jueves, 6 de junio de 2019

6 de junio. 4 día cautiva.

Y de repente te resignas a que no vas a volver a casa pronto. La estrategia es permanecer en el presente, porque si le metes mente, lloras. Claro que no es el fin del mundo, pero nadie debería pasar el final de su embarazo entre estas paredes depresivas.
Lo he tratado con un poco de humor, porque uno trata de estar optimista, pero es muy duro.
He hecho algo de ingeniería de supervivencia.
Reciclar, aprovechar, pensar en lo que luego puede ser útil. Ahorrar para los momentos de escasez. No hay de otra cuando la comida es tan mala como aquí. Me siento como en Orange is the New Black.
Aprendí algunas estrategias para llevar el día a buen término.
Ya las enfermeras me denunciaron como ansiosa por deambular por los pasillos, en mi rutina de ejercicio. Supongo que lo ideal es que realmente te sientas enferma y sola. Las miradas de condescendencia son insoportables. El personal médico, tiende a sentirse intelectualmente superior al paciente. No lo pueden evitar. Se les nota en la cara.
Aquí todo sigue como un reloj, los laboratorios, la temperatura, las preguntas, la presión. Ya estoy durmiendo mejor. Uno se acostumbra a las cosas más increíbles en situaciones extremas.
Pero igual, es día de arreglarse el cabello, pues porque yo soy yo.
Ya casi hemos ganado una semana más. El domingo son 33. La meta 37.
No me malentiendan. Estoy agradecida por estar en un hospital nivel 3, cubierto por mi Seguro Social. Y muy bien vigilada. Pero como en cualquier encierro, esto es una prueba de resistencia, paciencia e ilusión de que todo terminará en un recuerdo. Soy adicta a contar historias. Así soy.

miércoles, 5 de junio de 2019

5 de junio. Día 3 del cautiverio.

 El que me conoce sabe que la comida es mi stress constante. Ayer tuve mi primera pelea con un doctor que me dijo que tenía que comerme esto. Yo prácticamente le dije que cuando el infierno se congelara, y no comí. Hay que ser coherente con los principios.

Este es el pasillo de la sala, y estoy decidida a hacer mis 10k pasos (6.5 km) todos los días. Así que ya me encargué de poner nerviosos a doctores y enfermeras con mi vaivén. Todo menos aburrime y vivir sin propósito está experiencia.

 Esto es lo que estoy leyendo y ayer me vi Blue Valentine y Hush mientras caminaba. Lo que el viento se llevó es un libro larger than life y me lo estoy gozando mucho a pesar de la letra minúscula del tomo que conseguí en la Biblioteca Nacional.  Voy por donde Ashley vuelve a Tara después de la guerra.

Los atardeceres han estado espectaculares y la temperatura no ha sido desagradable.

Tengo cortinas, pero igual tuve que pedir bloqueador solar por el resplandor. Tenemos un buen abanico, pero no aire acondicionado.

Cómo ven ayer cumplí mi meta, a costa del stress de las enfermeras. Dormí bastante mejor que las noches previas, aunque como de 3 a 4 esto era como mediodía. Toma de presión, entrevistas locas a las recién llegadas. Pero mi antifaz es mi mejor arma.
A las 6 pasó la ronda de doctores, y bueno. Seguimos esperando a bebé número 3 y buscando un nombre para él.


martes, 4 de junio de 2019

4 de junio. Segundo día de cautiverio

Si algún día quieren hacer algo chévere, regálenle antifaces a las pacientes del piso 8 de la  CSS. Nos prenden la luz TOOOOODA la noche.
Pero es por una buena causa: verificar a los bebés 24/7. Son las 7 y ya me hicieron mi ultrasonido en materno-fetal. Doctores a tiempo, todo marchando como un reloj. Sé que puede quedarme mucho tiempo en esta sala, pero esa es la idea... prolongar la gestación. Cada día es ganancia para nuestro chiquitín-- que como de costumbre, aún no tiene nombre.
Ayer no les conté sobre el Miranda Bailey de la sala "the nazi"...
Pero lo apunto para que no se me olvide y lo amento cuando salga. 😂😂😂 Pobrecitos los residentes.

lunes, 3 de junio de 2019

3 de junio de 2019. Comienza el cautiverio.

32 semanas de embarazo. Pero esta vez no es como la vez pasada. Ya lo esperábamos. La presión salió en 160/90 y JD y yo supimos que la preeclampsia asomaba sus garras en nuestras vidas, una vez más. El protocolo es el mismo. Vas a la urgencia de la CSS y te preparas para pasar hospitalizada el último mes de tu embarazo. Era un riesgo calculado. Pero no deja de ser una horrible perspectiva. Uno toma decisiones. Uno hace sacrificios...

