domingo, 22 de julio de 2018

Crónicas estrogenadas. Tercera Crónica. La suerte de la fea.


La suerte de la fea
            En el camerino de a lado, la maquillista empolva la cara grasienta del alcalde en ejercicio, que corre para su tercer período en el Concejo. Luego de diez años en la alcaldía, Rafael Duarte podría considerarse un veterano de la política. Muchas rayas para el tigre. Titulado en de Abogado en la Nacional. Se la pasó haciendo pollas para quedar con los profesores más jamones de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas. Cerró calles, tiró piedras y le prendió velas a Marx y a Lenin. Si estornuda, probablemente un botón de su camisa podría salir disparado y sacarle el ojo al camarógrafo que montado en su grúa hace paneos buscando los mejores ángulos de los candidatos. Su nariz aguileña, su cabello blanco, sus ojos pequeños y su hablar campechano. “Me debo a mis bases” diría continuamente, mientras los periodistas apócrifos le lanzan todo tipo de preguntas irrelevantes. El tipo es un verdadero sobreviviente de la política criolla. Ha estado en todos los partidos. Siempre en la papa, obviamente. Sus enemigos lo insultan y le dicen ladrón y coimero.  Pero “nunca han podido probarle nada”, como contesta a todo aquel que se atreva a preguntarle sobre sus expedientes. Su insulsa esposa lo apoya incondicionalmente, a pesar de que cualquier ciudadano mínimamente ilustrado puede llamar con nombre propio a la amante oficial. Sí, “oficial”, porque extraoficiales hay varias en rotación de inventario.
            Duarte es famoso por la utilización de fondos de administración en donativos para los barrios pobres del electorado. Patrocina todo lo que le pidan, desde un uniforme de softball hasta una hoja de zinc para el techo de una casa precarista. Su planilla de “asesores” es un interminable desfile de botellas, y todos saben que el alcalde les pide una cuota de sus salarios “para seguir haciendo el bien al pueblo”.
            Sofía se mira al espejo de los camerinos, enmarcada en bombillos de luz blanca, como en las películas. Se acomoda el cabello largo y ondulado. Verifica su maquillaje antes de salir al debate y le gusta lo que ve. Un cuerpo entrenado y un traje adecuado. Azul naval con líneas grises, casi imperceptibles. Sus labios voluptuosos en rojo oscuro mate. Delineador negro con algo de brillo enmarcando sus hermosos ojos almendrados. La belleza de su rostro y la personalidad de Sofía hacían que se adueñara de cualquiera habitación en la que entrara. En breve iniciará el debate y ella no podría estar más preparada para confrontar a su adversario en política. Había sido una larga carrera hacia la alcaldía del distrito. Era su sueño desde que salió de la universidad y desde que lo quería había tratado de dirigir sus esfuerzos a conseguirlo. Cuando le preguntaban cuál era su motivación para luchar por la alcaldía, Sofía le regalaba su gran sonrisa al reportero diciendo “Porque amo a esta ciudad”. Y todos se derretían por su franqueza e inteligencia. Era joven, enérgica y decidida. Si alguien podía arrebatarle el trono a Rafael Duarte, ésa era Sofía Hernández.
            Se había especializado en Ciencias Políticas y graduado con honores. Luego había estudiado un segundo título en Psicología de los Mercados. Sabía lo que movía a las masas, lo que las hacía vibrar y conectarse. Tenía un Diplomado en Finanzas públicas y cuando se hablaba de producto interno bruto e índice de crecimiento, ella sabía cómo mandar a su adversario contra las cuerdas. Unas piernas gruesas y torneadas, adornadas por una que otra cicatriz deportiva la hacían ver vulnerable y real. Su manejo político era exquisito y no cometía errores. No tenía deudas políticas ni colas de paja en su vida profesional.
            Soltera y sin hijos, era reconocida por su trabajo comunitario y sus iniciativas sociales. Ha sido servidora pública y es la primera vez que aspira a un puesto de elección popular. Nunca ha estado comprometida con el ideario del partido político que la ha postulado, pero es un mal necesario si tienes aspiraciones de cambiar tu entorno.
            Sofía sonríe frente al espejo. “Mi carrera ha sido mi prioridad. Me he preparado para servir a mi ciudad y espero que ustedes apoyen mi plan de gobierno”.  Es sin dudas la sonrisa de una ganadora. Serena y confiable. La sonrisa de quien sabe lo que vale y no necesita de la confirmación externa.
Los reflectores bailan sobre el escenario y los asistentes reciben instrucciones de aplaudir según lo solicite la producción. Los podios están en lugares opuestos del escenario y tras la cuenta regresiva, Sofía empieza a caminar con seguridad hacia su posición a la mano derecha del auditorio. Saluda con elegancia, como si fuera de la realeza. Duarte se dirige hacia el lado izquierdo del auditorio. Tiene una sonrisa descarada, una vibra extraña. Luce desaliñado y cansado, pero no se ve preocupado. Se agarra ambas manos y las eleva sobre su cabeza, en señal de triunfo.
            Comienzan las preguntas. Es tan diferente el desempeño de los candidatos. Duarte no para de citar el poder de Dios y sus muchas y buenas obras pagando operaciones, comprando trofeos y haciendo ferias libres, mientras Sofía desgrana los muchos planes de desarrollo para la ciudad. Aceras, urbanismo, desarrollo peatonal, sanidad, apoyo a las escuelas, diversidad, expresión cultural, apoyo a artistas y artesanos. Ferias culturales, festivales ciudadanos, planes de estudios dirigidos luego de clases, cine popular, reutilización de la basura, espacios verdes, permisos de ocupación. Una ciudad amigable en la que cada quien tenga su espacio.
            Duarte ríe con sorna y llama “fantasías irrealizables” a los planes de Sofía. Dice que él sí conoce al pueblo. Que sus electores saben quién es. Que las verdaderas necesidades de la ciudad son ajenas a una mujer que nunca ha conocido la pobreza. Que él viene de abajo y que habla el idioma de la “humildad”—para él humildad no es un rasgo del carácter. Humildad es pobreza y punto—. Que el Señor lo ha dirigido y que pretende seguir dándole a su ciudad lo que merece. Que su lealtad al pueblo ha sido probada. Que la “licenciada”, entre comillas porque lo dice con ironía y desprecio, es una mujer refrigerada, con la cabeza en las nubes y nada de experiencia. Cada cierto tiempo Rafael Duarte consulta a su celular, como a la espera de un mensaje importante.
            El equipo de Sofía Hernández monitorea las redes sociales y las impresiones de la gente que ve el debate desde casa, por Facebook Live o por Periscope. La retroalimentación es buenísima y así se lo hacen saber a Sofía desde el público asistente al foro.
Ella espera su turno para contestar a las preguntas, mientras Duarte la interrumpe con argumentos descalificadores o con risas irónicas mientras se toca la corbata son su nudo malhecho y se ríe de la candidata como si fuera una niña.
