Genaro Sánchez, 19
años, 125 libras, barba de un mes, ojos pardos, largas pestañas, en jeans
desteñidos, Converse negras y camiseta de la Selección Nacional de Fútbol,
camina por la acera, frente a un edificio en construcción. Es camino obligado
para llegar a la parada de Metrobus. No le queda de otra.
—
Vaya papi, tú sí tas bueno.
—Psssssssssst… ¿tás bravo mi amor?
—Papacito hazme un hijo.
—To´eso es tuyo y na´ pa mí.
—Contigo hasta el metal, chichí.
Pero él ya está
acostumbrado. Es tan incómodo. Los piropos de las trabajadoras de la
construcción se recrudecen y Genaro aprieta el paso mientras agarra su mochila
con ambas manos en vez de llevarla al hombro. Es lo mismo todos los días. Juan
Carlos lo espera en la esquina y lo hace sentir un poco más seguro. Juntos
cruzan la calle por la línea de seguridad para ubicarse en la parada de bus,
rumbo a la Universidad. Ambos estudian Diseño Gráfico en la Facultad de
Arquitectura. Algún día tendrán carro y
no tendrán que aguantar los piropos indeseados en la calle.
—Chuleta,
Juanca, ayer me monté en un Uber porque iba tardísimo a la U, y la conductora
no dejaba de mirarme la entrepierna por el retrovisor. Me ofreció agua, pero me
dio miedo de que le hubiera puesto algo. Hay que ser muy desconfiado. Luego me
estuvo chateando y me mandó una foto de sus pechos, Manito, lo que uno se tiene
que aguantar…
Mientras esperan
en la parada ambos reciben un par de silbidos más desde los taxis amarillos al
otro lado de la calle. Mujeres de cuarenta y tantos les pitan para llamar la
atención. Ellos fingen que no se dan cuenta. En el edificio que se alza frente
a ellos, hay una publicidad de relojes con un modelo de torso desnudo con las
manos tras la espalda, como encadenado por hermosos Tissot y una leyenda
“Prisionero del tiempo”
—Ignóralos,
dice Juan Carlos, ya casi llega el Metrobus.
La
conductora se detiene y mientras los chicos pasan las tarjetas de cobro, la
mujer los escanea de arriba abajo, diciendo “Adelante mis reyes”. Luego grita
“Me le dan un asiento a este par de pastelitos, por favorrr” —.
Ambos
caminan hacia el interior del bus, e inmediatamente dos mujeres se ponen de pie
para cederles los asientos. Los chicos se sientan en hileras continuas, pero la
chica que le dio el puesto a Genaro se coloca frente a él haciendo que su
minifalda casi le roce la cara. Instintivamente, Genaro coloca su mochila entre
su cara y la pelvis de la muchacha. A Juan Carlos una abuelita le está babeando
el hombro en el puesto del otro lado del pasillo y a él le da un poco de lástima
quitarse. Es cosa de todos los días. Hay
que aprender a vivir con eso.
Durante
el trayecto Juan Carlos hojea un ejemplar de la Crítica que la señora que le
dio el puesto ha dejado sobre el asiento. La portada es “Se prendió el rancho:
mujer enciende la casa en donde su exnovio se ha mudado con los dos hijos de la
pareja”. “Nos están matando y nadie hace nada”, piensa el joven, mientras
asqueado ve un poster de Maluma semi desnudo y con un collar de perro en el
ombligo del periódico.
Cuando
piden parada en la estación de la Iglesia del Carmen tratan de bajar
rápidamente, pero Genaro no puede escapar de que la mujer que le cedió el
puesto “accidentalmente” le roce la espalda con sus pechos. Genaro suspira y
baja del bus. No tiene tiempo ni ganas de armar una escena. En la parada le da
la mano a un papá que sube con su bebé recién nacido envuelto en una sabanita
azul. Seguro es una niña.
—Adiós
bellezassssss, se despide la conductora del Metrobus, y continúa su monótono ir
y venir por la ciudad.