Este es el amanecer que no quería ver desde aquí-CHAAM CSS-, pero ni modo. Ya caminé mis 10k pasos y JD me trajo sopa de lentejas para el almuerzo. La casé con el pan de moña del desayuno y todo salió bastante bien. El que me conoce sabe que la comida va a ser mi gran reto en esta etapa. No hubo boca que habló que Dios no castigó (ver "Instrucciones para invitarme a cenar", en este mismo blog).
¡Escuchar a La Bruja a las 12 será parte de mi rutina, de seguro! Hablar con la paciente de a lado 5 minutos para no ser una total bitch. Reírme por dentro de la labor de costura que me encomendaron las Damas Rosadas... A mí🙃😂😂😂😂
Pero bueno, un  paso a la vez. Eligiendo las batallas.

viernes, 10 de mayo de 2019

Historia de una ciudadana común


Por: @KlenyaMorales 

Ama de casa, escritora, abogada y traductora.
Aprovecharé esta época postelectoral para contarles por qué pago mis impuestos sin amargura. Tengo que ponerme personal para narrar de manera creíble mi experiencia de vida siendo panameña.
Mis padres compraron su única casa al casarse con menos de 25 años gracias a un préstamo de la Caja de Ahorros.
Nací en el Hospital Regional de David. Éramos una familia de clase media-baja y la educación pública fue la única opción para unos papás que empezaban. Teníamos biblioteca, comedor, sembrábamos en los patios entre pabellones, limpiábamos los fines de semana y ganábamos los Juegos Florales. Con el dinero que mis padres se ahorraban gracias a la gratuidad de la educación pública, me metieron en clases de inglés privadas, que taparon los huecos de la escuela. Me enrolaron en la Escuela de Bellas Artes del INAC en David, en la cual aprendí los fundamentos del piano, de la mano de una profesora maravillosa, por unos 25 Balboas anuales. Cuando a mis once años al fin pudieron pagar mi educación privada, considero que estuve al mismo nivel de mis compañeros.
Entrar a la Facultad de Derecho de la Universidad de Panamá fue relativamente fácil, en tiempos en los que hacíamos tesis y salíamos un poco expertos en una molécula del vasto universo legal. Escogí a los mejores profesores que mi horario me permitió y estudié con una beca del IFARHU mientras trabajaba.  En segundo año sufrí una hospitalización en el Complejo Hospitalario, donde recibí un acertado diagnóstico crónico para el cuál en más de 25 años siempre me he atendido y medicado con el Seguro. Pero me pude graduar en cinco años y luego hice mi Post Grado en Alta Gerencia en la Universidad Tecnológica de Panamá, recibiendo una educación que jamás hubiera podido pagar.
Con un préstamo del IFARHU me fui a hacer una maestría en el exterior. Y cuando ya todo había salido según el plan, nació mi primer hijo, con un síndrome inusual. Tuvimos que salir del hospital privado a toda velocidad o endeudarnos con el hospital por el equivalente a tres vidas.  Solo la Seguridad Social nos brindó terapias, hospitalizaciones, exámenes, operación a corazón abierto, consultas con especialistas, medicamentos, experiencia, certeros diagnósticos con la élite de la pediatría panameña, tanto en el Seguro como en el Hospital del Niño. Aún hoy solo el IPHE y el Instituto Nacional de Medicina Física y Rehabilitación nos ofrecen opciones realistas para la educación y terapia de nuestro hijo. El universo privado es prohibitivo e insostenible.
Cuando presenté mi renuncia –para cuidar a mi hijo—, mis jefes creyeron en mí y me ofrecieron un tele-empleo, y a la vez que pude atenderlo, aporté como funcionaria a una de las organizaciones con más mística dentro del Estado panameño. La siguiente administración entendió mi situación y mi potencial y pude continuar trabajando. Aún hoy laboro como traductora en una entidad estatal de la que me enorgullezco. La clase mundial es posible en lo que muchas veces calificamos como Banana Republic. Mi segundo hijo nació en el Complejo Hospitalario luego de que yo pasé una hospitalización de un mes. Nadie me echa cuentos sobre la pésima comida del Seguro, ni la falta de aire acondicionado. Mi bebé pasó 15 días en neonatología, sin lujos pero con tratamiento impecable. Mi familia salió adelante.
El Estado ha recomendado mis libros para su uso en las aulas, vacunado a mis hijos, obligado a mis malos patronos a pagar mis prestaciones y velado por mi familia. Gracias al Estado y a una voluntad como la de muchos panameños, hoy soy quien soy.
Yo sí necesito de un Estado eficiente, yo sí necesito que el sistema funcione, que el nuevo presidente gobierne desde el primer día. Uno no tiene que vivir en extrema pobreza para acudir al sistema público. A gente como yo, no le han regalado nada. Vivimos en un país que a pesar de nosotros mismos, nuestros egoísmos e imperfecciones humanas, sigue ofreciendo oportunidades con las que otras naciones no se atreven ni a soñar.
¡Cuánto más se podría lograr con más decencia! Esta democracia tan llena de defectos, garantiza que le recemos al Dios que nos dé la gana, si nos da la gana; que podamos soñar y ver esos sueños realizados. El país en el que yo he vivido es tu país. Mis necesidades son o podrían ser las tuyas.  Panamá no es lo que es gracias a caudillos, ni ladrones, ni incompetentes. Lo es gracias a generaciones de panameños que han hecho su trabajo con amor.