            “La licenciada Hernández no conoce la vida en familia, no tiene hijos y no sabe lo que es luchar por sacar una casa adelante. Es fácil para ella pintarles de lindos colores situaciones que no conoce. Si llegara a ocupar mi cargo en la Alcaldía, se daría de frente con las realidades de nuestra gente pobre.” Siempre diciendo “licenciada” con sorna, como si Sofía se hubiera encontrado el título en una caja de Cracker Jack.
            Sofía ignora la falta de modales del Alcalde y lo reta a debatir con propuestas. Pero Duarte no deja de decir frases prefabricadas y demeritar la carrera y los conocimientos de la aspirante a Alcaldesa.
            De repente Rafael Duarte mira a su celular y sonríe con maldad. Parece que ha llegado lo que tanto esperaba.
— Conciudadanoooooos, ya ustedes conocen mi trayectoria (pausa dramática), de la cual no les cabe la menor duda. No importan los ataques de mis rivales, porque yo me debo a mi ciudad. En cambio, la candidata Hernández es una recién llegada, sin idea de cómo dirigir una ciudad. Yo soy un hombre de familia y quiero para mi ciudad lo que quiero para mis hijos. Y si hay algo que no quiero para mis hijos es una alcaldesa que no tiene ninguna vergüenza ni respeto por su electorado. No quiero una mujer sin principios morales y sin recato en la máxima silla de la ciudad”.
Mientras decía estas últimas frases elevaba el tono y gesticulaba como un poseído.
—Ante todos ustedes me atrevo a quitar la máscara a una mujer que sólo traería malos ejemplos a nuestras jóvenes y niñas.
            Sofía Hernández comenzaba a cansarse del discurso de barricada del Alcalde, pero ante todo sabía que no podía perder la vertical de su carácter por las provocaciones de Duarte. Pero él seguía arengando descréditos hacia la candidata, con una seguridad que crecía a cada segundo que seguía escupiendo acusaciones frente al micrófono.
— …y como yo soy un hombre íntegro, que se debe a su ciudad, vengo hoy, con pruebas concretas, a revelar ante ustedes quién es Sofía Hernández, de una vez y para siempre. Estoy seguro que una vez hayan visto lo que yo he visto (otra pausa dramática), no dudarán ni un momento en volver a dignificar a mi humilde personaaaaaa, con el voto para presidir el Concejo Municipal desde la Alcaldía del Distritooooo.
En ese momento cúspide de su perorata, el Alcalde agarra su iPhone X en la mano izquierda, la misma que está engalanada con un Rolex de imitación y una esclava de oro.
—Le solicito encarecidamente a la producción que tome un primer plano de mi teléfono celular”— dice Duarte con tono triunfal y algo ofendido.
            El camarógrafo principal gira la cabeza hacia el asistente de producción, quien a su vez  voltea a mirar al jefe de producción quien coloca el puño izquierdo frente a su boca. “Esto es televisión en vivo. Si no lo paso yo, alguien más lo va a pasar” piensa el Jefe de producción y luego de una mini batalla con su conciencia señala al asistente con el dedo índice de su mano derecha en franca señal de proceder. El asistente corre hacia el camarógrafo moviendo la cabeza de arriba abajo varias veces. El camarógrafo dispara hacia la mano del Alcalde y saca un zoom de la pantalla del teléfono.
            Y en ese momento, en miles de hogares, pantallas de computadora y teléfonos celulares, sale la fotografía a colores de una muy joven Sofía Hernández, modelando un corpiño de lencería delicada en encaje de color marfil. Es una fotografía de inmejorable resolución, en la que Sofía sale de cuerpo entero, descalza y mirando a la cámara con coquetería.
            Sofía trata de dominar la situación lo mejor que puede. No por vergüenza, sino porque ha recibido un golpe bajo el cinturón en televisión nacional. Todos sus proyectos, sus estudios, sus logros, sus horas de trabajo incansable para diseñar una ciudad con sitio para todos, se van a ser medidos por esa fotografía desde ese momento en adelante. Y para siempre.
            Un instante en el tiempo. Una fotografía profesional, de buen gusto.
            Podía ponerse a la altura del Alcalde. Podía justificar que las fotos son artísticas y que le habían ayudado a pagar deudas universitarias y a sacar su carrera adelante. Que no estaba mal aprovechar una oportunidad de trabajo digno para seguir adelante. Que no era una chica mimada. Que nunca había conocido a su padre y que su madre había hecho lo imposible por sacarla adelante. Que una mujer era más que un cuerpo o una decisión. Que tenía muchas dimensiones y estaba orgullosa de sí misma. Podía hacer cualquier tipo de intento para salir de aquel traspiés, pero ya los votantes no la estaban escuchando. Para ellos no era ni siquiera una modelo de lencería. Era simplemente una mujer sacando ventaja de su cuerpo. Ni los grados universitarios ni los logros de sus cuarenta años de vida ciudadana contaban en ese momento. Solo la sonrisa triunfal de su oponente. La tecnología que no deja que el pasado sea pasado. El amarillismo y el morbo. Esa sociedad que no perdona a las mujeres…
            Sofía no estaba avergonzada. No le daba la espalda a la Sofía de hacía 18 años. A la chiquilla que quería una oportunidad por sí misma. A la pelaíta que había aceptado una excelente paga por modelar ropa interior para una revista publicada en Argentina, porque la beca que se había ganado no alcanzaba para pagar las cuentas de la familia. Había llegado hasta allí con esfuerzo y trabajo, sin influencias ni padrinos. Haciendo mucho más de lo que se esperaba de ella. Trabajando horas extra que nadie le iba a pagar. Trabajando con amor y con vocación. Con ganas de hacer la diferencia.
            Sofía lucha con las lágrimas que se asoman a sus ojos. Maldito Duarte y su campaña sucia. Malditos los sicofantes que no descansaron hasta obtener algo con lo que ponerla en entredicho. Respiró profundo y trató de controlar los nervios. La política no es para débiles, se decía a sí misma para darse valor para terminar el debate.
            Al día siguiente sería la portada y la página central del periódico amarillista de mayor circulación. Las empresas que habían decidido apoyarla, le retirarían su patrocinio discretamente. Sus seguidores trataron de mantener el discurso de la mente amplia y la inocencia de un par de fotos sin importancia. Pero todo fue por el gusto. El día de las elecciones, el Alcalde ganó por un margen nada despreciable. Y los sueños colectivos de una mejor ciudad, limpia, incluyente, sostenible, amigable, se fueron por el desagüe. Sofía Hernández era mucho más que un buen cuerpo, de cabello sedoso y facciones hermosas. Era una mujer llena de motivos y aspiraciones. Duarte no dudó en utilizar su belleza en su contra y esperó el momento ideal para sacarle los papeles. O las fotos, en este caso. El fin justificó los medios. Sofía nunca debió olvidar que una mujer necesita hacer el doble que un hombre, para que parezca que hizo la mitad. Aún en pleno siglo XXI.

