jueves, 13 de agosto de 2026

Tan poca vida: un viaje hasta los límites del dolor


Creo que no estoy sola. He visto varias reseñas que se quejan del exceso de páginas al principio de la obra. Compré el libro el 3 de marzo de 2026 y comencé a leerlo a razón de media página cada noche. No pasaba nada. En la página 400 yo todavía no podía adjudicar a cada personaje su oficio. Todo era como un refrito entre Friends y St. Elmo´s Fire. Todo pasa siempre en Nueva York.

Tenía la mente casi en blanco mientras leía. Me obligaba a subrayar una que otra cosa cada cierto tiempo. Me gusta mantener un diálogo con quien quiera que sea el que tenga acceso a mi pequeña biblioteca ordenada por colores.—sí, ya escucho a los puristas de la lectura rasgándose las vestiduras. Pero por alguna razón no me rendí, lo cual era mi derecho inalienable como lectora. Seguí adelante tratando de encontrar el agarradero.

Entonces llegué a la página 430 el jueves pasado y comencé a desmoronarme de manera sistemática. Hoy terminé de leer. Fueron 6 días de llevar el libro a todas partes. Llegué hasta la página 1002 y como podrán darse cuenta tuve que volar hacia la computadora para poder entender cómo me sentía respecto a la sobredosis de dolor y amargura a la que fui expuesta por medio de la novela.

Y es que sencillamente era imposible que alguien fuera tan desafortunado en la vida. Jude tiene cada razón posible para desestimar el valor de su vida hasta el límite de la locura. ¡Qué mala leche! me digo a mí misma mientras espero que el tranque sea lo más largo posible y yo pueda llegar hasta el final entre semáforo y semáforo.

Esa temática siempre se me hace muy dura como en el caso de The Kite Runner y Sleepers. Es un boleto solo de ida a la situación más lacrimógena que uno se pueda imaginar. Como no conozco a más nadie con quién discutirlos he surfeado la web durante toda la semana. Allí me he dado cuenta que la cantidad de infortunios por los que pasa el protagonista han sido quirúrgicamente pensados para ver qué tanto puede aguantar un lector. La exageración es intencional. En un momento de la lectura se me figuró que estaba leyendo La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, solo que sin el realismo mágico ni el humor negro.

Cuando llegué al parlamento del que se extrajo el nombre del libro, sentí como si me hubieran sacado el aire de un golpe en el estómago. El ataque de Caleb me hizo darme cuenta que jamás había pensado que en una pareja gay pudiera haber maltrato doméstico. Tuve que leer 4 veces los párrafos posteriores a la descripción del color del auto (harlot red), porque mi mente se negaba a entender lo que estaba pasando. Tabúes destapados por todos lados. Secretos llenos de gusanos viscosos que se retuercen dentro de la cabeza de la gente. Un estilo narrativo que fue mejorando con cada página, perturbador pero en algunos momentos desgarradoramente hermoso. Pude ver en blanco y negro aquel pensamiento que siempre me ha intrigado sobre la sexualidad de personas que son straight, pero que en algún momento se enamoran de alguien que happens to be es de su mismo género. Creo que eso es algo que nunca me he atrevido a formular en voz alta. Hay temas de los que no se habla. El libro me generó preguntas y reflexiones que seguirán en mi mente por algunas semanas. Estoy segura.

Tan poca vida es un libro terrible, imposible para personas muy sensibles. Ni siquiera en una triste reseña que nadie va a leer me atrevo a llamar a las situaciones por su nombre. Uno por no espoilear y dos porque es muy fuerte siquiera pensar en tanta desgracia. Jude es como un imán que atrae a lo peor de la miseria humana y a lo mejor de la capacidad de amar a alguien sin importar cuán jodidos estén su mente y su cuerpo.

Ahora tengo un problema. Quiero releer esas 400 primeras páginas y si no las leo, al menos encontré un podcast en Spotify en donde leen el libro completo. Ideal para mis paseos en bicicleta. Debo haber perdido tantos detalles en mis primeros intentos por meterme en ese mundo que ahora tendrían mucho más sentido para mí. Pero también es necesario que me ponga a leer algo más positivo y luminoso. Apostaré por Proyecto Hail Mary, el cual no me había atrevido a abrir, porque implicaría que me había dado por vencida con Jude, Willem, Mal y JB.

Hace 19 años llevé a cabo uno de mis más caros sueños editoriales. Como Coordinadora de Difusión Cultural de la Universidad Tecnológica de Panamá, recuperé del fango del olvido un libro bibliográfico—también terrible—llamado A través del tormento, de Francisco Clarck, que es un relato crudísimo sobre un hombre víctima de una enfermedad que lo convirtió en un cadáver viviente, imposibilitando cada movimiento de su cuerpo y cuya historia conocemos porque una niña le hizo la misericordia de recoger su dictado y así inmortalizar su sufrimiento. Hay muchas similitudes entre la vida de Jude y la de Francisco. Ambos libros te hacen levantar la mirada de las letras y mirar al vacío en busca de oxígeno.