domingo, 22 de julio de 2018

Crónicas estrogenadas. Primera Crónica. Volver a empezar

Colección de Cuentos,
ganadora del Primer Lugar
Concurso Nacional del IPEL, Panamá


Volver a empezar
Despertarse a las cuatro de la mañana. Amanecer sin luna. Oscuridad interrumpida por las luminarias de la calle. Con el tiempo, el cuerpo se acostumbra a maldormir, a funcionar en piloto automático para que el engranaje no se detenga. En algún momento de su historia ella dejó de vivir para simplemente sobrevivir. El agua está helada y ella decide hervir un poco en la olla de hacer pasta para echar en un tanque que siempre guarda dentro del baño, así los niños podrán usar un poco de agua tibiecita.  Pero por más que mire el agua con insistencia, no va a hervir más rápido. El sol no saldrá por buen rato sobre la mancha deforme en la que se ha convertido la ciudad, ciudad que extiende sus tentáculos hambrientos en todas las direcciones, sin densidad, sin planos, sin objetivos. Hacer desayuno para Héctor y los niños, revisar maletas, despachar a Santi a la escuela en el busito de contrato, que llega a buscarlo a las cinco y diez. A Rosita la dejan directamente en la escuela porque queda de paso. La maleta de Santi es de Batman y la de Rosita es de unicornios, con loncheras a juego. Santi está un poco grande para usar mochila de Batman, pero la verdad es que está buenecita y la puede usar un par de meses más.  Salir tempranito para evitar el tranque del Corredor. En un solo carro, porque si no las cuentas no salen. Pero el esfuerzo y la logística son por el gusto, porque todo el mundo tuvo la misma idea. Hacer un trayecto que sin tráfico toma 20 minutos, en dos horas. Un desastre. La idea es conversar durante el viaje para compartir en familia, pero nadie dice nada. El silencio del amanecer se traga las buenas intenciones. Adela trata de echar otro sueño. A Rosita hay que despertarla al llegar a la escuela.  Luego llegan al área bancaria y Héctor se va caminando a su oficina. A Adela le queda la tarea de resolver dónde parquearse; coloca las manos en el volante, suspira y piensa “Nombe no. Esto no es de Dios”.
Como la mayoría de los empleados del área financiera de la ciudad, Adela no tiene estacionamiento bajo techo. Cuando le toca llevar el carro –ella y Héctor tienen un “sistema logístico”—, se estaciona día a día a varias cuadras de la oficina, jugándosela entre zonas de no se estacione, líneas amarillas e hidrantes. Adela se pasa el día con el estrés de que las grúas del Municipio no pasen cerca de su carro. Obvio que los abogados sí tienen parkings bajo techo, para los Porshe, las Prado y uno que otro Maserati. 
Adela sabe que uno no se maquilla antes de llegar a la oficina, o la base se le va a derretir junto con el rímel y el delineador. Más vale entrar al trabajo con la cara lavada que parecer un mapache. Paraguas, periódico, cartera y portafolio, Adela se aventura a caminar hacia su oficina, a ver si le queda tiempo de corregir lo que puede. Siempre hay que lucir al mejor nivel de sus posibilidades, aun cuando el sueldo a veces no alcanza para cubrir los gastos que acarrea reflejar una estampa glamorosa en todo momento.
En la época lluviosa, todo se ve del color de la plata vieja y sin pulir desde los ventanales de piso a techo de la Torre BancoSur, al igual que desde el resto de los edificios que definen el horizonte de la ciudad.  Y pasa lo mismo de siempre. Todo comienza con una lluviecita pendeja. 30 grados Centígrados afuera y 16 adentro. O te cocinas en el trópico o te congelas en una morgue. No hay punto medio. Los cristales se empañan y uno no puede aguantar la tentación de escribir su nombre sobre la condensación.
Si tienes oficina en una esquina puedes llegar como a las once. Para eso eres jefe. Las gotitas de lluvia surcan las ventanas de los bufetes y bancos, de transnacionales y casas de valores. Los ejecutivos de los gigantes de las finanzas pueden mirar hacia el piso y ver a los de a pie, — que son los que pagan los intereses de sus casitas en el suburbio por 30 años o hasta morirse, lo que ocurra primero— tratando de llegar a sus trabajos para buscarse la vida. Gente promedio, con oficios promedio y sueldos promedio.