Crónicas estrogenadas. Cuarta Crónica.


Viceversa
Genaro Sánchez, 19 años, 125 libras, barba de un mes, ojos pardos, largas pestañas, en jeans desteñidos, Converse negras y camiseta de la Selección Nacional de Fútbol, camina por la acera, frente a un edificio en construcción. Es camino obligado para llegar a la parada de Metrobus. No le queda de otra.
— Vaya papi, tú sí tas bueno.
—Psssssssssst… ¿tás bravo mi amor?
—Papacito hazme un hijo.
—To´eso es tuyo y na´ pa mí.
—Contigo hasta el metal, chichí.
Pero él ya está acostumbrado. Es tan incómodo. Los piropos de las trabajadoras de la construcción se recrudecen y Genaro aprieta el paso mientras agarra su mochila con ambas manos en vez de llevarla al hombro. Es lo mismo todos los días. Juan Carlos lo espera en la esquina y lo hace sentir un poco más seguro. Juntos cruzan la calle por la línea de seguridad para ubicarse en la parada de bus, rumbo a la Universidad. Ambos estudian Diseño Gráfico en la Facultad de Arquitectura.  Algún día tendrán carro y no tendrán que aguantar los piropos indeseados en la calle.
            —Chuleta, Juanca, ayer me monté en un Uber porque iba tardísimo a la U, y la conductora no dejaba de mirarme la entrepierna por el retrovisor. Me ofreció agua, pero me dio miedo de que le hubiera puesto algo. Hay que ser muy desconfiado. Luego me estuvo chateando y me mandó una foto de sus pechos, Manito, lo que uno se tiene que aguantar…
Mientras esperan en la parada ambos reciben un par de silbidos más desde los taxis amarillos al otro lado de la calle. Mujeres de cuarenta y tantos les pitan para llamar la atención. Ellos fingen que no se dan cuenta. En el edificio que se alza frente a ellos, hay una publicidad de relojes con un modelo de torso desnudo con las manos tras la espalda, como encadenado por hermosos Tissot y una leyenda “Prisionero del tiempo”
            —Ignóralos, dice Juan Carlos, ya casi llega el Metrobus.
            La conductora se detiene y mientras los chicos pasan las tarjetas de cobro, la mujer los escanea de arriba abajo, diciendo “Adelante mis reyes”. Luego grita “Me le dan un asiento a este par de pastelitos, por favorrr” —.
            Ambos caminan hacia el interior del bus, e inmediatamente dos mujeres se ponen de pie para cederles los asientos. Los chicos se sientan en hileras continuas, pero la chica que le dio el puesto a Genaro se coloca frente a él haciendo que su minifalda casi le roce la cara. Instintivamente, Genaro coloca su mochila entre su cara y la pelvis de la muchacha. A Juan Carlos una abuelita le está babeando el hombro en el puesto del otro lado del pasillo y a él le da un poco de lástima quitarse. Es cosa de todos los días.  Hay que aprender a vivir con eso.
            Durante el trayecto Juan Carlos hojea un ejemplar de la Crítica que la señora que le dio el puesto ha dejado sobre el asiento. La portada es “Se prendió el rancho: mujer enciende la casa en donde su exnovio se ha mudado con los dos hijos de la pareja”. “Nos están matando y nadie hace nada”, piensa el joven, mientras asqueado ve un poster de Maluma semi desnudo y con un collar de perro en el ombligo del periódico.
            Cuando piden parada en la estación de la Iglesia del Carmen tratan de bajar rápidamente, pero Genaro no puede escapar de que la mujer que le cedió el puesto “accidentalmente” le roce la espalda con sus pechos. Genaro suspira y baja del bus. No tiene tiempo ni ganas de armar una escena. En la parada le da la mano a un papá que sube con su bebé recién nacido envuelto en una sabanita azul. Seguro es una niña.
            —Adiós bellezassssss, se despide la conductora del Metrobus, y continúa su monótono ir y venir por la ciudad.
            Juan Carlos y Genaro ni siquiera se quejan. Nada sirve de nada. Solo pueden apresurarse a llegar a la U. Allí los hombres están razonablemente a salvo. Pero eso es relativo.
            Al llegar al lobby de Arquitectura se encuentran a Rómulo y a Ricardo. Rómulo llora desconsolado y Ricardo trata de calmarlo.
            —“Ey bro, cálmate, ¿qué pasa?” le pregunta Genaro. “¿Te podemos ayudar?       —Cha, man, es la profesora Virginia López. Me ha dicho que si me interesa pasar Dibujo Comercial, tengo que salir con ella. Sabe que estoy quedao´.
            —Áyala bestia, fren. Qué problema. Pero chilea, ¿y si lo denuncias con la Decana? Ella es bien buena gente. Es mamá de cinco hijos varones. Ella te va a entender.
            —Bro, para cuando eso se resuelva ya todos se van a haber graduado. Y yo por ahí llorando como un pendejo. Qué va manito, yo mejor la repito el año que viene. Porque esa doña ni es. ¡Vieja verde!, conmigo se va a joder—, contestó Rómulo entre llanto. El suyo no era una ñañequería, era un llanto de impotencia y de asco. De resignación. Del que sabe que es víctima de una injusticia y que se la va a tener que aguantar.
            —(Sollozo de Rómulo) Chucha, yo sabía esa vaina, awebao, desde que entré al fokin salón. La doña me desvistió con la mirada. Una descarada. Qué vaina más incómoda. Parecía que nunca había visto a un hombre en su vida. —Rómulo se restriega la nariz con el antebrazo y se lleva la mano a la frente. —¡Qué situación más cabreante!
