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viernes, 7 de marzo de 2025

Las últimas veces

Hace unos días celebré con auténtica felicidad que mi hijo menor comenzara a andar en bicicleta sin rueditas.  Entre caídas, raspones y sustos, el pelaíto inició una nueva etapa en su vida.  Tengo 49 años y DP tiene cinco.  Yo muy bien podría ser su abuela, pero bueno, eso es materia de otra columna. Lo cierto es que ya no volverá a usar esas rueditas.  Bien puedo botarlas a la basura o bañarlas en oro para ponerlas en una repisa de su cuarto.  Pero, ¿qué pasa con las últimas veces? ¿A dónde van a parar esos momentos que sin saberlo, —mientras los vivimos—, no se volverán a repetir?

Supongo que todos los días vivimos una que otra última vez, solo que no lo sabemos.  Nos volveríamos absolutamente locos si supiéramos exactamente en qué momento se acaba cada etapa.  Con el paso del tiempo vamos tomando más conciencia de estas cosas, que los más jóvenes no intuyen o que no importan cuando uno cree que es inmortal. 

Recuerdo la última vez que vi a mi abuelito Demetrio.  No podía saberlo y sinceramente, creo que es mejor así.  Sus pocas palabras, su sonrisa de un millón de dólares, su cerveza Cristal mangalarga de los viernesLo escribo y lo vivo de nuevo. Cada una de esas cosas, sucedió para mí, una última vez, sin que yo tuviera la menor idea.

Habrá un último gol de Messi que podremos disfrutar, luego se retirará para siempre.  Hay un último abrazo a los amigos, a los padres, a los compañeros de trabajo, a los amigos de la escuela. Habrá una última discusión con alguien a quien no soportamos. Cantaremos una nueva canción de Joaquín Sabina por última vez, porque ya no compone tanto como antes y se nos está haciendo viejo.  Veremos una última película de Al Pacino o esa película que nos encanta (en mi caso es Love actually en el de mi esposo es Titanic) se cruzará en nuestro zapping y la veremos otra vez, para no volverlo a hacer jamás.  Algún día escucharemos Yesterday de los Beatles por última vez o trataremos de leer Don Quijote, sin éxito y nos daremos por vencidos.

Y ojo, que las últimas veces no tienen que ver precisamente con nuestra muerte o la de un ser querido.  No quiero que estas líneas sean tan trágicas. Nada que ver.  Yo hace mucho tiempo no escucho chistes racistas o sexistas, cuando antes habían programas enteros de concursos entre gente que se mofaba de las minorías.  Hace mucho que no juego Monopolio, ni Twister, ni Life. El día que me tomé el último chicheme en el Kiosko Beby, empanaditas de carne en los Helados Peluche o una chicha de naranjilla helada en Lolita, no lo supe, ahora no son más que recuerdos de otros tiempos. En algún momento dejé de ser tuitera para convertirme en Xera (¿?).  Hace mucho que no compongo una canción  o toco el teclado JVC que me regalaron mis papás cuando era una adolescente. Luego de la pandemia no he hecho más pizza en casa, lo que me recuerda que tengo que retomar esa bonita costumbre, pues mi esposo e hijos la extrañan. Hay gente que un día se comió su último chocolate o su última Coca-Cola clásica, porque la diabetes les cambió la vida.

Pueden cancelar nuestro programa favorito. Ese jeans consentido que nos hacía ver espectaculares, sencillamente ya no cerrará más. En algún momento compré un último rollo de película para mi cámara o utilicé alguno de esos teléfonos que tenían el logo del Intel en el disco de los números. Un día ya no necesitamos más del ICQ y no lo volvimos a descargar. Los niños no se volverán a graduar de kínder, los amigos aprovecharán una oportunidad y se relocalizarán, o haremos una amistad en un avión para no volver a ver jamás a esa  persona con la que compartimos algún secreto.

Alguna vez resolví mi última raíz cuadrada o una factorización. Salí de una hospitalización, pidiéndole a Dios que fuera la última vez.  A veces somos conscientes.  Otras no tenemos la menor idea.  Habrán primeras veces que también serán últimas, y pasaremos la página.  Pero como quiera que sea, que nuestras últimas veces sean puertas para crecer, para amar más, para decir lo que quedó sin decirse.  Brindemos por ellas, no dejemos que pasen sin haber aprendido algo… Estemos presentes para las últimas veces. Y demos la bienvenida a esos nuevos atardeceres, esas nuevas recetas y a cada nueva razón para vivir.

lunes, 3 de junio de 2024

El síndrome del impostor

Por: @KlenyaMorales

Hasta hace un par de años fue que vine a escuchar sobre esta “condición mental”.  E inmediatamente supe que yo la padezco.  Es tan real y tangible que puede resultar dolorosa. Es como un freno cerebral que nos distancia de nuestras metas y sueños, ante la necesidad de validación constante sobre nuestra propia idoneidad.