La calle aún está medio dormida. Es quincena y juega el gordito. Los billeteros agitan su mercancía sobre los parabrisas de los autos. Los árboles tiemblan, los pájaros salen graznando a toda velocidad.   Las palmeras bailan, se doblan y sacuden. El aguacero es evidente. Los charcos comienzan a formarse en los huecos mal rellenados con asfalto. Los burócratas del centro financiero encorbatados, las oficiales de banca privada en tacones y medias de nylon— o con chancletas de plástico para cambiarse en la oficina, avanzan saltando y tapándose la cabeza con carteras, portafolios o loncheras.   
Al llegar a la oficina marca el reloj y se mete al baño para hacer un control de daños en su ropa, cara y cabello. Luego comienzan la faena y el intercambio de saludos diarios e historias sin importancia.  La oficina es una mezcla de perfumes.  De Chanel No. 19, pasando por Amarige y terminando hasta en Pachulí. En el aire se escucha ese zumbido sin sonido de los monitores. Las secretarias se ven un poco azules, como el reflejo de las pantallas de las computadoras. 
Esta ciudad cree que le ha ganado al mar. Los edificios van dando forma a la silueta del área bancaria. Los muchachos que venden periódicos bajo los semáforos buscan refugio con caras de tristeza y frustración. Los vendedores de desayunos pedalean con todas sus fuerzas en las bicicletas para proteger su carga de empanadas y hojaldras envueltas en bolsas de papel manila con manchas circulares de grasa. No hay muchas ventas cuando llueve y cuando hace sol tampoco se gana bien.
            Alegres estudiantes corren por las calles con las camisas blancas y celestes pegadas a sus pieles, tratando de competir por agarrar un puesto en el Metrobus de la ruta Calle 50. Parece que será otro día sin ir a clases. 
 Para variar.
El día de trabajo va sucediendo automáticamente. Reuniones que pudieron haber sido un correo electrónico, usuarios que no aprenden a cerrar las ventanas de la computadora y se quejan de la velocidad del internet. Bochinches de oficina. Conferencias por Skype que se caen, facturas que no facturan. El Dr. Fulano bloqueó su celular porque se le olvido la contraseña. Almuerzo en el puesto de trabajo. Algún gracioso trajo pescado y lo calentó en el microondas de la oficina. Todo huele mariscoso. O a pollo con brócoli. O a lo que sea.
A las cinco de la tarde en punto, Adela acerca su tarjeta al reloj. No puede evitar sentir un poco de vergüenza por el apuro, pero tienes que salir volando del trabajo. No hay huevos, ni jugo, ni pan, ni leche —ese pensamiento le ha estado rondando por la cabeza todo el día como un mantra. Pero el jefe te llama al celular justo cuando está a punto de entrar al elevador.  Hay un fuego que apagar. Y cuando te das cuenta que no va a llegar a tiempo a la guardería en donde dejas a Rosita, llama a alguno de sus hermanos para que le haga el favor de buscarla y quedársela hasta que ella pueda llegar. Pero no lo puede hacer todos los días, porque ellos también tienen sus vidas. Sus problemas. Sus luchas. Y cuando compara sus problemas con los de ellos, sin dudarlo se queda con los suyos.
            Y uno espera que el día siguiente sea diferente. Pero nada cambia. Es la más leal del equipo. Ya son diez años de trabajar en la firma de abogados más grande del país. Tan es así que allí donde haya un consulado panameño, allí tienen ellos una sucursal. Son los misterios del poder. Pero nada de eso es problema de Adela. Su problema es ser una profesional en lo que hace y estar obsesionada con hacer un buen trabajo. Con la perfección. Se lleva los problemas de la oficina a la casa. Está on call todo el tiempo. Tiene a su haber decenas de horas extras que nadie le va a pagar. Nunca se sabe cuándo va a colapsar la sucursal en Shanghai, Oslo o Pireos. Nunca se sabe cuándo se va a ir la luz y se amenace la integridad de los servidores. Nunca se sabe cuándo a Anonymous se le va a ocurrir atacar su base de datos y la oficina se convierta en un blanco fácil para la segunda parte de los Panamá Papers.