Llámenlo masoquismo literario pero es satisfactorio que una obra nos afecte, nos incomode, nos haga pedazos y trate de recomponernos. Los finales infelices hacen que uno sienta cosas y por comparación con el opuesto, nos lleven a valorar cada pequeña bendición y a aterrorizarnos por lo que podría esperarnos en la próxima esquina.

viernes, 6 de marzo de 2026

De cómo llegamos hasta aquí

Por: @KlenyaMorales

Estábamos en el patio de la casa de mis padres en David, una de esas míticas tardes de calor que todo el mundo nos achaca a los chiricanos como si tuviéramos la culpa.  Había cerevezas y quizás carne en la barbacoa. No recuerdo quién dijo “¿Y si hacemos una revista?”- Inmediatamente alguien más continuó “y se llamará Placacuatro”.  Eso fue todo.  La magia del momento selló el destino de nuestro proyecto.  Nos miramos con susto y alegría, porque sabíamos que no había vuelta atrás. Era una gran idea, o al menos lo parecía.  Teníamos que hacer que sucediera. Y estábamos condenados a hacer realidad ese sueño.

Era el verano de 2006.  Y henos aquí, veinte años después, tecleando para todos ustedes.  Con la ayuda de los patrocinadores de siempre y los nuevos apoyos, conociendo perfiles chiricanos, luchando por sacar los gastos, de frente a los retos tecnológicos que amenazan con hacer desaparecer las iniciativas artísticas.  Seguimos trabajando a mano.  Mi papá dándole golpes a la Olimpya y buscando nuevos sponsors, mi mamá corriendo de aquí para allá, siendo el apoyo de todos para que las cosas se hagan, y mis hermanas y yo haciendo lo que hay que hacer para que cada edición llegue a manos de este público a quien nos debemos. 

No ha sido fácil.  Los deadlines se nos vienen encima (si quieres que la vida se te pase en un pestañeo, te reto a editar una revista), no hay foto de portada, nos falta material o nos faltan los recursos para poner todo lo que queremos. También vivimos una pandemia, y varios presidentes con sus respectivos defectos y virtudes, algunos menos virtuosos que otros. Clasificamos a dos mundiales. Pero hemos tirado las fotos suficientes para que ustedes puedan revivir estos años de Placacuatro, y que los logros de nuestra gente no caigan en el olvido.

Vender pautas jamás ha sido mi especialidad, papá es el que sabe de eso. Mamá es la primera lectora y la asesora logística del producto. Tru es la brisa de aire fresco, realidad y experiencia. Yan es la que nos llama a capítulo para agendar la estrategia.  Cada quién tiene un rol específico, y aunque no hemos pasado de ser un emprendimiento cultural familiar siempre hemos mantenido nuestro norte, que es documentar las vidas de los chiricanos y el desarrollo de nuestra provincia, en medio de un sistema que gran parte del tiempo ignora a quienes no viven de este lado del puente de las Américas.

En más de una oportunidad hemos alzado nuestras voces para tocar la puerta de algún gobernante para que no se olvide de nuestra provincia.  Muchos de nuestros entusiastas colaboradores y benefactores ya no están entre nosotros.  Veinte años es una vida entera, y gracias a la providencia –esa que hace que el periodismo sea la manera más divertida de ser pobre—el sueño ha seguido materializándose en nuestras ediciones cuatrimestrales.

Tengo veinte años de firmar esta columna con un pseudónimo y quizás ya sea tiempo de cambiar eso.  Cuando uno llega a cierta edad, ya no tiene por qué usar máscaras. Este ha sido un gran recorrido, satisfactorio, concreto, real. No suelten nuestra mano.  Ustedes son nuestra razón de ser.

Y eso es todo lo que puedo decir al respecto.

jueves, 19 de febrero de 2026

Apología de la envidia


Ya sé que es uno de los pecados capitales, pero a final de cuentas, se supone que Dios detesta al pecado, no al pecador. Pero es que uno no decide sentirla.  Simplemente pasa y no sabes qué hacer con ella.  Hay cierto grado de inocencia en la vida del envidioso, pues es algo que no se escoge.  Los perezosos, los glotones, los soberbios, avaros, lujuriosos y los iracundos tienen un alto grado de participación y aquiescencia con sus pecados.  Pero el envidioso no puede evitar que su corazón quiera lo que quiere, aunque nadie lo sepa.

Y yo quería todo lo mejor para mi hijo.  Tenía sueños, planes, proyecciones. Todo lo que uno normalmente espera mientras lleva a su bebé a bordo.  Pero las cosas no salieron como yo quería.  En su lugar tuvimos una historia llena de los peores escenarios.  Todo lo que podía salir mal, salió mal y cada vez que escuché cascos, era porque lo que venían no eran caballos, sino cebras.  Vi al terror cara a cara.  Cada amanecer traía otra batalla, otra novedad.  Los ganchitos de mi lista de deseos se volvieron pesadillas con las que no sabía que iba a convivir.