Este “sentimiento” es una inseguridad de mayor o menor intensidad sobre nuestros logros profesionales.  Uno no se siente digno de recibir los títulos o méritos académicos y laborales a los que sin lugar a dudas tiene derechos.  No sé cómo lo viven los hombres, pero para mí como mujer, la duda se extiende hasta para la ejecución de mi maternidad y mi rol de jefa de familia.  Ni mencionar mis 21 años de ejercicio como traductora pública autorizada, mis libros publicados, mi desempeño como profesional del Derecho en Panamá o mi portafolio como Editora Ejecutiva de esta revista ininterrumpidamente por 18 años y mis credenciales como bloguera, profesora-facilitadora de varias clases universitarias dentro de mi expertise y principalmente de escritura creativa.

Mi caso empeora ante el constante bombardeo de información por internet y las redes sociales que me hacen sentir que mi aporte no es lo suficientemente valioso.  Nos la pasamos escroleando sobre las vidas increíbles de gente que parece que todo lo que tocan lo convierten en oro.  Me da vergüenza que me digan licenciada, escritora o profesora.  Siempre hay alguien que es mejor que uno o más idóneo para ejercer funciones para las que me he entrenado por más de 32 años.

Y por otro lado están los que se juran la última Coca-Cola del desierto, sin experiencia, sin estudios, sin portafolio de objetivos logrados y sin ética de trabajo que se autodenominan coaches de cuánta vaina, luego de…espérenlo…:  haber investigado en Google.  ¿Cuál es la causa de este síndrome? ¿Cómo se supera?  No tengo la menor idea.  En mi caso, he recibido validaciones que no quisiera necesitar, pero que es evidente que me reconfortan. Algún premio en concursos nacionales, reconocimientos a mi trayectoria, la confianza de terceros para los que sí soy una autoridad en algunas materias, los cumplidos de estudiantes satisfechos que recibieron mis clases sintiendo que no me guardé nada para mí misma y que me esmeré hasta el detalle en la preparación de mi material, para estar actualizada y ofrecerles el tipo de tutoría que me hubiera gustado recibir a mí.  El apoyo de mi familia es vital.  Los abrazos de mis hijos son clave.  La confianza de mi esposo en mis criterios domésticos e intelectuales, es indispensable.

Si me lo preguntan, creo que rodearse de gente objetiva y positiva suman muchísimo a la autoestima y al convencimiento de que uno es competente en su ramo de conocimiento.  Dejar de compararme con la gente de las redes, con los más jóvenes y con aquellos que tienen un BMW propio a los 25 años o que son millonarios gracias a su canal de Youtube, mirarme al espejo y revisar mis propios logros, quizás me devuelvan la fe en mí misma, la que debo decidir tener, todos los días.

 