            Es duro darlo todo en el trabajo, hacer una maestría mientras estás embarazada, preocuparte por la empresa como si fuera tuya y tener siempre presente que no tienes el apellido adecuado para aspirar a una Vicepresidencia. Y no solo es eso. Pasa que es mujer y en esa firma, las mujeres no son material gerencial. No tiene ninguna influencia o amigo arriba de la escalera de mando. Su jefe puede no haberse graduado de nada, pero mientras él no se jubile, ella no puede aspirar a más que ser su secretaria ejecutiva sobrecalificada. Y si aunque fuera le pagaran las horas extras y le subieran el sueldo acorde a tu desempeño, pues bueno, no hay reconocimiento pero hay platita, ¿no?  Pero pareciera que, de algún modo, incomprensible y misterioso, a la firma le conviene que uno no esté bien pagado. Que viva apretado. Quizás para que uno se mantenga con hambre de éxito. Te ponen la zanahoria en frente, como sale en las cómicas.
            Eso lo piensa Adela mientras recuerda que Santiago se está quedando en Matemáticas y que por más que trates de explicarle la tarea a las diez de la noche, —cuando al fin lo puedes ver—, hay muy pocas probabilidades de que salve ese fracaso. Un tutor está fuera del presupuesto familiar. El psicólogo va a costar otro bollo de plata. Y ni hablar de una rehabilitación, que va de la mano con un contrato de busito que lleve y traiga a Santi durante el verano.
            Desde que recuerda, Adela ha estado rodeada de mujeres trabajadoras, incansables, creativas. Mamá. Tías. Maestras. Profesoras. Costureras. Abuelas. Amigas. Mamás de las amigas. Lo que es más, siempre le pareció que una mujer con grados universitarios que se queda en casa exclusivamente, no es algo común. Y aún si lo hacían, eran unas expertas en su casa. Menús variados. Vajillas para invitados. Jardines siempre verdes. Casas adorables, hijos y marido impecables. Nunca percibió ninguna de las dos tendencias como una traición a su naturaleza de mujer.  
            Hasta que le tocó atender a su propia familia. Entonces se dio cuenta de que los platos no amanecen limpios por arte de magia, mientras uno duerme. 
 Ni se llena la despensa. Ni la plata se estira milagrosamente. 
            Fue un poco sorpresivo ver que la chequera no se balanceaba sola ni te manda una alerta cuando está a un solo dólar del límite inferior. No hay elfos que laven, doblen, planchen y guarden la ropa, ni las citas médicas del Seguro o de la Privada se hacen solas. Ellos no te llaman para hacerte la vida más fácil.
 Nada de eso.  En la escuela te hablan del abecedario, pero nadie te previene que habrá muchas otras “letras”.  El carro, la casa, Fenosa, IDAAN, Aseo, el Corredor. Y las tarjetas de crédito hasta el tape. Y ni hablar de la porquería de banco con la que se metió, en el cual ningún ser humano te atiende.  Cuando necesita algo, llama por teléfono y se demora veinte minutos entre menúes y grabaciones sin color de voz.
            Como en el caso de Adela, que la casa esté limpia no es un capricho. Da la casualidad de que sus hijos, su marido y hasta ella misma, son alérgicos a cualquier manifestación de polvo.
            Los amigos llegan a casa —un poco menos cada mes— y todo debe ser perfecto. Las cervecitas frías, el ceviche, los patacones… Los electrodomésticos se dañan, y de la nada Adela tiene que conseguir 200 dólares para cambiar los cauchos de la nevera que compró de paquete hace dos años.  Hay que darle mantenimiento al carro, lo cual puede superar con creces el precio de la letra. Correr a llenar el tanque, porque el otro viernes sube la gasolina. A Rosita hay que ponerla a dormir, leerle un cuento y enseñarle a rezar.  Con Santiago hay que conversar de lo que sea. Ya viene la pubertad y con ella, el abismo impresionante que se abre entre uno y sus hijos. Al mirarlo dormir, Adela hace una nota mental de que hay que ir a cortarle el cabello. Obvio que a la barbería, porque volver a pagar 15 dólares por un corte de hombre, le parece un asalto.  Adela revisa la maleta de Rosita y se percata de que mañana tiene un cumpleaños. Siempre cumple algún niño en la guardería. Y cuando ve las tareas de Santiago, algo dentro de ella se pone a llorar. Pero no llora. No sirve de nada.