Fuimos saliendo de aquellas arenas movedizas, pero la vida siguió siendo diferente y mis metas se convirtieron en esfuerzos por sobrevivir.  Este año debería estarse graduando de secundaria, recibiendo su cinta negra de Tae Kwon Do, tocando la guitarra en un concierto de rock o invitando a una chica al baile de su promoción. Se estaría reuniendo en las noches de verano con sus vecinos del barrio a la luz de la luna creciente, echando cuentos y tramando locuras. Debería estar escogiendo una carrera. Ya le deberían haber roto el corazón un par de veces. Eso habría sido lo justo. En su lugar tuvimos que reparar su corazón literalmente y aceptar otro tipo de vida.  Y renunciar a mil cosas más, que el resto de la gente da por descontadas.

No me había sentido como hoy en buen rato.  Habrá quienes digan que no se trata de envidia en el sentido estricto.  Pero yo quería para él lo que la mayoría de los hijos de mis contemporáneos tienen hoy, y definitivamente siento amargura real por todo lo que él no va a vivir.  Envidia es una excelente palabra para describir lo que pasa en mi alma.  Es un deseo legítimo, difícil de reconocer, pero tan real que sientes un peso en el pecho.  

Esta ha sido probablemente mi peor columna.  La que deja de manifiesto mi fealdad interior, pero como les digo a los adolescentes a quienes les doy una clase de literatura y composición, es una excelente manera de saber lo que uno siente, de entender lo que uno piensa sobre diferentes cosas.  

Yo sigo tratando de que mi niño me entienda, de tender puentes entre él y yo, de hacerlo parte de los sueños que aún me quedan para él.  Y no me malinterpreten, yo no deseo nada de esto para nadie, pero no renuncio a pedir milagros allí donde ha naufragado mi esperanza.  Veo las fotos, las celebraciones, los logros alcanzados por los demás, los problemas que para mí son nimiedades y pienso que él también merecía vivirlos a plenitud.  

Creo que no tengo el valor necesario para publicar estas líneas.  Mientras escribo trato de que se me ocurra otro tema, otra idea que le guste a mi editora; así que dejaré que se sequen las lágrimas y leeré el texto nuevamente, a ver si vale la pena o no mi confesión pública.

jueves, 17 de julio de 2025

50 años: cremas, música y sueños

Por: Klenya Morales

Aunque quisiera más garantías de salud y vida, no cambiaría ni por un segundo aquel aterrizaje del 18 de abril de 1975. No echaría el tiempo atrás, porque cualquier mínimo ajuste alteraría a la persona que soy. Y hoy, por fin, después de muchas luchas, me encanta en quién me he convertido.

Anda, vamos.  Claro que me arrepiento de un par de cosas.  ¿Quién no?
La adolescencia tuvo sus altas y bajas. Durante mis veintes, me acompañaban millones de inseguridades y cosas no resueltas. El síndrome del impostor me habitaba con una intensidad casi absurda.  Pero el lugar y la forma en que me criaron, todo lo que aprendí, las oportunidades que tomé... fueron esculpiendo mi mente y, junto con ellas, a toda una generación que creció con la mejor música (no admito ninguna duda a este respecto), sin fotos de nuestras fiestas, andando en bicicleta sin casco, aterrizando en la calle sin rodilleras.

Desde este quinto piso, tomo distancia para ver las cosas con una mejor perspectiva. Los recuerdos comienzan a colarse por las rendijas de la memoria: imágenes antes bloqueadas por el tiempo o el desuso vuelven desde el fondo del baúl. Aquello que algún día fue vital, hoy ya no lo es tanto.
Han cambiado los sueños, han rotado las prioridades. Me han traído hasta aquí, con esta vida, que como dice mi papá “no es una novela”. Y cada vez me importa menos lo que otros digan de mí.

Aún quedan pendientes. No he publicado mi primera novela (aunque ya casi está lista). El cuarto libro de cuentos sigue en el tintero. Me esperan viajes, milagros, lecciones. Muchas más columnas, cada día más irreverentes y despreocupadas. Tal vez, si el destino quiere, uno de mis hijos sea fichado por un Club de Fútbol de la Liga. Quizás la ciencia le regale a mi Cutín nuevas posibilidades de comunicación. Uno nunca sabe.

Y claro que lucho contra la edad. Intento envejecer dignamente, mientras gasto una pequeña fortuna en cremas y sueros antiarrugas. Ya no tengo esa mirada de inocencia y desorientación que tenía el siglo pasado. Aún veo con mucho miedo al botox, pero uno no debe decir “de esta agua no beberé”.  He visto una que otra cosa durante este camino. Ya sé qué quiero hacer con mi vida. Y eso, hay que decirlo, no es poca cosa.

