jueves, 8 de febrero de 2018

Doble moral (2000)

No sé si esto habrá sentado un precedente, ni a quién beneficiará esta medida, pero en lo personal creo que con ello todos los panameños perdimos un poco de libertad.
Al sancionar a los muchachos de La Cáscara, las autoridades administrativas están tratando de limpiar sus conciencias de las barbaridades que ellos mismos han alimentado con su sistema de gobierno, y cuyo producto es una juventud cada vez más desorientada.
Lo más triste de todo este asunto es que lo único que lograrán con su castigo es aumentar el raiting de dicho programa; pues creo que no soy la única que espero que salga la próxima edición para saber que inventarán estos muchachos en represalia a la medida del Ministerio de Gobierno y Justicia.
Y es que, según el criterio utilizado, las televisoras están llamadas simplemente a la quiebra ya que muchísimos de los programas transmitidos son una burla directa a los más elementales valores humanos, pero como son importados o están protagonizados por famosos artistas son pasados totalmente por alto.-
Me permito dar algunos ejemplos: Qué me dicen de la relación incestuosa de las ocho de la noche de todos los días entre Antonio y Camila Brando, por citar sólo una de la espeluznante cantidad de telenovelas de la localidad, o de los enlatados productos de Aaron Spelling, que incitan a la promiscuidad en series que no tienen ni un solo personaje positivo.  Y en este momento ni siquiera haré alusión a ciertos apartados de los tabloides nacionales, los cuales considero un insulto para cualquier persona (ni a los comerciales para la gente con “criterio” formado).
El hecho de que el lenguaje utilizado por los “cascarosos” no sea el más elevado, ni sus formatos los más ortodoxos, no los diferencia en nada de cualquier otro reportaje que sólo puede herir la moral de aquel que se vea directamente afectado, ya sea la comunidad gay, o los dueños y usuarios de los cuartos de alquiler por hora, o los maestros de los muchachos que no tienen ni idea de cuál es la fecha de la independencia de Panamá de España, temas que han sido abordados con relativa elegancia por muchos de nuestros comunicadores sociales.
El hecho de que el lenguaje utilizado por los “cascarosos” no sea el más elevado, ni sus formatos los más ortodoxos, no los diferencia en nada de cualquier otro reportaje que sólo puede herir la moral de aquel que se vea directamente afectado, ya sea la comunidad gay, o los dueños y usuarios de los cuartos de alquiler por hora, o los maestros de los muchachos que no tienen ni idea de cuál es la fecha de la independencia de Panamá de España, temas que han sido abordados con relativa elegancia por muchos de nuestros comunicadores sociales.
Obviamente todos los extremos son malos y quizás el lenguaje, o el horario y las advertencias de adecuación del programa a las edades, deben ser implementadas a nivel de toda la programación, pero cuántos de los que hoy se quejan sacaron a los niños del cuarto en el que toda la familia reunida miraba La Cáscara, puntualmente cada noche de Carnaval.
Todos los años para estas fechas salen a la palestra los paladines de la moralidad, pero entendamos que las vistas del Carnaval son el producto de los otros 361 días que la juventud, pasa en familia todo el año. ¿Cuándo fue la última vez que le regaló un libro a su hijo?  ¿Cuándo fue la última vez que revisó sus créditos universitarios? ¿Sabe usted cuál es el apellido del novio de su hija, si es que sabe que tiene novio?
No nos engañemos, estamos dejando escapar a la juventud y luego la estamos castigando por tomar medidas equivocadas.  Al castigar a este grupo de muchachos creativos simplemente estamos representando una faceta más “del panameño”, que tanto se ha popularizado en el ya citado programa: hemos estado tirando piedras y ahora escondemos la mano


Obviamente todos los extremos son malos y quizás el lenguaje, o el horario y l de adecuación del programa a las edades, deben ser implementadas a nivel de toda la programación, pero cuántos de los que hoy se quejan sacaron a los niños del cuarto en el que toda la familia reunida miraba La Cáscara, puntualmente cada noche de Carnaval.
Todos los años para estas fechas salen a la palestra los paladines de la moralidad, pero entendamos que las vistas del Carnaval son el producto de los otros 361 días que la juventud, pasa en familia todo el año. ¿Cuándo fue la última vez que le regaló un libro a su hijo?  ¿Cuándo fue la última vez que revisó sus créditos universitarios? ¿Sabe usted cuál es el apellido del novio de su hija, si es que sabe que tiene novio?
No nos engañemos, estamos dejando escapar a la juventud y luego la estamos castigando por tomar medidas equivocadas.  Al castigar a este grupo de muchachos creativos simplemente estamos representando una faceta más “del panameño”, que tanto se ha popularizado en el ya citado programa: hemos estado tirando piedras y ahora escondemos la mano.