            —Bueno Rómulo, si ya decidiste que no vas a hacer nada, tú tranquilo que esa materia no te va a parar ninguna otra. La vuelves a matricular, y punto—, le dice Genaro alzando los hombros, como quién dice ¡ni modo! —Tú, pa´lante, fren. A todos nos pasan esas cosas y aquí estamos. 
            Ricardo y Juan Carlos se van juntos a la cafetería, en donde los señores mayores con redecillas en la cabeza y uniformes rosa pálido les sirven sendos platos de salchichas guisadas con hojaldras y café. El clásico desayuno universitario. El cajero les dice “Buenos días” con mucho respeto, recibe sus pagos en efectivo y les da su vuelto. “Suerte muchachos” les dice al despedirse, con sonrisa bonachona.
            En “La perspectiva”, la Cafetería de la Facultad de Arquitectura, hay varias pantallas de televisión encendidas con diferentes canales que pasan las noticias matutinas, de seis a nueve de la mañana. Las anfitrionas de los programas visten sacos y pantalones holgados y disparan preguntas con sal y pimienta a los invitados. Los periodistas que leen las noticias llevan camisas de colores pasteles.  En tiempo de Mundial, también están pasando uno que otro partido desde Rusia tempranito. Las comentaristas de deportes se extienden en sus apreciaciones sobre los partidos de la fecha anterior, en la cual Panamá empató milagrosamente con Inglaterra, y el golazo inesperado de Amanda “La Negrita” Jones, venciendo todos los pronósticos de humillación indudable frente a la oncena de experimentadas futbolistas de cabellos rubios y shoot impresionante.
En la pantalla que da a la salida, la periodista Alana Alvarado del canal 12, tiene una exclusiva con la presidenta de la República, —que da muy pocas entrevistas en vivo—quien está proponiendo dos perfiles de abogados sobresalientes como aspirantes a la alta Magistratura de la Corte Suprema de Justicia. Maestrías en Harvard, amplia trayectoria en fiscalías y tribunales. Federico Silvera y Juan Fernando Palacios Arias. Trayectorias impecables, currículums sólidos e intachables. Dos hombres que tendrían que ser ratificados por una Asamblea avasalladoramente controlada por diputadas. La verdad sería refrescante que dos abogados puedan llegar a esos puestos, pero va a tener que haber una negociación, la gobernabilidad está en juego, pues el Ejecutivo ya intentó llenar esas posiciones anteriormente con otros dos hombres y no hubo humo blanco. Las otras siete magistradas son mujeres, por lo que la propuesta presidencial es muy interesante desde el punto de vista de la paridad.
            En el canal 34, el Ministro de Desarrollo y Bienestar Social, Saúl Gómez Landa—único hombre del Gabinete de la Presidenta Natalia Porras De Obaldía, habla de la necesidad de ser más enérgicos a la hora de hacer que las madres asuman el pago de las pensiones alimenticias de sus hijos a tiempo y aboga por penas de cárcel y severos embargos hasta a los abuelos maternos de ser necesario, para las mujeres que abandonen sus deberes maternales y no brinden apoyo a los padres, que crían y cuidan de sus hijos, quedándose en casa cuando es necesario. Al mismo tiempo, está proponiendo una ley que extienda la licencia de paternidad por tres meses más al menos, pues es un hecho que el recién nacido necesita del contacto con su padre durante los cruciales primeros meses de vida, en una sociedad en la que la mujer devenga salarios más altos, y es costumbre que vuelva a trabajar tan pronto se recupere del alumbramiento.
            Juan Carlos y Genaro, llevan sus bandejas a la pila de enseres sucios, toman sus mochilas y van a clases.
            La primera hora es de “Diseño de Imagen y Marcas”, con la profesora Gretta Aramburú. Una eminencia en la materia. Con una hermosa cabellera plateada, sus lentes de pasta y un traje impecable, dirige la clase como si fuera una jefa militar. Los estudiantes la respetan. Tiene unos 60 años y se ha ganado todos los premios que un Publicista puede ganar en Centroamérica y el Caribe. Junto a Sonia Santamaría es la socia fundadora de S & A Connection, la publicitaria más grande e influyente del país. Es una costumbre que sus mejores estudiantes de cada semestre reciban la oportunidad de hacer pasantías en su firma publicitaria hasta el final de sus carreras. A Genaro y a Juan Carlos se les sale la baba por poder aspirar a uno de esos puestos, pero es sumamente difícil para los chicos. En clase, solo las mujeres llevan chance de participar y sobresalir. Les dan los mejores proyectos, solo las chicas contestan cuando todos alzan la mano. Pareciera que el hecho de ser hombre es una descalificación total para los codiciados puestos. Alicia Chambers y Serena Ubianey parecen ser las favoritas de este año. Pero los pelaos no se dan por vencidos y dan lo mejor de sí en cada clase, porque soñar es gratis. Y eso no se los pueden quitar.
            Antes de salir de la Universidad le pregunta a Juan Carlos si le gustaría ir a almorzar a su casa, pero Juan Carlos se excusa diciendo que tiene una cita más tarde. Genaro le sonríe. Hace meses que su amigo anda en alguna vuelta misteriosa, y no quiere soltar prenda sobre su amor clandestino.