            Hay que bajarle las bastas a los pantalones. Pegar algunos botones y sacar manchas. Hay que cocinar para llevar al día siguiente. Cosas variadas, nutritivas y apetitosas. Comer en la calle es cada día más pecaminoso. A Rosita no le gusta nada. Solo come huevos revueltos y salchichas. Y como toda ama de casa que se respeta, sabes que las salchichas dan cáncer. Pero es lo único que hay, y Adela está muerta de cansancio. Y mientras le empaca salchichas para la lonchera, siente que ha fracasado como madre. Pero todo es temporal –suspiro de Adela—,  pronto crecerán y esos momentos difíciles, serán solo recuerdos.
            
Y está ella.  Al final de la lista. Tiene que verse como de catálogo. Deslumbrante. Blower, highlights, manicure, pedicure. Quitarse el maquillaje religiosamente. Hacer que sus tres suits parezcan 30 combinaciones diferentes. Hay que tener un blower chiquito en la cartera, para cuando el clima falla. Ya renunció a caminar 30 minutos dos veces a la semana, porque por el amor de Jesucristo, ¡tiene que dormir a alguna hora! Al Diablo las cremas antiarrugas y el perfume francés que usaba desde que era adolescente. Un splash tendrá que hacer el papel del Diorissimo que ya no puede comprarse, como cuando era soltera. Los ocho vasos de agua al día va a tener que tomárselos con la boca abierta bajo la ducha, mientras enjabona sus curvas cansadas. Comer ensalada y tuna hasta el hartazgo. No contenta con todo esto, tiene que ser una amante como esas que salen en las novelas. E innovar en la cama, porque, pues el matrimonio necesita chispa, sino se vuelve un Polo Norte y en la calle las otras mujeres adoran meterse con tipos casados con esposas cansadas.
            Y están los demás. La otra gente que también forma parte de la vida de Adela, y que que tiene en el olvido. Sus padres allá tan lejos en el “interior”. Son al menos 5 horas en carro. Y el pasaje de avión te sale más caro que ir a Miami. Tus hermanos con sus rollos personales. Roberto se quedó sin trabajo a los 42 y no puede tener hijos. Y su hermana Vanessa anda pidiendo pintas de sangre para la operación de su hijita. Otra vez. Su mejor amiga es amante de un hombre casado y ya se te acabaron los consejos para que aspire a algo mejor. Ese tipo jamás va a dejar a la esposa. Todos quieren contar con ella. Y es bueno que no se olviden de uno a pesar de lo complicado que se volvió vivir en Ciudad de Panamá.
            Mientras empaca el arroz con carne y tajadas de plátano maduro –como le encantan a Héctor— para mañana, Adela hace un alto y se da cuenta de que eso no es vida. Al menos no la que soñó. Es una cadena de momentos esperando ser feliz. Han pasado los años y esto no era lo que se imaginaba.  Héctor es un buen hombre y sus hijos tienen salud. Pero éste no era el sueño. Si tan solo tuviera las agallas de mandar todo al carajo y tratar de emprender una nueva vida, con sus propias condiciones, en lugar de las de unos jefes que se la pasan de crucero por el Egeo o pasando el summer gringo en Bali y que de a vaina se saben su nombre.   
            No es la primera vez que esa idea la ataca a Adela en la soledad de la cocina. Pero es la primera vez que siente que los ojos se le llenan de lágrimas de la vida real. “Si tan solo tuviera el valor. Irme para Chiriquí. Vender lo poco que tenemos acá y comenzar de nuevo…”  Y se da cuenta de que ha contraído una idea virulenta, que o se hace realidad o le va a carcomer el cerebro desde la nuca hasta las cejas. Aún no se atreve a decirlo en voz alta, porque ni ella misma se lo cree. Pero el virus se ha inoculado en su sangre y no puede hacer otra cosa que tirar números y pensar en cómo decírselo a Héctor. Meterlo a bordo de ese barco y ver qué hacen cuando llegan a ese puerto.
            Tendrían que buscarse un trabajo. Comprar una casa. Empezar de cero, pero en una ciudad mucho más pequeña. Era un riesgo. Sus trabajos pagaban las cuentas. ¿Estaría despreciando las bendiciones que había recibido de Dios, por ambiciosa? Pero, ¿y sus sueños? ¿Por qué Dios te deja soñar con otras vidas?
            Suena bonito. Adela casi está sonriendo. Se está creyendo su nuevo proyecto. Y sabe que todo le va a resultar, con un poquito de organización y fe. Se imagina sus castillos en el aire. Prácticamente puede verlos y decidir de qué color va a pintar las paredes de los cuartos de los niños. Hay que tomarle fotos a cada habitación de la casa para ponerla en OLX o Encuentra 24. ¡Qué emoción! Sí se puede.
            Pero en una semana más, Adela se dará cuenta que su período de reloj suizo no le habrá llegado como de costumbre.  Después de otra semana confirmará su sospecha, y al llamar al consultorio del ginecólogo en cuasi-histeria y pedir una cita cuanto-antes, y someterse al frío escrutinio del ultrasonido, el Doctor Torres le dirá que las Salping no son cien por ciento efectivas, que eso podía pasar. Que existe un pequeño número de casos en los que la trompa se recanaliza y el espermatozoide pasa a través y fecunda al óvulo. “Pero ánimo, aún eres joven Adelita. Sonríe. Vas a ser mamá otra vez. Y todo se ve perfecto.” De nada le servirán la negación, el llanto y la desesperación. Pero no podrá evitar sentirse como una quinceañera que metió la pata. Sentirse devastada. Sentir que hizo algo mal.
Solo entonces le dirá a Héctor que están esperando un bebé, y él le dirá “Pero-si-tú-te-operaste-cuando-nació-Rosita”. Luego de unos diez minutos de cuestionamientos, gesticulaciones, no-puede-ser y manoteos, Héctor le tocará el cabello a su Adela con ternura, y le dirá que quizás la idea de renunciar ya no suena tan brillante como hace unos días. Al menos la firma le paga un seguro privado y el bebé podrá nacer en una clínica.         
      Basta de llorar. El bebé puede sentir todo el estrés de la mamá. Mi bebé no se merece esto. Y como por arte de magia, Adela se dará cuenta que ya está pensando en el bienestar de esa personita. Y eso la tranquilizará. La hará sentir un poco mejor persona, y no la miserable egoísta que no se esperaba la noticia. Porque hay algo en la maternidad que desafía la lógica y el miedo. Y está el dicho que dice “Los niños traen su pan debajo del brazo”.  Habrá que poner los sueños en hold. De nuevo. Porque la vida, no es una novela. La vida es como es.