No le digo que no a un buen vino, ni a una buena conversa. Sigo odiando bailar, pero amando la buena música. Trato de crear momentos con mis hijos, que cantan a Perales, A-ha, Three Doors Down, Joaquín Sabina y a la antigua Shakira. Les dejo mis recetas como herencia, para que mi comida nunca les falte.  Mis libros están subrayados y llenos de comentarios.  Serán una conversación abierta con ellos, por siempre.

Esta década me ha traído nuevas oportunidades laborales, retos estimulantes y sueños renovados. Hago mi balance: ya ni Arjona ni Sanz me dedican canciones, es verdad. Soy toda una doñita, en plena batalla por hacerme amiga de ChatGPT. Pero, allá adentro, muy dentro, también sigo siendo esa niña que se columpiaba en el patio de mi casa en David, viendo cómo las flores de Llama del bosque teñían de naranja el suelo.  La que soñaba con escribir historias y diseñar revistas. Como esta que tienes en tus manos, que ya cumple 20 años en un par de meses.

Estoy agradecida, pero quiero más: de lo mismo y cosas nuevas.  Todo menos conformarse.  La vida es un suspiro y cada momento más, es un momento menos.

viernes, 7 de marzo de 2025

Las últimas veces

Hace unos días celebré con auténtica felicidad que mi hijo menor comenzara a andar en bicicleta sin rueditas.  Entre caídas, raspones y sustos, el pelaíto inició una nueva etapa en su vida.  Tengo 49 años y DP tiene cinco.  Yo muy bien podría ser su abuela, pero bueno, eso es materia de otra columna. Lo cierto es que ya no volverá a usar esas rueditas.  Bien puedo botarlas a la basura o bañarlas en oro para ponerlas en una repisa de su cuarto.  Pero, ¿qué pasa con las últimas veces? ¿A dónde van a parar esos momentos que sin saberlo, —mientras los vivimos—, no se volverán a repetir?

Supongo que todos los días vivimos una que otra última vez, solo que no lo sabemos.  Nos volveríamos absolutamente locos si supiéramos exactamente en qué momento se acaba cada etapa.  Con el paso del tiempo vamos tomando más conciencia de estas cosas, que los más jóvenes no intuyen o que no importan cuando uno cree que es inmortal. 

Recuerdo la última vez que vi a mi abuelito Demetrio.  No podía saberlo y sinceramente, creo que es mejor así.  Sus pocas palabras, su sonrisa de un millón de dólares, su cerveza Cristal mangalarga de los viernesLo escribo y lo vivo de nuevo. Cada una de esas cosas, sucedió para mí, una última vez, sin que yo tuviera la menor idea.

Habrá un último gol de Messi que podremos disfrutar, luego se retirará para siempre.  Hay un último abrazo a los amigos, a los padres, a los compañeros de trabajo, a los amigos de la escuela. Habrá una última discusión con alguien a quien no soportamos. Cantaremos una nueva canción de Joaquín Sabina por última vez, porque ya no compone tanto como antes y se nos está haciendo viejo.  Veremos una última película de Al Pacino o esa película que nos encanta (en mi caso es Love actually en el de mi esposo es Titanic) se cruzará en nuestro zapping y la veremos otra vez, para no volverlo a hacer jamás.  Algún día escucharemos Yesterday de los Beatles por última vez o trataremos de leer Don Quijote, sin éxito y nos daremos por vencidos.

Y ojo, que las últimas veces no tienen que ver precisamente con nuestra muerte o la de un ser querido.  No quiero que estas líneas sean tan trágicas. Nada que ver.  Yo hace mucho tiempo no escucho chistes racistas o sexistas, cuando antes habían programas enteros de concursos entre gente que se mofaba de las minorías.  Hace mucho que no juego Monopolio, ni Twister, ni Life. El día que me tomé el último chicheme en el Kiosko Beby, empanaditas de carne en los Helados Peluche o una chicha de naranjilla helada en Lolita, no lo supe, ahora no son más que recuerdos de otros tiempos. En algún momento dejé de ser tuitera para convertirme en Xera (¿?).  Hace mucho que no compongo una canción  o toco el teclado JVC que me regalaron mis papás cuando era una adolescente. Luego de la pandemia no he hecho más pizza en casa, lo que me recuerda que tengo que retomar esa bonita costumbre, pues mi esposo e hijos la extrañan. Hay gente que un día se comió su último chocolate o su última Coca-Cola clásica, porque la diabetes les cambió la vida.

Pueden cancelar nuestro programa favorito. Ese jeans consentido que nos hacía ver espectaculares, sencillamente ya no cerrará más. En algún momento compré un último rollo de película para mi cámara o utilicé alguno de esos teléfonos que tenían el logo del Intel en el disco de los números. Un día ya no necesitamos más del ICQ y no lo volvimos a descargar. Los niños no se volverán a graduar de kínder, los amigos aprovecharán una oportunidad y se relocalizarán, o haremos una amistad en un avión para no volver a ver jamás a esa  persona con la que compartimos algún secreto.