viernes, 6 de marzo de 2020

Inclusión social: asignatura pendiente


Durante sus 15 años, he tenido varias experiencias con mi hijo con discapacidades intelectuales. Su relación con el entorno es muy complicada y desde que nació, soy consciente de que el mundo no está diseñado para él: El sistema educativo no está preparado para atenderlo, la salud privada lo ignora, la sociedad no sabe qué hacer con él y yo, que lo amo, nunca me he sentido a la altura de sus retos. Si para todos los que estamos en pleno uso de nuestras facultades, es complicado, imagínense lo que él puede sentir. Frustración. Confusión. Soledad.
Me pitan con furia mientras intento bajarlo del carro y me toca tener la puerta abierta un poco más de lo usual porque se quitó los zapatos durante el viaje. Hemos estado en actividades multitudinarias al aire libre, de gran nivel logístico y como mi niño, gracias a Dios no precisa de ayudas técnicas para caminar, no es fácil detectar su discapacidad en una fila de decenas de personas. Así que me toca ir de fila en fila pidiendo el favor de que nos permitan pasar adelante, pues él podría no tolerar la espera y la experiencia se nos podría complicar. En nuestro país hay tantos eventos novedosos y fascinantes, pero no están preparados para darle ciertos privilegios a un niño para el cual el mundo no es amigable.
No puedo negar que hay gente que hace lo posible por ser empática y resolver. Al entender y advertir la necesidad especial, una vez nos dieron prioridad a toda la familia y la gente de la fila hasta celebró que mi niño disfrutara como cualquier otro niño de algo tan sencillo como unos lentes de realidad virtual. Pero en otra oportunidad, me dijeron que el niño y yo podíamos pasar, pero que el hermanito y el papá tenían que hacer la fila de 2 horas. Cero sentido común. ¿Cómo nos van a separar? Somos como cualquier otra familia que quiere pasar un domingo haciendo algo diferente.
Mi propuesta, porque no todo es quejarse, es prever gafetes del evento justo al momento de comprar los boletos, que garanticen un trato preferente, para el niño especial y su familia, como entiendo que se hace en otras sociedades con algo más de experiencia. No creo que se requiera tanto preparativo contra el juegavivo, más aún si el discapacitado está debidamente acreditado por SENADIS. Así que si alguien de los que me lee conoce a gente que organice espectáculos, defensa civil o primeros auxilios, por favor trate de pasar esta inquietud.
En un parque cerca de casa, una niña en el parque se rió de mi hijo porque no podía hablar. Han hecho comentarios sumamente inapropiados en voz alta, que inequívocamente han llegado hasta mí. A veces contesto y regaño al hijo ajeno. A veces agarro a mi hijo y me largo llorando. Gracias a Dios a él esas cosas no le importan, pues vive en un mundo alterno y especial. Pero a mí no dejan de dolerme ese tipo de interacciones, que lastimosamente se repiten porque no nos hemos tomado el trabajo de educar a nuestros niños sobre la diversidad. Hay muchos tipos de personas y cada día conocemos nuevas categorías. Pero el respeto y la preferencia por el física e intelectualmente vulnerable debe ser un asunto que se trate en la agenda familiar y escolar. Hay gente realmente indefensa y en desventaja con todo lo que le rodea. Y todos, absolutamente todos podemos quedar en esa desventaja en cualquier momento de nuestras vidas, en cuestión de segundos.
Yo no le pido a la sociedad que me asegure un futuro para mi hijo, ni siquiera educación o bienestar. Pero sí sueño con más tolerancia y humanidad en el día a día, en las cosas pequeñitas. Los padres de niños especiales temblamos de terror ante la probabilidad de que nuestros niños causen daño o molestia a su alrededor, en un mundo en el que hasta llevar a un niño promedio en un avión es casi un pecado. Nos la pensamos dos veces antes de salir con ellos al cine, a los restaurantes. De pedir sus descuentos legales a los doctores que nos dicen que “ellos no aplican ese descuento”. Y son cosas en las que podríamos estar haciendo la diferencia.
A mí estas cosas nunca me interesaron ni me hicieron ruido, hasta que mi vida cambió. Y ahora que vivo en este universo, entendí a la fuerza lo que es vivir como minoría y fuera del estándar. Falta docencia. Falta empatía. Falta amor. Para los papás de niños especiales es muy agotador vivir en el activismo de crearles un espacio. La próxima vez que tenga la invaluable oportunidad de favorecer al más débil, no se lo piense. Y aunque ni mi pequeño guerrero ni yo se lo podamos agradecer, haga la diferencia.
Todos cabemos en este mundo.