            Genaro vuelve a su casa inspiradísimo. Poder dar clases con Gretta Aramburú, es de por sí una bendición. En su casa, su padre lo espera con comida caliente. Su favorita. Lasaña de vegetales en salsa bechamel, un beso en la mejilla y un fuerte abrazo. Genaro padre es sastre y trabaja desde casa, mientras que su madre es jueza primera del Circuito. La casa está impecable, don Genaro se esmera en los detalles. Se ejercita diariamente y cuida de su alimentación de manera rigurosa. Genaro advierte que su padre está usando sus lentes de contacto se ha pintado las canas, que en la mañana cuando se despidieron presentaban algo de crecimiento. A don Genaro le gusta vestir bien a la hora de cenar y que todo sea perfecto cuando doña Elsa llega cansada y sin ánimo de nada. Que haya cervezas frías. Que se sienta calor de hogar.
            Genaro y su padre conversan de todo y de nada. Genaro le cuenta a su padre que hoy no ha visto a Alicia Chambers. No se la ha encontrado en ninguna de las clases que tienen juntos, por lo que el día no fue tan bueno, pero que igual la clase de la profesora Aramburú hizo que todo valiera la pena totalmente. ¡Qué mujer tan inteligente! Su padre lo mira con cariño tocándose el cabello, le pregunta si le gusta cómo le quedó el tinte. Genaro levanta el dedo pulgar, en señal de aprobación, le dice que le encantan las flores del comedor que la comida estaba deliciosa y se va a su cuarto para estudiar. Con Aramburú nunca se sabe. Quizás algún día lo tome en cuenta y haga que su historia dé un giro.
            Desde el cuarto, Genaro escucha el teléfono. Parece que es Doña Elsa, para avisar a su esposo que se va a tomar unas cervezas con compañeras del trabajo. Que no la esperen despiertos. Genaro escucha a su padre despedirse con voz de desilusión. Le dice a doña Elsa que lo despierte cuando llega para calentarle la lasaña. Pero para ese entonces doña Elsa parece haber colgado el teléfono. Lo mismo de siempre.
            Genaro sale del cuarto y le pregunta a su papá si se le antoja ver alguna película en Netflix. Don Genaro sonríe agradecido por la compañía y la propuesta y corre a la cocina a enfriar un par de cervezas y a hacer palomitas de maíz en el horno microondas. Mientras camina hacia la salita de la televisión, piensa que Genarito es un buen pelao. Tan diferente de su Ana Patricia. Su hija mayor, entra y sale de la casa como si fuera un hotel. Pura fiesta. Tuvo un bebé a los 19 años con su novio José Pablo, quien obviamente tiene la custodia de su niño y cuya pensión alimenticia tiene que pagar don Genaro, porque doña Elsa no lo quiere ni ver. Ana Patricia, de 30 años no trabaja, no se entiende de su hijo, no aporta nada a la casa de sus padres, y se la pasa de fiesta. José Pablo está comprometido con una doctora que adora al niño y está a punto de terminar su carrera de Derecho. Don Genaro sabe que una vez se case José Pablo, ya no va a ver muy seguido a su nietecito.
            Cuando llevan como una hora de estar viendo la película, suena el celular de Don Genaro.
            —Contesta tú—, le dice a Genarito.
            —Sí, papá— dice Genaro, y corre a buscarlo.
            En la pantalla sale el aviso de “Número desconocido”.
            —¿Hablo con el señor Sánchez? — dice una mujer al otro lado de la línea.
            —Sí, diga—, dijo Genaro con voz tranquila, para no molestar a su papá en caso de que fuera alguien de telemarketing.
            —Habla la detective Solís, de la Policía Técnica Judicial. Lamento llamarlo para informarle que la señora Elsa Sánchez ha sufrido un accidente y está grave en la urgencia de la Especializada. Deben venir cuanto antes.
            Genaro cerró el teléfono y le dijo a su padre que tenían que salir inmediatamente. Cuando llegaron a la Especializada, ya todo había acabado. Solo quedaba reconocer el cuerpo de doña Elsa y el del joven de la edad de Genaro que iba con él en el carro, saliendo de un hospedaje de pago por hora. Al salir a la Transístmica, un camión cisterna de leche había arrastrado la Fortuner azul marino de doña Elsa varios metros antes de detenerse. El muchacho había muerto en el lugar del choque.
            Cuando Genaro reconoció a su amigo Juan Carlos en la camilla adyacente a la de su madre en la morgue, con el cuerpo destrozado y la cara intacta, entendió la actitud sospechosa de su mejor amigo. Se tapó la cara con las manos y se permitió llorar a gritos. Su pana del alma y su madre. Y ahora ya no estarían más. No le quedaba ni siquiera con quién enfadarse… No había a quién reclamarle…
            Don Genaro ni siquiera se dio por enterado. Hay cosas que los esposos saben y callan. Y no permitiría que nada empañara la memoria de su mujer, tan trabajadora y profesional, tan guapa y tan buena madre. Genaro y su padre trataron de evitar hablar del tema y pidieron discreción a la policía y a los padres de Juan Carlos. Guardaron todo en sus corazones y siguieron viviendo. Don Genaro, en la calma sin tranquilidad de la viudez y su hijo, sigue tratando de abrirse paso en una sociedad en la que a los hombres aún les quedaban muchas conquistas por la tan ansiada igualdad. Así lo habría querido su madre.

jueves, 8 de febrero de 2018

Doble moral (2000)

No sé si esto habrá sentado un precedente, ni a quién beneficiará esta medida, pero en lo personal creo que con ello todos los panameños perdimos un poco de libertad.
Al sancionar a los muchachos de La Cáscara, las autoridades administrativas están tratando de limpiar sus conciencias de las barbaridades que ellos mismos han alimentado con su sistema de gobierno, y cuyo producto es una juventud cada vez más desorientada.
Lo más triste de todo este asunto es que lo único que lograrán con su castigo es aumentar el raiting de dicho programa; pues creo que no soy la única que espero que salga la próxima edición para saber que inventarán estos muchachos en represalia a la medida del Ministerio de Gobierno y Justicia.
Y es que, según el criterio utilizado, las televisoras están llamadas simplemente a la quiebra ya que muchísimos de los programas transmitidos son una burla directa a los más elementales valores humanos, pero como son importados o están protagonizados por famosos artistas son pasados totalmente por alto.-
Me permito dar algunos ejemplos: Qué me dicen de la relación incestuosa de las ocho de la noche de todos los días entre Antonio y Camila Brando, por citar sólo una de la espeluznante cantidad de telenovelas de la localidad, o de los enlatados productos de Aaron Spelling, que incitan a la promiscuidad en series que no tienen ni un solo personaje positivo.  Y en este momento ni siquiera haré alusión a ciertos apartados de los tabloides nacionales, los cuales considero un insulto para cualquier persona (ni a los comerciales para la gente con “criterio” formado).
El hecho de que el lenguaje utilizado por los “cascarosos” no sea el más elevado, ni sus formatos los más ortodoxos, no los diferencia en nada de cualquier otro reportaje que sólo puede herir la moral de aquel que se vea directamente afectado, ya sea la comunidad gay, o los dueños y usuarios de los cuartos de alquiler por hora, o los maestros de los muchachos que no tienen ni idea de cuál es la fecha de la independencia de Panamá de España, temas que han sido abordados con relativa elegancia por muchos de nuestros comunicadores sociales.
El hecho de que el lenguaje utilizado por los “cascarosos” no sea el más elevado, ni sus formatos los más ortodoxos, no los diferencia en nada de cualquier otro reportaje que sólo puede herir la moral de aquel que se vea directamente afectado, ya sea la comunidad gay, o los dueños y usuarios de los cuartos de alquiler por hora, o los maestros de los muchachos que no tienen ni idea de cuál es la fecha de la independencia de Panamá de España, temas que han sido abordados con relativa elegancia por muchos de nuestros comunicadores sociales.
Obviamente todos los extremos son malos y quizás el lenguaje, o el horario y las advertencias de adecuación del programa a las edades, deben ser implementadas a nivel de toda la programación, pero cuántos de los que hoy se quejan sacaron a los niños del cuarto en el que toda la familia reunida miraba La Cáscara, puntualmente cada noche de Carnaval.
Todos los años para estas fechas salen a la palestra los paladines de la moralidad, pero entendamos que las vistas del Carnaval son el producto de los otros 361 días que la juventud, pasa en familia todo el año. ¿Cuándo fue la última vez que le regaló un libro a su hijo?  ¿Cuándo fue la última vez que revisó sus créditos universitarios? ¿Sabe usted cuál es el apellido del novio de su hija, si es que sabe que tiene novio?
No nos engañemos, estamos dejando escapar a la juventud y luego la estamos castigando por tomar medidas equivocadas.  Al castigar a este grupo de muchachos creativos simplemente estamos representando una faceta más “del panameño”, que tanto se ha popularizado en el ya citado programa: hemos estado tirando piedras y ahora escondemos la mano


Obviamente todos los extremos son malos y quizás el lenguaje, o el horario y l de adecuación del programa a las edades, deben ser implementadas a nivel de toda la programación, pero cuántos de los que hoy se quejan sacaron a los niños del cuarto en el que toda la familia reunida miraba La Cáscara, puntualmente cada noche de Carnaval.
Todos los años para estas fechas salen a la palestra los paladines de la moralidad, pero entendamos que las vistas del Carnaval son el producto de los otros 361 días que la juventud, pasa en familia todo el año. ¿Cuándo fue la última vez que le regaló un libro a su hijo?  ¿Cuándo fue la última vez que revisó sus créditos universitarios? ¿Sabe usted cuál es el apellido del novio de su hija, si es que sabe que tiene novio?
No nos engañemos, estamos dejando escapar a la juventud y luego la estamos castigando por tomar medidas equivocadas.  Al castigar a este grupo de muchachos creativos simplemente estamos representando una faceta más “del panameño”, que tanto se ha popularizado en el ya citado programa: hemos estado tirando piedras y ahora escondemos la mano.

Coco, o la importancia de contar tu propia historia


El que me conoce bien, sabe que no soporto las películas animadas. Cuando mis hijos ven cómicas en mi presencia, yo oprimo el botón de mute y simplemente los hago escuchar mi música favorita en el fondo. Es eso o no ven nada.

Dicho esto, les cuento que el 9 de enero, después de ir a la marcha y desayunar a las 2 de la tarde, decidimos llevar a Cutín a ver “Coco” al cine. Ya estaba yo decepcionada porque justo el día anterior fui a ver The last Jedi, y no pretendo decirles mi opinión sincera sobre la película.

Yo no esperaba nada de “Coco”. La misma gente que me dijo que “Up” daban ganas de llorar y que “Intensamente” es lo máximo, me recomendó esta nueva película de Pixar, que ya llevaba un Golden Globe sobre sus espaldas.

El resultado: No tengo palabras. No solamente adoré cada segundo de la película, sino que llevo once días pensando en el tema que más me conmovió de esta obra de arte. Pero de filosofía les hablaré más adelante. Ahora les hablo de lo obvio.

El trabajo de animación es impecable, exquisito si se quiere. El doblaje al español es apropiado, y una vez que esperas los créditos (así de buena es, te quedas hasta el final) te das cuenta de que las voces son de artistas del más alto nivel. Gael García Bernal hace la voz de Héctor, Marco Antonio Solís –el Buki— interpreta a Ernesto de la Cruz. Angélica Vale—que una vez vino a David para la Feria del Niño y el Juguete que organizaban los 20-30—es la voz de Mamá Imelda. La laureada Elena Poniatowska, autora de uno de mis libros periodísticos favoritos (La noche de Tlatelolco) interpreta a la abuelita Coco. Una belleza de inclusión de nuestros “ancianos de la tribu” en los nuevos métodos de difusión de historias. El inmortal Xavier López “Chabelo” es el oficial de la aduana entre nuestro mundo y el mundo de los muertos. La siempre espectacular Ofelia Medina hace la voz de Frida Kahlo. En fin, Héctor Bonilla hace la voz de los tíos gemelos ¡hasta César Costa, de la Carabina de Ambrosio hace voces en este clásico automático de la historia de la animación!

El score, o banda sonora de la película, es adecuado, las canciones memorables. Me atrevo a pensar que pasarán inmediatamente al ideario infantil de esta generación. La música es un personaje principal. Es la causa, el motor y el fin. Literalmente.

Como dije antes, hay una idea que no me deja de dar vueltas desde esa tarde de Matinée. Ya había escuchado esta idea en la famosa charla TED de Chimamanda Ngozi Adichie, la cual deben ver en caso de que no les suene a nada. Me permito citarla, pues en verdad pienso que su charla es muy poderosa. “Yo escribí la clase de  historias que yo leía: Todos mis personajes eran blancos de ojos azules, jugaban en la nieve y comían manzanas, conversaban sobre el clima y lo agradable que era que el sol hubiera salido. Yo escribía así a pesar del hecho de que vivía en Nigeria y nunca había salido de allí. No teníamos nieve, comíamos mangos y jamás hablábamos del clima, porque no había necesidad”.

Automáticamente me hizo click una idea, que si bien no es original, me parece oportuno debatir. Hasta cuándo los que no somos caucásicos tenemos que implorar migajas en el mundo de la imaginación o en la cultura pop mundial. Coco es un hermoso legado para todos los niños latinos, ni hablar de los mexicanos. La globalización no es que Serling K. Brown haga el papel de Thor, o que Lisbeth Salander se mueva en silla de ruedas. Estoy convencida que si contamos nuestras propias historias y confiamos en nuestras voces, en nuestra música y en nuestros recuerdos, los resultados serían tan espectaculares como los de Coco. La globalización entonces será la universalidad de nuestra humanidad. Inclusión no es hacer un refrito de Friends con solo mujeres, o latinos, hindúes o personas en sillas de ruedas. Uno solo es minoría respecto a la situación geográfica, pero la cultura “blanca” por ponerle algún nombre, no es mayoría en el planeta. Creo en las historias bien contadas. Coco ha apostado por una historia nueva y fresca para todos, contada desde el lugar común de los mexicanos. A creer en nuestros cuentos.  No dejemos que lo políticamente correcto acabe con la emoción de la historia original.

Tan confabulada quedé con la hermosa película que estoy a punto de quemar mi “novela” de viaje en el tiempo y en su lugar, contarles la historia de mi mes en la sala de maternidad de la Especializada. Las cosas que vi. La noche que una paloma entró volando a mi cuarto. El episodio de la chica embarazada que desde mi cuarto veía cómo se quemaba su casa detrás del Artes y Oficios. De cómo el jefe de Ginecología me contaba de sus vueltas con Torrijos por comunidades en el fin del mundo.

El único modo de preservar nuestra cultura es contándola. Teniendo fe en nuestras historias. No renunciando a los sueños. Somos lo que somos, sin vergüenza ni complejos, y cuando abrazamos nuestra historia abrimos la puerta al mundo para que sepa que existimos.

Yo no pierdo la esperanza de que Cien años de soledad caiga en manos de Netflix, y pronto gocemos de la adaptación de la historia de los Buendía con la misma calidad de Juego de Tronos.

Tan solo es una idea.

lunes, 17 de julio de 2017

Vainas de la paternidad

No lo voy a negar. Hay gente que cree que inventó la maternidad. Hablan de los hijos como si no hubiera nada más entretenido en la bolita del mundo amén. Las notas, los psicólogos, las medallas, el día del niño estrella, los cumpleaños, que mi niño baila Des-pa-ci-to, que has fracasado como padre, que eres el mejor padre del mundo, que lo que les falta a los chiquillos es cuero, que si tú eres el mejor amigo de tus hijos, que si a ti no te engañan, que si les enseñas a beber desde casa para que no se inicien en la calle, que si la banda, el típico, los tutores, que les hablas en inglés para que todo sea más fácil, que si el Karate, o el ajedrez o el ballet al que obligan a todos sus familiares a ir. Que si la rebeldía de la adolescencia. Que si tuve que ponerme firme con el maestro. 
Man, hasta cuándo. 
Basta. 
En serio.
Y me incluyo.
Y es que eso de la paternidad es uno de los grandes misterios de la Creación.
Por qué rayos querría uno tener hijos? Qué misteriosa fuerza nos compele a reproducirnos y seguir reproduciéndonos? Uno entiende al primero, pero dos, tres, cuatro?
Lo que sí no es un misterio, es lo que sucede una vez que tienes hijos
Aunque uno quiere que la casa parezca de revista, que cuando él llegue se respire tranquilidad, que todo el engranaje funcione perfectamente, esos deseos no son más que ilusiones. La gente debería saber que detrás de una casa en orden, hay un millón de ideas sobre las que al menos yo, no pude escribir. Cientos de llamados de inspiración que tuve que ignorar, porque mis hijos se volvieron mi prioridad. Porque eso de que un pedazo de uno ande por allí a la libre no puede ser.
Hace tiempo me resigné a que las cosas aquí no pueden ser perfectas. O limpieza o felicidad. Pero uno no puede tener todo, al menos no al mismo tiempo.
El éxito es relativo a cada ser humano. Mi éxito es no tener la vibra de acabada por la vida que tienen algunas mujeres de mi edad.  Esas que no beben porque el guaro las engorda. Las que destinan un sueldo entero a tratamientos de plasma y botox y se ven inmaculadas. Mi éxito es dormir a mis hijos en la noche y sentir que uno huele a maracuyá y a jabón, o  ver cómo el otro se quedó vencido abrazando el libro de El Principito, un Stormtrooper y al Capitán América. Luego de asegurarme de que están fuera de combate, bajo las escaleras a toda velocidad y procedo abandonarme a las profundidades de Netflix con un  vaso razonable de gin y tonic o una Stellita bien escarchada. O sumergirme en ese libro que me encanta pero que me da pena que la gente sepa que estoy leyendo.  Esos son mis éxitos. Cerrar los ojos.
Los hijos son brutales. Son cositas increíbles. Pero una vez que los tienes, momentos como el que describo no tienen precio. Son un éxito y como tal se aceptan y se capitalizan. Son mi descripción de éxito.
Uno corre de aquí para allá con desenfreno, tratando de que tomen suficiente agua, coman sus verduras, tomen sus vitaminas, no vean mucha televisión, reciban buenos ejemplos, no se traumen, lleven la chicha de saril y el turbante a la celebración de la etnia negra, tengan las camisas planchadas, salgan al parque un ratito. Uno respira profundo y de repente se hacen las nueve de la noche y todavía están despiertos.
Cuando finalmente caen bajo la democracia del sueño, te les quedas viendo, con sus caritas de paz y sus pies afuera de las sábanas. Y te da una melancolía y un sentimiento de culpa por haber deseado tan vehementemente que se durmieran. Porque el tiempo pasa rápido y ya mañana no van a querer agarrarse de tu falda. Porque ser padre es sentirse culpable de no haber hecho lo mejor. Uno nunca queda bien con uno mismo.

Para mí es un misterio el que los humanos aún no nos hayamos extinguido. Lo juro. El misterio de la paternidad, es demasiado insondable. Es increíble. A aquellos que decidieron no ir por ese camino y se resistieron a los cantos de sirena del reloj biológico, mis respetos. Ellos tendrán otro tipo de éxitos. Y cada quién tripea sus éxitos.
Oh no. Creo que alguien gritó "Mamá"
Salud.
Ciao.

lunes, 8 de mayo de 2017

Procrastinación

Siempre hay algo que es más importante que lo importante. O que es menos importante que lo importante pero es necesario para que puedas hacer lo importante.
Los seres humanos como yo, somos artistas en el arte de procrastinar. En postergar. En dejar para después. Sólo funcionamos cuando nos presionan, cuando colocan una fecha tope para entregar lo que quiera que sea que tenemos que hacer.
Y lo peor que le puede pasar a un procrastinador, es su curiosidad por el mundo. Siempre hay un libro que leer para inspirarse y poder elevar el nivel. Siempre hay un playlist que hay que crear para crear el ambiente perfecto para ponerse a trabajar. Vienen los Óscares y hay que ver todas las películas para poder criticar con ganas la premiación.
Siempre hay una gaveta que ordenar, un rincón que adecentar, una mejor manera de hacer algo que ya estaba hecho. Siempre hay algo perdido, una banalidad, una receta, un status de Facebook que compartir. Un tema de Twitter en el que hay que opinar o del que hay que saber. También están las cosas vitales. Los 8 vasos de agua que hay que tomarse. El poquito de maquillaje que hay que ponerse en la cara para no parecer un fantasma. Un abrazo que dar. Un beso que robar. Una noticia por la cual ofenderse.
Hay plantas que regar, cremas que ponerse, cuadros que enderezar en la pared, focos quemados, carros sucios, fotos que enmarcar, cartulinas que comprar. Siempre hay amigos que invitar a tomar café y bochinches que compartir. Hay que llamar a mamá, hay que planchar una camisa. Hay que ajustar un pantalón y pegar un botón.
Se llama vivir. Y sucede mientras el cursor tiembla sobre la pantalla vacía. Y uno vive sobre la sensación de que hay algo que dejó de hacer y que debería estar haciendo. Y uno lucha contra la vida, para sentarse a contarles a ustedes cosas que ya saben, pero que es bonito escuchar o leer de vez en cuando.
Desde mi reino de la procrastinación, les deseo una vida llena de razones para dejar todo para después.

viernes, 3 de marzo de 2017

La resistencia

Cuando se publicó la primera edición de este libro de Ernesto Sabato, la tecnología de las comunicaciones aún no alcanzaba las alturas a las que estamos volando hoy día. Él básicamente se estaba quejando de la televisión y de los e-mails. Si Sabato resucitara y viera en lo que nos hemos convertido, se volvería a morir. Estoy segura.
Ya en aquel tiempo, el tímido filósofo decía que "Al ser humano se le están cerrando los sentidos, cada vez requiere más intensidad, como los sordos".
En estos días, la rabia dura siete días. El ridículo dura siete días. El duelo dura siete días.
Te levantas y te acuestas no sin antes asegurarte que no te queda ningún whassap pendiente por revisar. 
Si no viste el último meme viral del día te sentirás fuera de lugar. Ruegas que haya algún globito rojo bajo el logo de Facebook, que la gente te haya dado like. Un nuevo follower en Twitter es todo un momento emocionante.
Y cuando estamos con gente de carne y hueso, pues seguimos pendientes del teléfono. Nos tomamos fotos para que los demás sepan lo bien que lo estamos pasando. 
Ya se ha escrito muchísimo sobre el fenómeno del horror que nos causa no tener nuestro celular a mano, pero no es relajo. El mundo que no está al alcance de nuestra mano puede deshumanizarnos. La falta de tiempo de reflexión, de lectura, de abrazarse, de escucharse frente al café. La lucha por entumecernos y no estar expuestos al sufrimiento. La supervivencia. El desgaste de minutos muertos que se van por la ruta del olvido.
¿A qué estamos jugando?
 A adormecernos. A drogarnos para que todo pase. A no envejecer. A no morir, habiendo muerto primero cuando nos ha dado la gana. Este es el juego de no dejarse controlar. De no dejarse sorprender. De reducir la posibilidad de fracaso a cero.
Pero no todos jugamos a este juego. O al menos luchamos cada día por no jugarlo, sin dejar de jugarlo de alguna manera.
Parece que hay un antídoto, al menos para Sabato: «la cercanía con la presencia humana nos sacude, nos alienta, comprendemos que es el otro el que siempre nos salva". En esto Sabato coincide con las máximas del cristianismo. No podemos realizarnos sin amor. Pero no el amor de las novelas ni la autoestima egoísta. Se trata del amor del "caritas". Ese amor al prójimo como a uno mismo. Sin amor nada somos. Y para amar, se necesita del otro. Se necesita escuchar al otro. Se necesita hacer por el otro lo que nos gustaría que hicieran por nosotros. Para amar hay que tener misericordia del otro y perdonar 70 veces siete.
La gente a mi alrededor se levanta a las 4 de la mañana. A andar en bicicleta. A jugar tenis. A ser magros y sanos. Hay una nueva carrera. Se hacen llamar "life coaches". Te enseñan a lidiar con tu vida y ser exitoso. Ahora todos corremos, nadamos y queremos ser de hierro. La idea es no morirse. O morirse sin ser un perdedor.
Y yo quiero ser parte de todo esto, pero quiero seguir teniendo tiempo de hacer recuerdos con mi pequeña familia. Quiero tener tiempo de rezar. Y me pregunto ¿qué hay de malo en quererlo todo? Al fin y al cabo no es el primer momento de la historia humana en el que creemos que nos vamos a deshumanizar. Ya vimos horrorosas guerras mundiales, cruzadas, invasiones, plagas, infanticidios, holocaustos y demás atrocidades de las que desde que Caín mató a Abel somos capaces de ejecutar.
Me quedo con el alarmismo del bonaerense. Quiero pensar que hay más luchas por delante. Que mi voz es necesaria. Que el Diablo anda suelto y me contamina con la desidia, la indiferencia y la abulia. "En esta tarea lo primordial es negarse. Defender, como lo han hecho heroicamente los pueblos ocupados, la tradición que nos dice cuánto de sagrado tiene el hombre. No permitir que se nos desperdicie la gracia de los pequeños momentos de libertad que podemos gozar: una mesa compartida con gente que queremos, una caminata entre los árboles, la gratitud de un abrazo. El mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria."
En honor a don Ernesto, volveré a leer mi ya amarillento y subrayado ejemplar de La resistencia. O trataré de hacerlo si pongo mis grupos de Whassap en silencio.

Billy Joel: Una cuestión de confianza

Por: @KlenyaMorales Hace exactamente 25 años conocí a alguien que me prestó sus 2 CD de éxitos de Billy Joel, entre otras muchas cosas que m...