Juan Carlos y Genaro ni
siquiera se quejan. Nada sirve de nada. Solo pueden apresurarse a llegar a la
U. Allí los hombres están razonablemente a salvo. Pero eso es relativo.
Al
llegar al lobby de Arquitectura se encuentran a Rómulo y a Ricardo. Rómulo llora
desconsolado y Ricardo trata de calmarlo.
—“Ey
bro, cálmate, ¿qué pasa?” le pregunta Genaro. “¿Te podemos ayudar? —Cha, man, es la profesora Virginia
López. Me ha dicho que si me interesa pasar Dibujo Comercial, tengo que salir
con ella. Sabe que estoy quedao´.
—Áyala
bestia, fren. Qué problema. Pero chilea, ¿y si lo denuncias con la Decana? Ella
es bien buena gente. Es mamá de cinco hijos varones. Ella te va a entender.
—Bro,
para cuando eso se resuelva ya todos se van a haber graduado. Y yo por ahí
llorando como un pendejo. Qué va manito, yo mejor la repito el año que viene.
Porque esa doña ni es. ¡Vieja verde!, conmigo se va a joder—, contestó Rómulo
entre llanto. El suyo no era una ñañequería, era un llanto de impotencia y de
asco. De resignación. Del que sabe que es víctima de una injusticia y que se la
va a tener que aguantar.
—(Sollozo de Rómulo) Chucha, yo sabía esa vaina,
awebao, desde que entré al fokin salón. La doña me desvistió con la mirada. Una
descarada. Qué vaina más incómoda. Parecía que nunca había visto a un hombre en
su vida. —Rómulo se restriega la nariz con el antebrazo y se lleva la mano a la
frente. —¡Qué situación más cabreante!
—Bueno Rómulo, si ya decidiste que no vas a
hacer nada, tú tranquilo que esa materia no te va a parar ninguna otra. La
vuelves a matricular, y punto—, le dice Genaro alzando los hombros, como quién
dice ¡ni modo! —Tú, pa´lante, fren. A todos nos pasan esas cosas y aquí
estamos.
Ricardo
y Juan Carlos se van juntos a la cafetería, en donde los señores mayores con
redecillas en la cabeza y uniformes rosa pálido les sirven sendos platos de
salchichas guisadas con hojaldras y café. El clásico desayuno universitario. El
cajero les dice “Buenos días” con mucho respeto, recibe sus pagos en efectivo y
les da su vuelto. “Suerte muchachos” les dice al despedirse, con sonrisa
bonachona.
En
“La perspectiva”, la Cafetería de la Facultad de Arquitectura, hay varias
pantallas de televisión encendidas con diferentes canales que pasan las
noticias matutinas, de seis a nueve de la mañana. Las anfitrionas de los
programas visten sacos y pantalones holgados y disparan preguntas con sal y
pimienta a los invitados. Los periodistas que leen las noticias llevan camisas
de colores pasteles. En tiempo de
Mundial, también están pasando uno que otro partido desde Rusia tempranito. Las
comentaristas de deportes se extienden en sus apreciaciones sobre los partidos
de la fecha anterior, en la cual Panamá empató milagrosamente con Inglaterra, y
el golazo inesperado de Amanda “La Negrita” Jones, venciendo todos los
pronósticos de humillación indudable frente a la oncena de experimentadas
futbolistas de cabellos rubios y shoot
impresionante.
En la pantalla que
da a la salida, la periodista Alana Alvarado del canal 12, tiene una exclusiva
con la presidenta de la República, —que da muy pocas entrevistas en vivo—quien
está proponiendo dos perfiles de abogados sobresalientes como aspirantes a la
alta Magistratura de la Corte Suprema de Justicia. Maestrías en Harvard, amplia
trayectoria en fiscalías y tribunales. Federico Silvera y Juan Fernando
Palacios Arias. Trayectorias impecables, currículums sólidos e intachables. Dos
hombres que tendrían que ser ratificados por una Asamblea avasalladoramente
controlada por diputadas. La verdad sería refrescante que dos abogados puedan
llegar a esos puestos, pero va a tener que haber una negociación, la
gobernabilidad está en juego, pues el Ejecutivo ya intentó llenar esas
posiciones anteriormente con otros dos hombres y no hubo humo blanco. Las otras
siete magistradas son mujeres, por lo que la propuesta presidencial es muy
interesante desde el punto de vista de la paridad.