Alguna vez resolví mi última raíz cuadrada o una factorización. Salí de una hospitalización, pidiéndole a Dios que fuera la última vez.  A veces somos conscientes.  Otras no tenemos la menor idea.  Habrán primeras veces que también serán últimas, y pasaremos la página.  Pero como quiera que sea, que nuestras últimas veces sean puertas para crecer, para amar más, para decir lo que quedó sin decirse.  Brindemos por ellas, no dejemos que pasen sin haber aprendido algo… Estemos presentes para las últimas veces. Y demos la bienvenida a esos nuevos atardeceres, esas nuevas recetas y a cada nueva razón para vivir.

jueves, 27 de febrero de 2025

RINA BERROCAL: Somos más que una bandera sobre un buque


Por: Klenya Morales (@klenyamorales) para Viento y Marea


Con el ritmo metálico del tren como testigo nos recibe Rina Berrocal, subdirectora de Marina Mercante, para revelarnos los secretos de su éxito. A través de su relato, con pinceladas de nostalgia, entusiasmo, rechazo a la mediocridad y una determinación inquebrantable, descubrimos una mujer que ha desafiado límites, aprovechado oportunidades y sobrepasando metas.

Una inmensa roca de sal, —símbolo de balance— sobresale en su oficina, representando una suerte de parábola sobre su filosofía de vida y su ética de trabajo. Descubrimos una mujer que ha sabido navegar las turbulentas aguas del sector marítimo, siempre fiel a sus principios. En sus propias palabras, nos sumergimos en una vida dedicada a moldear el futuro del transporte marítimo en Panamá.

VyM: Su carrera ha estado enfocada desde el principio. ¿De dónde nace su interés en el mundo marítimo?
RB: Crecí cerquita del mar. Nací en Puerto Armuelles, provincia de Chiriquí.  Recuerdo desde niña ver a los enormes supertanqueros que llegaban a Petroterminal a cargar su combustible, mientras mi abuelo conducía. Avanzábamos y avanzábamos y el buque no se acababa.

VyM: Si el presupuesto no fuera un problema, ¿cuál sería su proyecto insignia?
RB: Establecería un escalafón salarial, para el personal que labora en toda la AMP.  Tenemos un recurso humano altamente calificado, con muchos méritos y experiencia que realmente merece ser considerado bajo un esquema salarial acorde a sus competencias.

VyM: ¿Cuál es su estilo gerencial?
RB:  Según lo que he escuchado, es que soy dulce y firme a la vez. Trato de ser lo más jovial posible, pero mi formación dentro de la Escuela Náutica de Panamá (hoy Universidad Marítima Internacional de Panamá-UMIP) me hace fría y enérgica al momento de exigir el cumplimiento de tareas.

 VyM: ¿Cómo percibe el ciudadano común a la AMP?
RB: Me gustaría que la gente supiera que Panamá es grande en el mundo.  Somos mucho más que nuestros problemas y desafíos.  Panamá es referente marítimo en todo el planeta.  Siento que a nivel nacional no se entiende este hecho contundente.

VyM: ¿Qué le dirías a la Rina de 15 años?  (Su respuesta es directa. No duda en contestar).
RB: Que todo está bien y todo estará bien.  Cada reto ha sido bien llevado. No me arrepiento de las decisiones que he tomado.

VyM: ¿Cuál es su mayor fracaso y qué ha aprendido de él?
RB: No los llamo “fracasos”. Los llamo lecciones aprendidas. El fracaso es no intentar algo. Cuando traté profundizar en los temas internacionales, me di cuenta que eso no era lo mío.  Estaba “pagando por sufrir”, no estaba disfrutando el aprendizaje.  Soy más técnica, me veo mejor enfocada en gestión de proyectos, temas de ingeniería.  El componente humanístico no me llenaba.

VyM: ¿Cuál de sus características personales le han ayudado más en su camino?
RB: Mi firmeza, tenacidad y constancia a la hora de tomar decisiones, Sin lugar a dudas. Me tomo mi tiempo para pensar y repensar las opciones, pero cuando la decisión se toma, difícilmente me desviaré de mi propósito. Mi curiosidad también me ha guiado. Siempre quiero saber más y más. Al momento de plantear normas, me gusta ir por delante y calcular los resultados hasta donde sea posible.

VyM: Marina Mercante es el taller en donde se forjan muchas leyes y regulaciones de las políticas marítimas del país y que afectan a la cadena logística mundial.  ¿Cómo le ha ido con los asuntos legales que tienen que diseñar desde su despacho?
RB: En mi experiencia a lo interno de la AMP, con los abogados, asesores y directores anteriores, el componente legal dentro del mundo marítimo y los convenios internacionales es fundamental. En este sub-universo, siempre deben coexistir los componentes técnicos y los legales.  La legalidad te permite extrapolar a la práctica esas políticas de administración marítima. La técnica te dicta el modo de ejecutar lo escrito y hacerlo posible en el día a día.  ¿Cómo lo implemento, cuáles son los pasos a seguir, a quién le aplica, a quién debo instruir, desde cuándo?