Coco, o la importancia de contar tu propia historia


El que me conoce bien, sabe que no soporto las películas animadas. Cuando mis hijos ven cómicas en mi presencia, yo oprimo el botón de mute y simplemente los hago escuchar mi música favorita en el fondo. Es eso o no ven nada.

Dicho esto, les cuento que el 9 de enero, después de ir a la marcha y desayunar a las 2 de la tarde, decidimos llevar a Cutín a ver “Coco” al cine. Ya estaba yo decepcionada porque justo el día anterior fui a ver The last Jedi, y no pretendo decirles mi opinión sincera sobre la película.

Yo no esperaba nada de “Coco”. La misma gente que me dijo que “Up” daban ganas de llorar y que “Intensamente” es lo máximo, me recomendó esta nueva película de Pixar, que ya llevaba un Golden Globe sobre sus espaldas.

El resultado: No tengo palabras. No solamente adoré cada segundo de la película, sino que llevo once días pensando en el tema que más me conmovió de esta obra de arte. Pero de filosofía les hablaré más adelante. Ahora les hablo de lo obvio.

El trabajo de animación es impecable, exquisito si se quiere. El doblaje al español es apropiado, y una vez que esperas los créditos (así de buena es, te quedas hasta el final) te das cuenta de que las voces son de artistas del más alto nivel. Gael García Bernal hace la voz de Héctor, Marco Antonio Solís –el Buki— interpreta a Ernesto de la Cruz. Angélica Vale—que una vez vino a David para la Feria del Niño y el Juguete que organizaban los 20-30—es la voz de Mamá Imelda. La laureada Elena Poniatowska, autora de uno de mis libros periodísticos favoritos (La noche de Tlatelolco) interpreta a la abuelita Coco. Una belleza de inclusión de nuestros “ancianos de la tribu” en los nuevos métodos de difusión de historias. El inmortal Xavier López “Chabelo” es el oficial de la aduana entre nuestro mundo y el mundo de los muertos. La siempre espectacular Ofelia Medina hace la voz de Frida Kahlo. En fin, Héctor Bonilla hace la voz de los tíos gemelos ¡hasta César Costa, de la Carabina de Ambrosio hace voces en este clásico automático de la historia de la animación!

El score, o banda sonora de la película, es adecuado, las canciones memorables. Me atrevo a pensar que pasarán inmediatamente al ideario infantil de esta generación. La música es un personaje principal. Es la causa, el motor y el fin. Literalmente.

Como dije antes, hay una idea que no me deja de dar vueltas desde esa tarde de Matinée. Ya había escuchado esta idea en la famosa charla TED de Chimamanda Ngozi Adichie, la cual deben ver en caso de que no les suene a nada. Me permito citarla, pues en verdad pienso que su charla es muy poderosa. “Yo escribí la clase de  historias que yo leía: Todos mis personajes eran blancos de ojos azules, jugaban en la nieve y comían manzanas, conversaban sobre el clima y lo agradable que era que el sol hubiera salido. Yo escribía así a pesar del hecho de que vivía en Nigeria y nunca había salido de allí. No teníamos nieve, comíamos mangos y jamás hablábamos del clima, porque no había necesidad”.

Automáticamente me hizo click una idea, que si bien no es original, me parece oportuno debatir. Hasta cuándo los que no somos caucásicos tenemos que implorar migajas en el mundo de la imaginación o en la cultura pop mundial. Coco es un hermoso legado para todos los niños latinos, ni hablar de los mexicanos. La globalización no es que Serling K. Brown haga el papel de Thor, o que Lisbeth Salander se mueva en silla de ruedas. Estoy convencida que si contamos nuestras propias historias y confiamos en nuestras voces, en nuestra música y en nuestros recuerdos, los resultados serían tan espectaculares como los de Coco. La globalización entonces será la universalidad de nuestra humanidad. Inclusión no es hacer un refrito de Friends con solo mujeres, o latinos, hindúes o personas en sillas de ruedas. Uno solo es minoría respecto a la situación geográfica, pero la cultura “blanca” por ponerle algún nombre, no es mayoría en el planeta. Creo en las historias bien contadas. Coco ha apostado por una historia nueva y fresca para todos, contada desde el lugar común de los mexicanos. A creer en nuestros cuentos.  No dejemos que lo políticamente correcto acabe con la emoción de la historia original.

Tan confabulada quedé con la hermosa película que estoy a punto de quemar mi “novela” de viaje en el tiempo y en su lugar, contarles la historia de mi mes en la sala de maternidad de la Especializada. Las cosas que vi. La noche que una paloma entró volando a mi cuarto. El episodio de la chica embarazada que desde mi cuarto veía cómo se quemaba su casa detrás del Artes y Oficios. De cómo el jefe de Ginecología me contaba de sus vueltas con Torrijos por comunidades en el fin del mundo.

El único modo de preservar nuestra cultura es contándola. Teniendo fe en nuestras historias. No renunciando a los sueños. