juntos a la cafetería, en donde los señores mayores con redecillas en la cabeza y uniformes rosa pálido les sirven sendos platos de salchichas guisadas con hojaldras y café. El clásico desayuno universitario. El cajero les dice “Buenos días” con mucho respeto, recibe sus pagos en efectivo y les da su vuelto. “Suerte muchachos” les dice al despedirse, con sonrisa bonachona.
            En “La perspectiva”, la Cafetería de la Facultad de Arquitectura, hay varias pantallas de televisión encendidas con diferentes canales que pasan las noticias matutinas, de seis a nueve de la mañana. Las anfitrionas de los programas visten sacos y pantalones holgados y disparan preguntas con sal y pimienta a los invitados. Los periodistas que leen las noticias llevan camisas de colores pasteles.  En tiempo de Mundial, también están pasando uno que otro partido desde Rusia tempranito. Las comentaristas de deportes se extienden en sus apreciaciones sobre los partidos de la fecha anterior, en la cual Panamá empató milagrosamente con Inglaterra, y el golazo inesperado de Amanda “La Negrita” Jones, venciendo todos los pronósticos de humillación indudable frente a la oncena de experimentadas futbolistas de cabellos rubios y shoot impresionante.
En la pantalla que da a la salida, la periodista Alana Alvarado del canal 12, tiene una exclusiva con la presidenta de la República, —que da muy pocas entrevistas en vivo—quien está proponiendo dos perfiles de abogados sobresalientes como aspirantes a la alta Magistratura de la Corte Suprema de Justicia. Maestrías en Harvard, amplia trayectoria en fiscalías y tribunales. Federico Silvera y Juan Fernando Palacios Arias. Trayectorias impecables, currículums sólidos e intachables. Dos hombres que tendrían que ser ratificados por una Asamblea avasalladoramente controlada por diputadas. La verdad sería refrescante que dos abogados puedan llegar a esos puestos, pero va a tener que haber una negociación, la gobernabilidad está en juego, pues el Ejecutivo ya intentó llenar esas posiciones anteriormente con otros dos hombres y no hubo humo blanco. Las otras siete magistradas son mujeres, por lo que la propuesta presidencial es muy interesante desde el punto de vista de la paridad.
            En el canal 34, el Ministro de Desarrollo y Bienestar Social, Saúl Gómez Landa—único hombre del Gabinete de la Presidenta Natalia Porras De Obaldía, habla de la necesidad de ser más enérgicos a la hora de hacer que las madres asuman el pago de las pensiones alimenticias de sus hijos a tiempo y aboga por penas de cárcel y severos embargos hasta a los abuelos maternos de ser necesario, para las mujeres que abandonen sus deberes maternales y no brinden apoyo a los padres, que crían y cuidan de sus hijos, quedándose en casa cuando es necesario. Al mismo tiempo, está proponiendo una ley que extienda la licencia de paternidad por tres meses más al menos, pues es un hecho que el recién nacido necesita del contacto con su padre durante los cruciales primeros meses de vida, en una sociedad en la que la mujer devenga salarios más altos, y es costumbre que vuelva a trabajar tan pronto se recupere del alumbramiento.
            Juan Carlos y Genaro, llevan sus bandejas a la pila de enseres sucios, toman sus mochilas y van a clases.
            La primera hora es de “Diseño de Imagen y Marcas”, con la profesora Gretta Aramburú. Una eminencia en la materia. Con una hermosa cabellera plateada, sus lentes de pasta y un traje impecable, dirige la clase como si fuera una jefa militar. Los estudiantes la respetan. Tiene unos 60 años y se ha ganado todos los premios que un Publicista puede ganar en Centroamérica y el Caribe. Junto a Sonia Santamaría es la socia fundadora de S & A Connection, la publicitaria más grande e influyente del país. Es una costumbre que sus mejores estudiantes de cada semestre reciban la oportunidad de hacer pasantías en su firma publicitaria hasta el final de sus carreras. A Genaro y a Juan Carlos se les sale la baba por poder aspirar a uno de esos puestos, pero es sumamente difícil para los chicos. En clase, solo las mujeres llevan chance de participar y sobresalir. Les dan los mejores proyectos, solo las chicas contestan cuando todos alzan la mano. Pareciera que el hecho de ser hombre es una descalificación total para los codiciados puestos. Alicia Chambers y Serena Ubianey parecen ser las favoritas de este año. Pero los pelaos no se dan por vencidos y dan lo mejor de sí en cada clase, porque soñar es gratis. Y eso no se los pueden quitar.          
            Antes de salir de la Universidad le pregunta a Juan Carlos si le gustaría ir a almorzar a su casa, pero Juan Carlos se excusa diciendo que tiene una cita más tarde. Genaro le sonríe. Hace meses que su amigo anda en alguna vuelta misteriosa, y no quiere soltar prenda sobre su amor clandestino.