VyM: ¿Cuál de sus logros la hace sentir especialmente orgullosa?


RB: La experiencia de ser parte de los inicios de la creación de SEGUMAR en Panamá, definitivamente me llena de satisfacción. Con el pasar de los años la operación en New York se volvió muy costosa para la operatividad de la oficina y este hecho, junto a los preparativos para la auditoría de la OMI en 2008 hicieron que se tomara la decisión de establecer esa oficina representativa en Panamá con un esquema diferente de funcionamiento 24/7 y con un mejor modelo para atender las diferentes funciones.  Participé de la coordinación, la organización, la gestión del funcionamiento las nuevas oficinas y me enorgullece la manera en la que hemos evolucionado desde el punto de vista técnico.  Todo el personal se trasladó a Panamá con una mecánica de trabajo muy distinta, por estaciones de trabajo, tratando de que todos domináramos todos los temas y a la vez preparándonos para certificarnos bajo estándares de calidad.
En aquel momento era simplemente un técnico de las oficinas y la administración vio en mí a alguien que podía colaborar para sacar adelante el proyecto.  Iniciamos labores en noviembre de 2007 y de allí en adelante se comenzaron a establecer el resto de las oficinas de SEGUMAR alrededor del mundo.

VyM: ¿El mejor día de su vida?
RB:  Profesionalmente, diría que la sorpresa de que se me ofreciera la Subdirección de Marina Mercante. No me lo esperaba.

VyM:  Una de las razones de ser de Viento y Marea, es contestar a nuestros usuarios, potenciales clientes y al mundo entero, ¿por qué Panamá? ¿Cuál sería su respuesta?
RB: Es un tema histórico, de tradición, de experiencia, de trayectoria.   Somos mucho más que una bandera sobre un buque.  Somos literalmente un puente del mundo. Aparte de aportar esa seguridad jurídica del Estado panameño, somos uno de los pocos países que mantienen un compromiso elevado en materia de cumplimiento con sus responsabilidades.  Brindamos el acompañamiento técnico demandado por las diferentes flotas que abanderamos. Tenemos que seguir reconociendo y capacitando a nuestro personal para el desempeño de este rol.

VyM: ¿Qué es para usted la libertad?
RB: Poder dormir tranquila.  La satisfacción del deber cumplido.  Poder ver a la gente a la cara y sentirme orgullosa de lo que he construido.

VyM: ¿A bordo o en tierra?
RB: Cuando estudié en la Escuela Náutica (hoy UMIP), era complicado para una mujer poder embarcarse. Pero los tiempos han cambiado.  Disfruté mucho del tiempo que pude trabajar a bordo, fui muy afortunada de poder tener la experiencia. Pero luego de aprendido el trabajo (soy ingeniera de máquinas), luego de conocer mi sala de máquinas, los sistemas y los mantenimientos rutinarios, sentía que me faltaba algo. Luego recibí la oferta de quedarme en tierra y aquí estoy, casi 20 años después, disfrutando la aplicación de la normativa internacional, contestando preguntas clave del oficio y planificando futuros.

VyM: ¿Cómo nos sacaría Rina Berrocal de las temidas listas internacionales de incumplimiento?
RB: Yo no diría Rina Berrocal.  Yo diría, el valioso equipo de Marina Mercante con cuyo apoyo saldremos de todos estos listados indeseados.  No hay una fórmula mágica, solamente utilizar un enfoque natural y orgánico con lo que ya existe. Hay mucha información que implementar dentro de nuestros procedimientos.  Todo esto nos lleva a cumplir los objetivos. Me esfuerzo diariamente por lograrlo.

VyM: ¿Qué libros hay en su mesa de noche?
RBEl cerebro del adolescente de David Bueno, Cómo hablar e influir en las personas de negocio, de Dale Carnegie y algo de Brian Weiss.  En la oficina tengo Leyes para todos los días, de Robert Greene.

VyM: Alguna anécdota del trabajo marítimo, desde el punto de vista de una mujer.
RB: En mi período de práctica a bordo, cargaba siempre un destornillador de 12 pulgadas en un bolsillo particular de mi overol.  Eso seguramente intimidaba a mis compañeros. Yo navegaba en un crucero.  Ahora me da risa, pero de alguna manera se lo iban a pensar dos veces antes de meterse conmigo.

VyM: ¿Qué implica la inclusión femenina en el mundo marítimo?
RB: Que los hombres acepten los aportes de la mujer en este sector.  Podemos hacer muchas cosas a la vez, resolver problemas y reaccionar más rápido.  Nos complementamos.  Es importante tomar en cuenta el componente femenino.

VyM
: ¿Ha sido discriminada por ser mujer?
RB: La Escuela Náutica de Panamá aceptó a mujeres solo hasta el año 2000. Yo afortunadamente me gradué del colegio en 1999. De otro modo habría seguido veterinaria o arquitectura.  Apliqué e ingresé.  Fueron unos primeros años complicados por la falta de aceptación del estudiantado masculino. La tenacidad y perseverancia me sacaron adelante. Pude demostrar que sí se puede.