viernes, 10 de mayo de 2019

Historia de una ciudadana común


Por: @KlenyaMorales 

Ama de casa, escritora, abogada y traductora.
Aprovecharé esta época postelectoral para contarles por qué pago mis impuestos sin amargura. Tengo que ponerme personal para narrar de manera creíble mi experiencia de vida siendo panameña.
Mis padres compraron su única casa al casarse con menos de 25 años gracias a un préstamo de la Caja de Ahorros.
Nací en el Hospital Regional de David. Éramos una familia de clase media-baja y la educación pública fue la única opción para unos papás que empezaban. Teníamos biblioteca, comedor, sembrábamos en los patios entre pabellones, limpiábamos los fines de semana y ganábamos los Juegos Florales. Con el dinero que mis padres se ahorraban gracias a la gratuidad de la educación pública, me metieron en clases de inglés privadas, que taparon los huecos de la escuela. Me enrolaron en la Escuela de Bellas Artes del INAC en David, en la cual aprendí los fundamentos del piano, de la mano de una profesora maravillosa, por unos 25 Balboas anuales. Cuando a mis once años al fin pudieron pagar mi educación privada, considero que estuve al mismo nivel de mis compañeros.
Entrar a la Facultad de Derecho de la Universidad de Panamá fue relativamente fácil, en tiempos en los que hacíamos tesis y salíamos un poco expertos en una molécula del vasto universo legal. Escogí a los mejores profesores que mi horario me permitió y estudié con una beca del IFARHU mientras trabajaba.  En segundo año sufrí una hospitalización en el Complejo Hospitalario, donde recibí un acertado diagnóstico crónico para el cuál en más de 25 años siempre me he atendido y medicado con el Seguro. Pero me pude graduar en cinco años y luego hice mi Post Grado en Alta Gerencia en la Universidad Tecnológica de Panamá, recibiendo una educación que jamás hubiera podido pagar.
Con un préstamo del IFARHU me fui a hacer una maestría en el exterior. Y cuando ya todo había salido según el plan, nació mi primer hijo, con un síndrome inusual. Tuvimos que salir del hospital privado a toda velocidad o endeudarnos con el hospital por el equivalente a tres vidas.  Solo la Seguridad Social nos brindó terapias, hospitalizaciones, exámenes, operación a corazón abierto, consultas con especialistas, medicamentos, experiencia, certeros diagnósticos con la élite de la pediatría panameña, tanto en el Seguro como en el Hospital del Niño. Aún hoy solo el IPHE y el Instituto Nacional de Medicina Física y Rehabilitación nos ofrecen opciones realistas para la educación y terapia de nuestro hijo. El universo privado es prohibitivo e insostenible.
Cuando presenté mi renuncia –para cuidar a mi hijo—, mis jefes creyeron en mí y me ofrecieron un tele-empleo, y a la vez que pude atenderlo, aporté como funcionaria a una de las organizaciones con más mística dentro del Estado panameño. La siguiente administración entendió mi situación y mi potencial y pude continuar trabajando. Aún hoy laboro como traductora en una entidad estatal de la que me enorgullezco. La clase mundial es posible en lo que muchas veces calificamos como Banana Republic. Mi segundo hijo nació en el Complejo Hospitalario luego de que yo pasé una hospitalización de un mes. Nadie me echa cuentos sobre la pésima comida del Seguro, ni la falta de aire acondicionado. Mi bebé pasó 15 días en neonatología, sin lujos pero con tratamiento impecable. Mi familia salió adelante.
El Estado ha recomendado mis libros para su uso en las aulas, vacunado a mis hijos, obligado a mis malos patronos a pagar mis prestaciones y velado por mi familia. Gracias al Estado y a una voluntad como la de muchos panameños, hoy soy quien soy.
Yo sí necesito de un Estado eficiente, yo sí necesito que el sistema funcione, que el nuevo presidente gobierne desde el primer día. Uno no tiene que vivir en extrema pobreza para acudir al sistema público. A gente como yo, no le han regalado nada. Vivimos en un país que a pesar de nosotros mismos, nuestros egoísmos e imperfecciones humanas, sigue ofreciendo oportunidades con las que otras naciones no se atreven ni a soñar.
¡Cuánto más se podría lograr con más decencia! Esta democracia tan llena de defectos, garantiza que le recemos al Dios que nos dé la gana, si nos da la gana; que podamos soñar y ver esos sueños realizados. El país en el que yo he vivido es tu país. Mis necesidades son o podrían ser las tuyas.  Panamá no es lo que es gracias a caudillos, ni ladrones, ni incompetentes. Lo es gracias a generaciones de panameños que han hecho su trabajo con amor.





jueves, 3 de septiembre de 2015

Un niño sin patria

Un niño sin patria
(En memoria de Aylan Kurdi)  
“Ama, pues, al forastero, porque forastero fuiste tú mismo en el país de Egipto.”
Deuteronomio, 10,18

Parece que duermes. Y que en tu sueño esperas que te rescaten. Que te salven. Que te den otra oportunidad. Pero eso es un engaño. Un error de percepción. Ya nada puede hacerse. Eres tú el que rescatas. El que salvas. El que das otra oportunidad. Porque aunque yo esté a miles de kilómetros de ese mar que te ha devuelto al mundo que te ha fallado, me has estremecido cada pedazo del alma. Me has recordado que soy persona y que contigo se ha ido algo de lo bueno que vivía en mí.
Me has confrontado con mis límites y mis nacionalismos absurdos. Me has denunciado que anoche no oré por los que como tú, han tenido que salir de sus casas, de sus tierras y de las fronteras de sus sueños para implorar un pedazo de espacio donde sea. Donde sus cabezas no tengan precio. Donde su Dios no sea una amenaza al poder. Donde a uno lo dejen creer en lo que sea.

Me lo pienso un poco al escribir artículos como este. Trato de no hacerlo al calor del momento y me digo que suficientes cosas tristes suceden para que nosotros incluyamos temas que ya han sido ampliamente abordados por otras plumas más calificadas. Cuando iniciamos esta revista, nuestro sueño era y sigue siendo documentar las cosas buenas y bellas de este suelo inmenso en belleza y en bendiciones que es Chiriquí. Y hemos cedido al orgullo del regionalismo y de la defensa de nuestras costumbres, nuestra ideología de patria chica y nuestro celo ancestral de mantener  y preservar lo que somos. Sin embargo y como en otras ocasiones, nuestra provincia vive en el contexto de la historia del mundo. Y ahora que “el mundo es plano” no podemos sustraernos de una dinámica que cada día hace más importante nuestras acciones u omisiones. Ante el conocimiento que se abre a nuestros ojos, también tenemos grandes responsabilidades, pues nunca antes en la historia el ser humano ha estado tan empoderado para hacer cosas trascendentales y compartir con el resto del mundo sus logros.