En
el canal 34, el Ministro de Desarrollo y Bienestar Social, Saúl Gómez
Landa—único hombre del Gabinete de la Presidenta Natalia Porras De Obaldía,
habla de la necesidad de ser más enérgicos a la hora de hacer que las madres
asuman el pago de las pensiones alimenticias de sus hijos a tiempo y aboga por
penas de cárcel y severos embargos hasta a los abuelos maternos de ser
necesario, para las mujeres que abandonen sus deberes maternales y no brinden
apoyo a los padres, que crían y cuidan de sus hijos, quedándose en casa cuando
es necesario. Al mismo tiempo, está proponiendo una ley que extienda la
licencia de paternidad por tres meses más al menos, pues es un hecho que el
recién nacido necesita del contacto con su padre durante los cruciales primeros
meses de vida, en una sociedad en la que la mujer devenga salarios más altos, y
es costumbre que vuelva a trabajar tan pronto se recupere del alumbramiento.
Juan
Carlos y Genaro, llevan sus bandejas a la pila de enseres sucios, toman sus
mochilas y van a clases.
La primera hora es de “Diseño
de Imagen y Marcas”, con la profesora Gretta Aramburú. Una eminencia en la
materia. Con una hermosa cabellera plateada, sus lentes de pasta y un traje
impecable, dirige la clase como si fuera una jefa militar. Los estudiantes la
respetan. Tiene unos 60 años y se ha ganado todos los premios que un Publicista
puede ganar en Centroamérica y el Caribe. Junto a Sonia Santamaría es la socia
fundadora de S & A Connection, la publicitaria más grande e influyente del
país. Es una costumbre que sus mejores estudiantes de cada semestre reciban la
oportunidad de hacer pasantías en su firma publicitaria hasta el final de sus
carreras. A Genaro y a Juan Carlos se les sale la baba por poder aspirar a uno
de esos puestos, pero es sumamente difícil para los chicos. En clase, solo las
mujeres llevan chance de participar y sobresalir. Les dan los mejores
proyectos, solo las chicas contestan cuando todos alzan la mano. Pareciera que
el hecho de ser hombre es una descalificación total para los codiciados puestos.
Alicia Chambers y Serena Ubianey parecen ser las favoritas de este año. Pero
los pelaos no se dan por vencidos y dan lo mejor de sí en cada clase, porque
soñar es gratis. Y eso no se los pueden quitar.
Antes
de salir de la Universidad le pregunta a Juan Carlos si le gustaría ir a
almorzar a su casa, pero Juan Carlos se excusa diciendo que tiene una cita más
tarde. Genaro le sonríe. Hace meses que su amigo anda en alguna vuelta
misteriosa, y no quiere soltar prenda sobre su amor clandestino.
Genaro vuelve a su casa
inspiradísimo. Poder dar clases con Gretta Aramburú, es de por sí una
bendición. En su casa, su padre lo espera con comida caliente. Su favorita.
Lasaña de vegetales en salsa bechamel, un beso en la mejilla y un fuerte
abrazo. Genaro padre es sastre y trabaja desde casa, mientras que su madre es
jueza primera del Circuito. La casa está impecable, don Genaro se esmera en los
detalles. Se ejercita diariamente y cuida de su alimentación de manera
rigurosa. Genaro advierte que su padre está usando sus lentes de contacto se ha
pintado las canas, que en la mañana cuando se despidieron presentaban algo de
crecimiento. A don Genaro le gusta vestir bien a la hora de cenar y que todo
sea perfecto cuando doña Elsa llega cansada y sin ánimo de nada. Que haya
cervezas frías. Que se sienta calor de hogar.
Genaro
y su padre conversan de todo y de nada. Genaro le cuenta a su padre que hoy no
ha visto a Alicia Chambers. No se la ha encontrado en ninguna de las clases que
tienen juntos, por lo que el día no fue tan bueno, pero que igual la clase de
la profesora Aramburú hizo que todo valiera la pena totalmente. ¡Qué mujer tan
inteligente! Su padre lo mira con cariño tocándose el cabello, le pregunta si
le gusta cómo le quedó el tinte. Genaro levanta el dedo pulgar, en señal de
aprobación, le dice que le encantan las flores del comedor que la comida estaba
deliciosa y se va a su cuarto para estudiar. Con Aramburú nunca se sabe. Quizás
algún día lo tome en cuenta y haga que su historia dé un giro.