VyM:  Un consejo para jóvenes que se interesan por una carrera marítima.
RB: Estudien, no pierdan el entusiasmo.  Tienen ventajas hoy, que yo no tuve. Asegúrense de que es el camino que quieren.

VyM: Algún sacrificio que recuerde…
RB: Ingresar a la carrera me hizo renunciar a las fiestas. Mi carácter no podía ser el mismo, pues estaba en un ambiente casi militar.  Tuve que dejar de ser extrovertida y adoptar una actitud de más seriedad y dureza de carácter. Tuve que adaptarme en espacio y tiempo.

VyM: ¿Qué pregunta no le gusta que me hagan por su condición de mujer?
RB: No me incomoda ninguna pregunta sobre esta condición, porque la discriminación hacia la mujer no ha sido un secreto.  Es bien sabido que se trata de una realidad que hemos vivido y seguimos superando cada día.

VyM: Un mentor…
RB: Recuerdo mucho a mi profesor de Convenio Marítimo, Enoc Rodríguez, orientó mi interés por los instrumentos internacionales.  El mismo Arsenio Domínguez, hoy Secretario de la OMI, ha sido un mentor en ciertos momentos de mi carrera.  En cada etapa diferentes personas me han ido dejando diferentes enseñanzas.

VyM: Un héroe personal…
RB: Mi abuelito Víctor (la emoción en su voz es innegable).  Cuando yo iba a estudiar, a él no le agradó mi decisión.  Hubo una disputa familiar… Esa es una profesión de hombres, conmigo no cuenten… Su ilusión era que yo siguiera el negocio familiar.
Y justo en ese momento se abrió la carrera para mí. Y cuando ya vio los objetivos y metas de su Chiquitita (como me llamaba) cumplidos, representando a mi país en conferencias internacionales se sintió muy orgulloso de mí…
Y justo en ese momento se abrió la carrera para mí. Y cuando ya vio los objetivos y metas de su Chiquitita (como me llamaba) cumplidos, representando a mi país en conferencias internacionales se sintió muy orgulloso de mí…
 

martes, 19 de noviembre de 2024

RAMÓN FRANCO: Reinventando el negocio marítimo


Por: Klenya Morales de Bárcenas (@klenyamorales)
Especial para la Revista Viento y Marea de la Autoridad Marítima de Panamá 

Ramón Franco no está ocupando la Dirección General de Marina Mercante de la Autoridad Marítima de Panamá (AMP) por casualidad.  Desde antes de su llegada al mundo, su destino estaba irremediablemente entrelazado con el transporte marítimo.  Pertenece a una cuarta generación de abogados, tercera de especialistas en Derecho Marítimo.  Su abuelo Joaquín y su tío abuelo Teodoro, fueron pioneros en la travesía de registrar naves y fundaron la firma Franco & Franco. Ramón Franco Senior continuó escribiendo con pasión la historia familiar, uniendo el futuro profesional de su hijo al de las naves.

La historia y perspectiva del licenciado Franco nos ofrecieron un contexto único y personal del hombre tras el escritorio. A continuación, les presentamos los resultados de su conversación con Viento y Marea.

VM: Seamos directos ¿Por qué escoger la bandera panameña?
RF: ¿Y por qué no? (nos responde sonriente, es una sonrisa de confianza).
Son 100 años de hacer las cosas súper bien.  Un siglo de experiencia comprobada.  Somos los primeros en entender nuestra categoría de negocio. Brindamos seguridad jurídica, ofrecemos ese atractivo comercial y nos manejamos al ritmo de la industria.

VM: Ramón Franco en una palabra:
RF: Dinámico.

VM: ¿Cómo describiría su estilo gerencial?
RF: Balanceado. Trabajo en equipo, con comunicación y respeto. Hago uso efectivo de estadísticas e información, me gustar pensar fuera de la caja y reinventar a medida que avanzo.  Procuro buscar soluciones creativas y no quedarme estático. Me encanta lo que hago y eso influye en mi manera de gerenciar…

VM: Usted es abogado y el universo de las leyes es amplio.  ¿En qué momento Franco se interesa por el tema marítimo?
RF: ¡Yo estoy abanderando naves desde antes de nacer! (contesta sin siquiera pensarlo). Mi abuelo, Joaquín Franco fue mi gran influencia. Fue el primer abogado de la familia que se aventuró al registro de naves y yo trabajé por muchos años en su firma forense. Tenían oficinas en Londres y en Grecia, países maritimistas por excelencia.  Esa fue mi escuela. Tengo 20 años de trabajar en el sector y de tramitar en la AMP ejerciendo el Derecho Marítimo principalmente, en registro de naves y ahora tengo el honor de pertenecer a este gran equipo, con funcionarios a quienes respeto y admiro.