Crónicas estrogenadas. Segunda Crónica. Invisible.


Invisible
            Los fuegos artificiales surcan el cielo de enero, como arañazos multicolores contra el negro sideral del verano de Santiago. La brisa mueve los árboles del bosque y crea pequeños remolinos de hojas amarillas por las veredas de adoquines rojizos. Los muchachos entogados se abrazan. Los familiares aprietan bocinas escandalosas hasta que se les tapan los oídos. Ya son profesionales. Ya están listos para aspirar a mejores salarios, a sueños más grandes, a historias diferentes. Después de tantos sufrimientos, noches sin dormir, filtros, trabajos en grupo, profesores de esos que son unos desgraciados por el bien de los estudiantes. Después de tantas luchas, por fin saldrían al mercado laboral a recoger los frutos de su educación.
            Lida toma una, dos, tres, cuatro, cinco fotografías de los fuegos artificiales y de los cuadritos de confeti de papel metálico una pulgada por una pulgada que vuelan entre los graduandos. La banda toca una melodía que parece conocida. Quizás rock. Sí es rock, de Bon Jovi.  La tuba gime y la batería le da piquetes al aire. Los chicos de la banda sudan bajo los reflectores. Los birretes vuelan. Ella también tuvo una noche como aquella. Hace muchos años ya. Iba a ser la dueña del mundo, así tenía que ser. Ella iba a hacer cosas diferentes con su vida.
            Lida se graduó de abogada, ejerció en las mejores firmas del país, hizo banca de fideicomisos, sociedades anónimas, bienes raíces, estudió un postgrado en gerencia durante las noches y luego se inscribió en una maestría de arte y escritura creativa en el extranjero. Cuánto amaba estudiar. La abogacía le ofrecía oportunidades financieras, mientras que los estudios de postgrado le ayudarían a ejercer en el mundo del arte. Le habría encantado dedicarse a escribir y enseñar. Escribir ficción y enseñar literatura, arte o filosofía. Ser como J.K. Rowling y escribir novelas espectaculares, con miles de seguidores en todo el planeta rendidos a sus pies.
            Al volver de la maestría, sacó su licencia de traductora pública autorizada y se preparó para hacer las mil y una cosas que había planeado.
            Sin embargo, allí está, con su teléfono inteligente, mandando posts de Instagram, Twitter y Facebook a la cuenta oficial de la institución para la que trabaja. Hace un par de comentarios ingeniosos, busca un par de likes. Se asegura de usar un hashtag pegajoso y que las fotografías expresen la misión del Instituto Nacional de Estudios de Nanotecnología. Lida baja su teléfono para revisar y editar las fotografías y mientras lo hace, comienza a recordar las cosas que nunca pasaron. Jamás ganó más de 1,500 dólares después de graduarse. Eso no da margen para cumplir muchos sueños que digamos.
            Han pasado 15 años. 15 años desde que nació su niño. 15 años desde que, en lugar de empezar a escalar sin descanso por la loma laboral, tuvo que quedarse atrás, a propósito. Tuvo que hacerse invisible.  Solo así pudo darle a su Andrés los cuidados que el pequeño necesitaba y mantenerse cotizando el Seguro. Andrés había nacido con un corazón lleno de asuntos pendientes. Intercomunicación entre ventrículos, soplo de ductus arterioso, Comunicación entre aurículas. Asuntos que sólo se resolverían con un bisturí, abriendo su pecho y haciendo bombear su sangre a través de máquinas muy sofisticadas, mientras el cirujano cardiovascular le remendaba el corazón a su niño. Desde el día 1, supo que su Andrés iba a necesitar varias operaciones. El Dr. De La Torre se lo dijo la misma tarde del nacimiento de Andrés. Los medicamentos eran lo de menos: Andresito necesitaba estar asegurado, porque ningún seguro privado iba a cubrirlo. A esos niños nadie en su sano juicio los asegura. Las operaciones que necesitó el niño fueron sumamente costosas, y a pesar de todo lo que la gente habla del Seguro Social, solo ellos le brindaron a su hijo lo que necesitó durante sus primeros años. Tenía que estar asegurada, al precio que fuera, pero no podía trabajar en el sistema de ponchar tarjeta de todos los funcionarios. Andresito iba a necesitar mucho de su mamá. Lida lo supo al estrecharlo entre sus brazos, mientras despertaba de la anestesia de la primera operación. El niño tenía tres meses. Iba a ser un camino agotador. Lida estaba tan asustada de perder a su pequeño que prometió a la Virgen dedicar su vida a su bebé.
