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viernes, 11 de septiembre de 2026

Billy Joel: Una cuestión de confianza

Por: @KlenyaMorales

Hace exactamente 25 años conocí a alguien que me prestó sus 2 CD de éxitos de Billy Joel, entre otras muchas cosas que me enseñó sobre la música pop, desde su óptica tan diferente.  Sólo en ese momento me dí cuenta de la carrera tan camaleónica que desarrolló este tipo irrepetible.  Se reinventaba de maneras que hacían muy difícil identificarlo, mientras danzaba mimetizado entre sus canciones, cada una mejor que la otra.  

Luego de ver el documental de HBO, Billy Joel: So it goes, co-producido por Tom Hanks, comienzo a padecer nuevamente de aquella obsesión que nació cuando mi compañera de maestría hizo que toda la musicografía de Billy encontrara una justificación en mi mente, un hilo conductor que solamente podía ser él. Billy Joel es lo único común que tienen sus canciones.  Todo lo demás es una odisea musical.  Ahora las cosas encajan, hacen sentido y le anticipo a mi familia una nueva época de tripear los hits en un loop infinito.  Lo bonito es que, como todo lo que hacía era nuevo, uno no se puede aburrir de escucharlo tres horas seguidas.

Todo se explica en el documental: la influencia de su primera esposa, mujer tenaz y musa total, el exilio de sus antepasados huyendo del antisemitismo, la bipolaridad de su madre, sus borracheras, su conciencia de clase, su asociación con Elton John, la traición de su mejor amigo, la ausencia de su padre, su rebeldía y decisión irreprimible de ser un rockstar absoluto.  Bruce Springsteen, Sting y Garth Brooks analizan la carrera de este gigante con un tono de admiración que hace aún mejor el resultado del estilo narrativo de So it goes.

Recuerdo como hoy, estar sentada en el salón de belleza esperando que me cortaran mi cabello súper bajito.  Allí leía en las revistas VANIDADES que uno de los tipos menos atractivos del showbiz mundial se casaba con una de las mujeres más bellas del planeta: la súper modelo Christie Brinkley. Ella se convirtió en su Uptown Girl de la vida real.  

La suya es una historia de trabajo, exceso, evolución y ambición.  Flirteó con y afectó a cuanto estilo musical se puso frente a él: gospel, blues, rock'n roll, folk, música clásica, samba ¿invertida?, salsa, vals...  Verlo tocar Uptown Girl o el riff de sintetizador de  Pressure como si fueran piezas de Mozart, me voló la mente en mil pedazos. Son cosas que están allí, pero uno no se da cuenta. Su lista de sencillos es cercana e irrepetible.  Es un  collage de préstamos culturales, cuentos repetidos mil veces y de maestría personal.  No hay nada nuevo bajo el sol, pero todo es original cuando lo canaliza a través de su voz y su demencial aporreo del piano.

Su romance con el teclado como única constante de su vida, como lo fiel, lo seguro es un poema hecho canciones: el piano ha sido aquello que no podía decepcionarlo como la gente, y a quien él tampoco podía decepcionar.  Si uno quiere saber de la vida de Billy, solo tiene que poner atención a su inventario musical.  La falta de presunción y falso intelectualismo lo hacen cercano.  Cotidiano si se quiere.

Creo que por allí aún tengo mis copias quemadas de aquella antología impresionante.  Just the way you are hasta hoy me sigue pareciendo pegajosa, pero sumamente machista.  Él no quiere una conversación estimulante, ni que ella se pinte el cabello ni que mejore como ser humano.  Él prefiere que ella solo siga siendo ésa que él conoció.  No puedo con su condescendencia, pero igual la escucho dentro del carro hasta que se acaba, así sea desde Spotify, esa aplicación que nos renta lo que antes era nuestro.  Pero ese es otro tema.

Shameless, A matter of trust, She is always a woman to me, I go to extremes, Honesty, The Downeastern Alexa, Vienna, My life, Tell her about it, You may be right, Moving on. Joel no se guarda nada, todo puede y tiene que usarse para hacer esa música que nadie volverá a hacer.

El Piano man de Ana Belén, es parte del soundtrack de mi infancia: Toca otra vez viejo perdedor, haces que me sienta bien, es tan triste la noche que tu canción, sabe a derrota y a miel. Una adaptación genial. El silbido de The Stranger ha vivido en mi mente sin pagar renta, desde que lo escuché en lo que me parece era un comercial de perfume. Aprenderme la letra de We didn´t start the fire y jugar a tocarla en mi teclado JVC son recuerdos grabados a fuego (chiste intencional) en mi memoria. River of dreams fue de lo primero que recuerdo que haya alcanzado el top del hit parade durante mi adolescenciaAntes de eso, solo registro los éxitos, no al cantante. The longest time, es mi a capella favorito de todos los tiempos, suena a la inmadurez de la juventud, al amor que huye, a las cosas que se van quedando a las orillas de la vida.

Su Scenes of an Italian Restaurant, me recuerda muchísimo a la canción Silencios, de nuestro propio Rubén Blades.  Ambos astros cuentan historias que resisten la prueba del tiempo y encuentran un lugar dentro nuestras propias vidas. Los amamos porque nos tiran a la cara nuestras propias narrativas vueltas canciones.

Viendo el documental uno se mete en la mente del músico y comienza a entender que el matrimonio entre tormento y genialidad es una constante universal. No es indispensable estar un poco loco para hacer arte, ¡pero cómo ayuda!  No cualquiera puede escribir una metáfora como la de haciéndole el amor a su gin and tonic o contarnos la historia del Captain Jack o de sus enfermedades mentales y salir victorioso de allí.

El documental logra captar la magia del proceso creativo del pianista. De cómo una canción  pensada bajo la ducha muta hasta convertirse en un himno.  La mezcla fabulosa que hizo posible un repertorio simplemente magnífico.

Amé el documental. Fueron horas de vida muy bien gastadas. Me gusta que me asombren, y esta producción es un cuadrangular.  Es inspirador y logra hacernos conectar con el hombre, las mujeres que lo amaron, los amigos con quienes hizo historia y sobre todo las canciones que nos ha regalado.  Verlo en el Madison Square Garden sigue en mi bucketlist, pero igual no me quejo.  Cualquier sábado puedo tomarme un gin and tonic y pedirle a mi Alexa (otro chiste intencional) que me intoxique con lo mejor de Billy Joel, que es todo lo que hizo hasta el día que decidió no componer más y cerrar el círculo de historias.

Perdí a la amiga que me inició en esta apreciación. Conociéndome, hice o dije alguna estupidez que la alejó, y esa también es otra historia.  Pero aunque ella no lo sepa, pienso mucho en ella mientras escribo estas líneas y de algún modo le agradezco hasta siempre por su pasión contagiosa y gracias a Dios, irremediable.

Billy Joel: Una cuestión de confianza

Por: @KlenyaMorales Hace exactamente 25 años conocí a alguien que me prestó sus 2 CD de éxitos de Billy Joel, entre otras muchas cosas que m...