VM: La AMP no es la típica oficina pública.  Uno entra por esa puerta y sabe que está frente a una realidad diferente. ¿Por qué?
RF: Se debe a esa interrelación o mancuerna entre el ámbito privado y el sector público. Eso hace a la AMP diferente. También contamos con un equipo comprometido con la experticia del mundo marítimo, que está dispuesto a caminar la milla extra.  Es un recurso humano que se siente orgulloso del rol que juega el país y del apoyo que le da al mundo marítimo. 

VM: ¿Qué es lo más difícil de dirigir a la flota de marina mercante más grande del mundo?
RF: El reto más difícil, obviamente es crecer. Pero para mí no es “difícil” per sé. Simplemente porque es un tema que me apasiona. Lo complicado es implementar esas respuestas en tiempo real, pero estamos trabajando en eso.

VM: ¿Cuál es el mayor reto de los estudiantes en materia logística o marítima? 
RF: Yo recomendaría que aborden su educación con un pensamiento de proyección internacional, porque este negocio es global.  No es posible entenderlo si no se ve la “big picture”: Panamá como país marítimo no solo sirve al pueblo, sino al mundo entero.

VM: ¿Cuál es la misión de los abogados marítimos?
RF: Tuve el privilegio de presidir la Asociación Panameña de Derecho Marítimo (APADEMAR) por dos años consecutivos y he estado en la junta directiva por diez años.  Participé en diversas mesas de trabajo y proyectos que ya son leyes de la República.  El abogado marítimo juega un importante papel en la economía panameña y ha sabido detectar esas oportunidades de negocio del país ante el mundo.
Los abogados fueron los que salieron a promocionar, mercadear la plataforma de servicios internacionales del país.  Hay firmas de abogados que tienen décadas y décadas abanderando, y ellos forjaron el registro de naves como lo conocemos hoy.  En los inicios del siglo pasado, sencillamente agarraban su maleta e iban por el mundo a vender nuestro registro.  Desde entonces han acompañado a los navieros durante su crecimiento hasta que se convirtieron en las flotas mercantes que hoy mueven la economía del mundo, navieros que confiaron en los abogados panameños para registrar sus naves por medio de los vehículos corporativos ofrecidos en Panamá.  Ello implica una relación de confianza: los gobiernos cambian cada cinco años, pero la cara del abogado marítimo, permanece. Y ese sistema es el que demandan los usuarios del registro. 

VM: ¿Cómo nos va a sacar de las listas grises?
RF: Con una flota renovada con naves más jóvenes, que usen energías más limpias, aplicación de normativas que establezcan procedimientos más expeditos para el descarte de naves infractoras, contaminantes o que presenten antecedentes de opacidad; mayor monitoreo de la flota y actualización de los datos de nuestras naves. Prueba de esta agresiva estrategia es el Decreto Ejecutivo 512 del 18 de octubre de 2024, publicado el pasado 19 de octubre en la Gaceta Oficial y emanado de la Dirección General de Marina Mercante de la AMP. Independientemente de las razones por las que se nos hayan incluido, tenemos un compromiso de elevar nuestros estándares. Estamos en una situación incómoda, pero haciendo lo que hay que hacer para mejorar la competitividad del país.

VM: Háblenos de la Sociedad Marítima…
RF: Siete abogados de APADEMAR desarrollamos ese proyecto en pandemia, así que se llevó a cabo por Zoom. Nos mantuvo la mente ocupada en esos momentos que atravesaba el mundo. Y yo me enorgullezco de APADEMAR, porque a pesar de la situación, los abogados comprometidos estábamos proponiendo e innovando. Bajo mi presidencia y en conjunto con el Colegio Nacional de Abogados presentamos el proyecto, que ahora debe ser aprobado por la Asamblea y el Ejecutivo.
Esta figura es un nuevo producto, una sociedad comercial, flexible y adaptable a cualquier iniciativa que implique actividad marítima.  Se registraría en la Dirección General de Registro Público de Naves y podría convertirse en la vía preferida para desarrollar el negocio naviero.

VM: Háblenos sobre el papel de la mujer en el mundo marítimo.
RF: Es sencillamente sobresaliente. La industria marítima es global y precisa del aporte de todos.  Debe incluir a todo el mundo.  En mi equipo de trabajo cuento con el apoyo de muchas mujeres en posiciones clave quienes cada día ejercen un comprobado liderazgo y hacen la diferencia.

VM: ¿A quiénes invitaría a cenar?
RF: El Ramón Franco marítimo invitaría a Aristóteles Onassis, una celebrity del negocio marítimo.  El Ramón Franco normal invitaría al vocalista de Rolling Stones, Mick Jagger. Crecí con música increíble…

 
VM: Un sueño por cumplir…
RF: Yo estoy viviendo mi sueño.  Me encanta mi cargo en la Dirección de Marina Mercante.  Para mí no hay nada más gratificante que devolverle al mundo marítimo algo de tanto que he recibido.

 

 

 

 

 

 

  

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