Desde
el cuarto, Genaro escucha el teléfono. Parece que es Doña Elsa, para avisar a
su esposo que se va a tomar unas cervezas con compañeras del trabajo. Que no la
esperen despiertos. Genaro escucha a su padre despedirse con voz de desilusión.
Le dice a doña Elsa que lo despierte cuando llega para calentarle la lasaña.
Pero para ese entonces doña Elsa parece haber colgado el teléfono. Lo mismo de
siempre.
Genaro sale del cuarto y le
pregunta a su papá si se le antoja ver alguna película en Netflix. Don Genaro
sonríe agradecido por la compañía y la propuesta y corre a la cocina a enfriar
un par de cervezas y a hacer palomitas de maíz en el horno microondas. Mientras
camina hacia la salita de la televisión, piensa que Genarito es un buen pelao. Tan diferente de su Ana Patricia.
Su hija mayor, entra y sale de la casa como si fuera un hotel. Pura fiesta.
Tuvo un bebé a los 19 años con su novio José Pablo, quien obviamente tiene la
custodia de su niño y cuya pensión alimenticia tiene que pagar don Genaro,
porque doña Elsa no lo quiere ni ver. Ana Patricia, de 30 años no trabaja, no
se entiende de su hijo, no aporta nada a la casa de sus padres, y se la pasa de
fiesta. José Pablo está comprometido con una doctora que adora al niño y está a
punto de terminar su carrera de Derecho. Don Genaro sabe que una vez se case
José Pablo, ya no va a ver muy seguido a su nietecito .
Cuando
llevan como una hora de estar viendo la película, suena el celular de Don
Genaro.
—Contesta
tú—, le dice a Genarito.
—Sí,
papá— dice Genaro, y corre a buscarlo.
En la
pantalla sale el aviso de “Número desconocido”.
—¿Hablo
con el señor Sánchez? — dice una mujer al otro lado de la línea.
—Sí,
diga—, dijo Genaro con voz tranquila, para no molestar a su papá en caso de que
fuera alguien de telemarketing.
—Habla
la detective Solís, de la Policía Técnica Judicial. Lamento llamarlo para
informarle que la señora Elsa Sánchez ha sufrido un accidente y está grave en
la urgencia de la Especializada. Deben venir cuanto antes.
Genaro
cerró el teléfono y le dijo a su padre que tenían que salir inmediatamente.
Cuando llegaron a la Especializada, ya todo había acabado. Solo quedaba
reconocer el cuerpo de doña Elsa y el del joven de la edad de Genaro que iba
con él en el carro, saliendo de un hospedaje de pago por hora. Al salir a la
Transístmica, un camión cisterna de leche había arrastrado la Fortuner azul
marino de doña Elsa varios metros antes de detenerse. El muchacho había muerto
en el lugar del choque.
Cuando
Genaro reconoció a su amigo Juan Carlos en la camilla adyacente a la de su
madre en la morgue, con el cuerpo destrozado y la cara intacta, entendió la
actitud sospechosa de su mejor amigo. Se tapó la cara con las manos y se
permitió llorar a gritos. Su pana del alma y su madre. Y ahora ya no estarían
más. No le quedaba ni siquiera con quién enfadarse… No había a quién
reclamarle…
Don Genaro ni siquiera se dio por enterado.
Hay cosas que los esposos saben y callan. Y no permitiría que nada empañara la
memoria de su mujer, tan trabajadora y profesional, tan guapa y tan buena
madre. Genaro y su padre trataron de evitar hablar del tema y pidieron
discreción a la policía y a los padres de Juan Carlos. Guardaron todo en sus
corazones y siguieron viviendo. Don Genaro, en la calma sin tranquilidad de la
viudez y su hijo, sigue tratando de abrirse paso en una sociedad en la que a
los hombres aún les quedaban muchas conquistas por la tan ansiada igualdad. Así
lo habría querido su madre.