Pero al mirar la fotografía de Aylan, una y otra vez, no puedo evitar sentirme diminuta. Fracasada como ser humano. La realidad es que del otro lado del mundo hay un ejército de hombres dispuestos a aniquilar a pueblos enteros por imponer su dios y su ley. Y de este lado del mundo estamos cerrando las puertas a quienes huyen de la miseria humana. Quizás no hay nada que yo podría hacer para que niños como Aylan  logren llegar a salvo a la orilla, pero no he hecho nada a mi alrededor para mitigar el dolor ajeno. Aquí a la vuelta de la esquina hay extranjeros que buscan una mejor vida lejos de sus patrias. Hay huérfanos que esperan por la calidez de una familia, niñas embarazadas que buscan una oportunidad de avanzar, fundaciones que piden aunque sean centavos para tratar de enmendar cosas en las que como sociedad hace mucho tiempo dejamos de funcionar correctamente.

Te miro de nuevo y siento que no he amado lo suficiente. Me has desmoronado ante mi ineptitud de ser la samaritana. De pensar que soy buena. De fallar constantemente en la solidaridad con el hermano.

La situación de los desplazados nos debe afectar, porque en un mundo sedado por la frivolidad y el circo, entumecido por las tecnologías y secuestrado por el individualismo, estamos perdiendo la capacidad de indignarnos frente a la injusticia. Y eso nos disminuye como seres humanos. Nos aleja del amor. Hace que nuestras vidas dejen de ser dignas de vivirse. Porque nada nos realiza como el contacto con el prójimo.

Hoy les pido que discutan con sus hijos y sus seres amados la situación de los refugiados sirios. Aunque sea por un minuto, que toquen el tema en sus aulas. Seamos gente. Hoy les pido una oración, no por Aylan quien no conoció la maldad y es un ángel que pide a Dios por nosotros, sino por nosotros mismos. Porque no nos dejemos cosificar ni renunciemos a nuestra humanidad.


martes, 25 de febrero de 2014

El último punto

Ciudad de Panamá, 20 de enero de 2014. 12:45 P.M. Mientras usted almorzaba con su familia o se quejaba del alto costo de la vida, de que la oferta electoral da pereza o de que es una desgracia tener que pagar Seguro Social, los cirujanos cardiovasculares del Hospital de Especialidades Pediátricas, le cosían el último punto al corazón de mi hijo, y de la mano de Dios, nos regalaban una nueva oportunidad de ver la sonrisa de mi guerrero.

Les comparto esta historia, muy resumida, porque si bien conozco la desilusión de mi pueblo ante las promesas incumplidas de todos los que se sirven del poder y de los sueños de la gente, también deploro la incapacidad de la Humanidad de reconocer que aún hay gente que hace su trabajo con amor. Gente que aún cree en la vocación y que pone su talento al servicio de los demás.

Cuando hace algunos años escribí “Carta de una madre agradecida” no sabía que sólo había visto la punta del iceberg. Con el tiempo me di cuenta de que mi hijo había nacido para propósitos mucho más elevados de los que yo había soñado. Nació para salvar mi vida, tocar el corazón de todos los que nos quieren y manifestar la gloria de Dios, que en su plan perfecto permite cosas que parecen terribles para que la gente aprenda a amar de verdad y no como en las películas románticas.

Bajo el criterio cauteloso y audaz al mismo tiempo del Dr. Miguel De La Rosa, esperamos pacientemente por 5 años y medio, hasta que llegó el momento preciso de realizar la cirugía de corazón abierto que corregiría los defectos cardíacos con los que mi niño nació. “Olvídate de Boston. Olvídate de Bogotá”, me dijo con humildad, pero con seguridad demoledora. “Ese corazón lo operamos aquí”. Será odioso comenzar una lista del equipo que se organizó para la operación porque alguien se quedará por fuera. El Dr. Manuel Ochoa, cirujano cardiovascular al mando de la operación junto a la Dra. Thais Coronado, anestesióloga, se llevaron a mi "Cutín" en brazos hacia el quirófano, dejándome con mi rosario en mano y una sobrenatural certeza de que todo iba a salir bien. El Dr. Ricardo Aguirre también se unió al equipo de cirugía y obvio, mi querido Dr. De La Rosa practicó los últimos estudios previos al bisturí. Sé que adentro habían enfermeras, instrumentistas, ayudantes que conocen a mi pequeño desde el día que entró al hospital en ambulancia por primera vez, residentes de anestesia, auxiliares. A todos ellos mis bendiciones.

Les estoy hablando de cirugía de corazón abierto. Ni más ni menos. De esas en las que detienen el corazón del paciente, hacen circular la sangre de todo el cuerpo por una bomba, mientras reparan un corazón partido, luego lo vuelven a conectar, lo reaniman y cierran. Suena sencillo ¿no?