            El Instituto le dio una oportunidad. Un sueldo pequeño en su departamento de comunicaciones, unas funciones por definir, pero que tenían que ver con el mundo del Internet, que en pleno 2007 estaba cambiando hacia una nueva manera de hacer relaciones públicas.  Desde luego que sus conocimientos de inglés eran un valor agregado. Ya le encontrarían algo. Lida lloró agradecida. Estuvo a punto de besar las manos del Director del Instituto.
Y comenzó a prepararse para su nuevo puesto. Llena de motivos y de proyectos. No había mucha información en ese entonces. Tenía que alimentar las redes sociales, un trabajo que en ese momento era casi desconocido. Podía hacerlo desde su casa, pero tenía que estar disponible todo el tiempo. A Lida se le encendieron los ojos, y no pudo decir que no. Después de que Andrés naciera, no se había atrevido a pensar en una oportunidad como aquella.
            A los cuatro años, Andrés le preguntó a Lida:
             –Mami, ¿por qué Dios me dio un corazón dañado?
Lida se enfureció y abrazó a Andrés contra su pecho. ¿Cómo iba a contestarle esa pregunta que tantas veces se había hecho ella misma? ¿Cómo entender el plan absurdo de Dios? Ella habría dado lo que fuera por darle su propio corazón y evitarle tanto sufrimiento a su pequeñito.
            Hoy, Andresito está fuera de peligro y ha avanzado muchísimo. Lida solo puede estar agradecida, le dieron la oportunidad que necesitaba en el momento en que la necesitaba.
            Pero su orgullo, aquel ego de intelectual que siempre la hizo sobresalir, le hacía sentir el amargo sabor de la frustración profesional. Tanto así que le dolía el corazón, físicamente se sentía enferma, de pensar que su vida profesional se había vuelto una broma de mal gusto. Trataba de no sentir envidia y ser humilde. Pero era por el gusto. Aunque sabía que había hecho lo correcto, no podía evitar recordar la brillante sustentación de su tesis de grado y de su disertación de la Maestría que con tantos esfuerzos se pudo pagar. Los años de estudio e investigación.
            Y despertaba a su realidad. En su trabajo, la clave era pasar desapercibida. Tenía que vestirse modestamente a propósito, para no llamar la atención ni despertar celos de sus compañeros. Usaba un moño en lo alto de la cabeza, nunca se maquillaba ni usaba zapatos altos. No se pintaba las uñas ni causaba problemas. Acataba las órdenes superiores con humildad y sencillez. De espaldas por las esquinas. La cabeza baja. Ni siquiera se atrevía a proponer ideas brillantes, por miedo a que la persona equivocada se sintiera aludida y se fijara en sus privilegios y decidiera que era demasiado para ella. A veces fantaseaba con que alguien influyente tomaría su currículum de entre una pila de papeles y en verdad lo leería con atención. Que se dieran cuenta de que era una escritora talentosa, capaz de pintar emociones y conectar con las audiencias. Que dijeran “mira el potencial de esta muchacha, deberíamos aprovechar un perfil como el suyo”. Era tan creativa. Escribir para ella era como cortar mantequilla con un cuchillo caliente. Era muy talentosa. Pero ya no tenía 30 años, ni toda una vida por delante.
            Ya era muy tarde para todo eso. A todos nos toca una cantidad limitada de milagros, y Andrés había necesitado todos los milagros disponibles para Lida a sus 45 años. Su tiempo de escalar y brillar, ya había terminado. No podía quejarse. Andresito salía adelante. Era un excelente alumno y un niño bueno. Y uno aspira a que los hijos sean buenos y decentes. En su última visita al médico, el Dr. De La Torre les había anunciado que habría que revisar ese corazón anualmente pero que estaba casi seguro de que nunca más tendrían que operarlo. “¡Es hora de vivir! ¡Sin miedo!” Lida y Andrés se abrazaron. Lida tenía los ojos llenos de lágrimas y el alma aliviada. Al fin su niño viviría una vida sin el terror de la furosemida, el balance hídrico, ni la presión pulmonar. Andrés estaba fuera de ese peligro desesperante que había hecho una sombra sobre sus vidas desde el día que nació, con grandes dificultades para respirar y una legión de doctores haciendo sus diagnósticos.
            Lida observa el reloj. La batería de su celular está al 1%. Justo a tiempo. La carga duró toda la graduación. Es hora de irse a casa porque la señora que la ayuda con Andrés también tiene que irse a dormir.  A Lida le toca vivir la vida que le salió en la ruleta: en paz y sin atormentarse por todo lo que hubiera podido ser.





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