            Genaro vuelve a su casa inspiradísimo. Poder dar clases con Gretta Aramburú, es de por sí una bendición. En su casa, su padre lo espera con comida caliente. Su favorita. Lasaña de vegetales en salsa bechamel, un beso en la mejilla y un fuerte abrazo. Genaro padre es sastre y trabaja desde casa, mientras que su madre es jueza primera del Circuito. La casa está impecable, don Genaro se esmera en los detalles. Se ejercita diariamente y cuida de su alimentación de manera rigurosa. Genaro advierte que su padre está usando sus lentes de contacto se ha pintado las canas, que en la mañana cuando se despidieron presentaban algo de crecimiento. A don Genaro le gusta vestir bien a la hora de cenar y que todo sea perfecto cuando doña Elsa llega cansada y sin ánimo de nada. Que haya cervezas frías. Que se sienta calor de hogar.
            Genaro y su padre conversan de todo y de nada. Genaro le cuenta a su padre que hoy no ha visto a Alicia Chambers. No se la ha encontrado en ninguna de las clases que tienen juntos, por lo que el día no fue tan bueno, pero que igual la clase de la profesora Aramburú hizo que todo valiera la pena totalmente. ¡Qué mujer tan inteligente! Su padre lo mira con cariño tocándose el cabello, le pregunta si le gusta cómo le quedó el tinte. Genaro levanta el dedo pulgar, en señal de aprobación, le dice que le encantan las flores del comedor que la comida estaba deliciosa y se va a su cuarto para estudiar. Con Aramburú nunca se sabe. Quizás algún día lo tome en cuenta y haga que su historia dé un giro.
     Desde el cuarto, Genaro escucha el teléfono. Parece que es Doña Elsa, para avisar a su esposo que se va a tomar unas cervezas con compañeras del trabajo. Que no la esperen despiertos. Genaro escucha a su padre despedirse con voz de desilusión. Le dice a doña Elsa que lo despierte cuando llega para calentarle la lasaña. Pero para ese entonces doña Elsa parece haber colgado el teléfono. Lo mismo de siempre.
            Genaro sale del cuarto y le pregunta a su papá si se le antoja ver alguna película en Netflix. Don Genaro sonríe agradecido por la compañía y la propuesta y corre a la cocina a enfriar un par de cervezas y a hacer palomitas de maíz en el horno microondas. Mientras camina hacia la salita de la televisión, piensa que Genarito es un buen pelao. Tan diferente de su Ana Patricia. Su hija mayor, entra y sale de la casa como si fuera un hotel. Pura fiesta. Tuvo un bebé a los 19 años con su novio José Pablo, quien obviamente tiene la custodia de su niño y cuya pensión alimenticia tiene que pagar don Genaro, porque doña Elsa no lo quiere ni ver. Ana Patricia, de 30 años no trabaja, no se entiende de su hijo, no aporta nada a la casa de sus padres, y se la pasa de fiesta. José Pablo está comprometido con una doctora que adora al niño y está a punto de terminar su carrera de Derecho. Don Genaro sabe que una vez se case José Pablo, ya no va a ver muy seguido a su nietecito       .
            Cuando llevan como una hora de estar viendo la película, suena el celular de Don Genaro.
            —Contesta tú—, le dice a Genarito.
            —Sí, papá— dice Genaro, y corre a buscarlo.
     En la pantalla sale el aviso de “Número desconocido”.
     —¿Hablo con el señor Sánchez? — dice una mujer al otro lado de la línea.
     —Sí, diga—, dijo Genaro con voz tranquila, para no molestar a su papá en caso de que fuera alguien de telemarketing.
            —Habla la detective Solís, de la Policía Técnica Judicial. Lamento llamarlo para informarle que la señora Elsa Sánchez ha sufrido un accidente y está grave en la urgencia de la Especializada. Deben venir cuanto antes.
            Genaro cerró el teléfono y le dijo a su padre que tenían que salir inmediatamente. Cuando llegaron a la Especializada, ya todo había acabado. Solo quedaba reconocer el cuerpo de doña Elsa y el del joven de la edad de Genaro que iba con él en el carro, saliendo de un hospedaje de pago por hora. Al salir a la Transístmica, un camión cisterna de leche había arrastrado la Fortuner azul marino de doña Elsa varios metros antes de detenerse. El muchacho había muerto en el lugar del choque. 
            Cuando Genaro reconoció a su amigo Juan Carlos en la camilla adyacente a la de su madre en la morgue, con el cuerpo destrozado y la cara intacta, entendió la actitud sospechosa de su mejor amigo. Se tapó la cara con las manos y se permitió llorar a gritos. Su pana del alma y su madre. Y ahora ya no estarían más. No le quedaba ni siquiera con quién enfadarse… No había a quién reclamarle…
     Don Genaro ni siquiera se dio por enterado. Hay cosas que los esposos saben y callan. Y no permitiría que nada empañara la memoria de su mujer, tan trabajadora y profesional, tan guapa y tan buena madre. Genaro y su padre trataron de evitar hablar del tema y pidieron discreción a la policía y a los padres de Juan Carlos. Guardaron todo en sus corazones y siguieron viviendo. Don Genaro, en la calma sin tranquilidad de la viudez y su hijo, sigue tratando de abrirse paso en una sociedad en la que a los hombres aún les quedaban muchas conquistas por la tan ansiada igualdad. Así lo habría querido su madre.


Kínder

 Kínder Recuerdo que Jazmín vivía casi frente a la escuela. Su padre tenía un taller de ebanistería especializada en... féretros. Nos hicimo...