Contrario a lo que podrían pensar, el tiempo se pasó volando. Entre los amigos y familiares que sostuvieron mis manos y las de mi esposo durante aquellas horas, los padrenuestros y avemarías y posts de Facebook, Twitter y Whassap, nos anunciaron que los objetivos quirúrgicos se habían completado y que pronto enviarían a mi Juan David a cuidados intensivos. Esto fue un lunes. El viernes a mediodía, mi hijo estaba en casa. Sonriendo.

No compren mi historia porque es mía. Cómprenla porque esto pasa al menos dos veces, cada lunes, durante todo el año en un hospital estatal, pequeño y con muchas limitaciones, pero lleno de amor y compasión. Una cirugía como esta debe costar unos 120 mil balboas en el exterior. Y estoy siendo muy conservadora, pues no cuento los pasajes, la estadía ni la carga emocional de no estar cerca de casa. El cuidado postoperatorio fue perfecto. Las cicatrices son discretas y Juan David nunca ha sonreído tanto como después de su intervención. La posibilidad que estos profesionales nos ofrecen, en nuestro patio, por nuestros médicos y profesionales de la salud, debería ser motivo de orgullo y esperanza, para familias como la mía, que no estábamos preparadas para depender de nuestro seguro social y para todos los panameños que gozan de salud.

En Panamá, también pasan cosas buenas. Todos somos Panamá.

jueves, 16 de enero de 2014

OSCAR RAMÍREZ “El fracaso no es una opción”

Por: Klenya Morales de Bárcenas
Sencillo, campechano y sonriente nos recibe el Rector de la Universidad Tecnológica de Panamá. 100% chiricano. Su disposición invita a echar cuentos de nuestra tierra, pero sé que el tiempo es precioso y que nuestros lectores quieren toda la información posible. Así que voy al grano.
Lo primero que me llama la atención al sentarme frente al Doctor Ramírez, es una taza de café, en la que se lee “El fracaso no es una opción”. Creo que sería un excelente título para la entrevista. Ya veremos que opina la dirección de Placacuatro.
Hijo de Denis Olmedo Ramírez, de Gualaca y Susana Ríos, de Bella Vista, creció en medio de una familia de ocho hermanos en la cual cada hijo persiguió sus sueños en campos como la construcción, educación e ingeniería. Tras su escritorio hay una foto de su esposa, Lidia Flores, ingeniera industrial y de familia cafetalera de Boquete; y sus dos hijos: Oscar Jr., estudiante de arquitectura y Christian, estudiante graduando en el Colegio La Salle y con aspiraciones de entrar a Sistemas en la UTP.
P4: Oscar Ramírez en una palabra…
OR: Perseverancia.
P4: ¿Qué es la familia para usted?
OR: Es una institución.  Me da estabilidad, soporte. Es compromiso y dirección.

P4: Su lugar favorito cuando no está en Chiriquí.
OR: Los Canjilones. Es una formación rocosa que ha sido erosionada por el río Estí. Allí aprendí a nadar. A papá le gustaba el río y lo acompañaba a pescar. Esas eran las andanzas legales. Nos paveábamos de la escuela para ir al río. Esas eran las ilegales.

P4: Un recuerdo.
OR: Mi infancia en Gualaca. Transportábamos árboles secos para vendérselos al señor Tino Hurtado panadero del pueblo. Era una responsabilidad. Teníamos que nadar, llevar los troncos a pie o a caballo.


P4: ¿Qué fue del muchacho con el cuaderno en el bolsillo del pantalón?
OR: [Sonríe]. Eso ha permanecido en mí siempre. Me sentía libre de cargar tantas cosas. Yo caminaba mucho. Vivía en la barriada Revolución y caminaba hasta el Félix, con el cuaderno envuelto en plástico. Allí anotaba todo. Tenía mucha retentiva. Mientras estuve en ingeniería era muy parco en mis cosas. No compraba libros.


P4: ¿Qué hace un ingeniero?
OR: Se supone que un ingeniero debe resolver situaciones. Diseña sistemas nuevos. Analiza  situaciones a resolver. Puede ser un maestro. Un administrador. Un científico dedicado a la investigación. La esencia del ingeniero es tomar un problema real, sin importar su complejidad, formularlo sencillamente y darle una solución. Creamos cosas. Somos críticos y extremadamente prácticos.

P4: ¿Cuál es el secreto de la UTP?
OR: Mística.

P4: Tres sueños.
OR: 1. Entregarle estos 5 años a la Universidad y llevarla a un nivel más alto en todos sus aspectos.           2. La educación de mis hijos. Que sean profesionales dignos y decentes, excelentes en lo que hagan, pero sobre todo humanos y humildes.
3. Escribir sobre todos los conocimientos adquiridos y dejárselos a los estudiantes y panameños que aspiran a estudiar ingeniería civil.

P4: Un gusto secreto.
OR: Me encanta comer concolón, con frijoles porotos y tajadas bien maduras fritas.
P4: ¿Y con qué baja eso Doctor?
OR: Chicha de naranja con raspadura.

P4: De las cosas que tienen los jóvenes hoy ¿qué le hubiera gustado tener cuando joven? ¿Qué no le hubiera gustado?
OR: Me hubiera gustado tener la libertad que los jóvenes tienen hoy. No me hubiera gustado tener la influencia externa que los aleja de la formación de principios y de valores. Esto incluye la tecnología y el Internet. La pérdida de sensibilidad ante lo fundamental y lo humano.

P4: ¿Qué tiene en su playlist?
OR: Todo tipo de música. En todos los idiomas. El típico. Vallenato. Rancheras. Blues. Jazz. Hasta Reguetón. No tengo una preferencia. Todo tiene un momento y un lugar.

P4: Tres invitados a una cena.
OR: Nicolás Tesla, Juan Pablo II y John F. Kennedy.

P4: ¿Qué necesita Chiriquí?
OR: Facilitarle al agricultor producción y comercialización de sus productos. Establecer colegios y escuelas de excelencia, financiados pero con selección basada en capacidad y rendimiento. Prepararnos para nuestro crecimiento en una planificación que atienda todos los aspectos de infraestructura para el desarrollo. INFRAESTRUCTURA. Crecemos y nos quedamos atrás en infraestructura. Agua. Disposición de aguas servidas, aguas pluviales. Energía. Deberíamos tener beneficios para ser más autosuficientes. Tenemos que promover la innovación para hacerle frente al desarrollo.

P4: Conocemos su trayectoria, la cual es impresionante. ¿Cuáles son sus logros más preciados?
OR: Haber diseñado unos 70 edificios altos en la ciudad de Panamá. Que mi investigación doctoral haya sido incluida como un capítulo nuevo de las normas sísmicas de los Estados Unidos de Norteamérica. El reconocimiento internacional a través de mis aportes, tanto en la industria, como en la Academia y en la investigación.

P4: Su especialidad son las estructuras. ¿Qué recuerda del 11 de septiembre?
OR: Estaba en casa. Cuando vi el choque y el fuego, le dije a mi esposa que el edificio se iba a caer. Yo había estudiado y leído la estructura de las torres. No lo dudé. Creo que los autores de los atentados no pensaron que las derrumbarían.

P4: ¿Qué tipo de lectura hay en su mesa de noche?
OR: Leo libros técnicos. Soy de poco leer otros temas. Comportamiento sísmico o análisis estructural. Desarrollar la creatividad. Si tuviera que recomendar un libro, sería “Cien años de soledad” Todas las personas deben leerlo aunque sea una vez en su vida.

P4: Su mayor influencia.
OR: Se la disputan dos personas: el Dr. Víctor Levi, fui su asistente y su estudiante; y Robert Ketter, mi asesor de maestría. Curiosamente ambos estudiaron en la misma época en la Universidad de Lehigh, Pensilvania.

P4: ¿Deportes?
Siempre me gustaron todos los deportes. Jugué baloncesto y lo extraño.

P4: Argentina o Brasil
OR: Siempre Brasil. [Ni lo piensa, no me deja terminar la pregunta]

P4: ¿La actividad sísmica en Chiriquí influyó en la selección de su orientación profesional? ¿Estamos preparados para un sismo importante?
OR: Yo quería estudiar carreteras. Amador Hassell me hizo interesarme por la materia sísmica, de lo que va mi tesis de licenciatura, Diseño Antisísmico.  No hay elementos históricos que nos contesten esa pregunta. Nuestros códigos datan de 1984 y tenemos muchas estructuras anteriores. Desde el año 70 para acá, Panamá no ha sido sometido a un sismo del nivel con el que se han debido construir nuestros edificios. No hemos sido puestos a prueba. Los edificios antes de los 70 son los más vulnerables a daños y hasta colapsos. No había el conocimiento ni las normas que tenemos hoy. El criterio era que si la estructura resistía un viento fuerte, no se caería con un sismo.
P4: ¿Cómo se llevan Oscar Ramírez y la tecnología móvil?
OR: Yo uso la tecnología de comunicación estrictamente necesaria. Yo uso mi celular para hablar. Para que me llamen y llamar, ver E-mails, Whassap. Yo navego en mi computadora no en el celular. Uso la tecnología para trabajar. He estado expuesto a tecnología de punta, no soy un dinosaurio. Tengo un iPad. No me despersonaliza.

P4: Un mensaje a los chiricanos.
OR: Somos muy orgullosos. Muy trabajadores. Ponemos pasión en lo que hacemos. Béisbol, agricultura, ganadería. Apostemos por la educación. Demos valor al conocimiento, para lograr mejores colegios y escuelas. Canalicemos ese orgullo de ser los mejores. Aprovechemos nuestro recurso humano preparado. Hagamos cosas para que los chiricanos regresen. Y la provincia será diferente. Somos el próximo polo de desarrollo de Panamá.
Ya ha pasado una hora y he tratado de no dejar nada en el tintero. Sé que habrá entrevistas más académicas o más autorizadas, pero esta es de un chiricano de verdad, para un pueblo que hoy se enorgullece de sus logros.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Triscaidecafobia


No crean que este término significa fobia a mi columna. Así se le denomina al temor supersticioso que le tenemos ciertas personas al número 13. Cuando comenzó el 2013, pensé que iba a ser un año muy fuerte. No me equivoqué.  Empecé a escribir la columna llena de motivos y de ganas de contarles sobre un año que pensé que iba a ser un desastre, que de hecho lo fue porque perdí a mi amado abuelito, y que al final se ha convertido en una bendición. Pero a medio camino me di cuenta que era simplemente otro año más y que a ustedes no les iba a interesar para nada leer sobre mi vida. 
Así que decidí hacer algo un poco más ambicioso con este espacio. Espero que me sigan el ritmo.
En Bélgica si no es que ya lo hicieron, están a minutos de aprobar la eutanasia infantil,  una reforma normativa que, de salir adelante, permitirá a los niños y adolescentes solicitar el suicidio médicamente asistido si padecen una enfermedad terminal incurable.
Mientras hace un par de semanas esperaba en la fila del supermercado, leía en la revista Time --que no iba a comprar-- sobre lo avanzado de la sociedad Sueca, que prácticamente ha suprimido el uso de los artículos femeninos y masculinos para referirse a las personas a nivel individual. Han instaurado un estilo de educación prácticamente asexual, la cual no dudo comenzará a ser expandida y globalizada hacia el resto del planeta. Al fin y al cabo, ellos son el primer mundo.
La ONU por su lado, intenta ayudar a países como Bolivia a facilitar el aborto en casos especiales. Si todos los países desarrollados le dan el derecho a la mujer de interrumpir su embarazo por inconveniente, ¿quiénes son los latinoamericanos subdesarrollados y primitivos para hacer retroceder a las sociedades de los derechos que tanto les ha costado conquistar?
No creo que el mundo esté peor que hace 50 años. No creo que ahora estemos peor que cuando los romanos tiraban a los cristianos a los leones. Muchas veces me he encontrado a mí misma viendo "Mil maneras de morir" y hasta riéndome de las situaciones estúpidas en las que la gente pierde la vida. Y entonces me doy cuenta de lo patética que soy al reírme de un programa que denigra el valor de la vida humana. Pienso en que si hubiera un "Mil maneras de morir" versión mascotas, ya alguien habría mandado a quemar en la hoguera a los productores por maltrato animal.  Pero eso está bien, porque muchos animales son más fieles que los seres humanos ¿No?
Soy abogada de profesión. Conozco la ley. Sé cómo funciona el sistema. Entiendo el derecho a la libertad y los derechos humanos. Vivo en un mundo del que no puedo sustraerme, aunque a veces quisiera fugarme a otra dimensión. Los tres casos que les acabo de contar me parecen particularmente aberrantes. Son la ausencia total del amor. Son lo opuesto a la misericordia. Son la gran declaración de cobardía de los tiempos que me han tocado vivir.
Pero esa es mi opinión. No creo que haya ninguna ley capaz de mover el corazón del hombre ni de hacerlo mejor ni peor. Lo único que puede vencer al lado oscuro de la humanidad es el amor. Pero no el amor romántico de las películas. Sino el amor de aceptar la historia que te ha tocado, al otro tal y como es y tratar de vivir vidas decentes, dignas y valiosas.
Imaginen un mundo en el que todo el que quiere aborte a un bebé inconveniente. En el que los a los niños enfermos o con discapacidades se les mate por las razones que sea. Un mundo en el que sentirte como hombre o como mujer porque así naciste, sea una ofensa pública. Un mundo en el que llevar un crucifijo al cuello será un crimen. ¡Bienvenido a la Edad Media! ¡Que las probabilidades estén siempre a tu favor!

Los dejo con otra frase de película:
 "El mejor truco del Diablo, fue convencer al mundo de que no existía"
 Los sospechosos de siempre.

Tan poca vida: un viaje hasta los límites del dolor

Creo que no estoy sola. He visto varias reseñas que se quejan del exceso de páginas al principio de la obra. Compré el libro el 3 de marzo d...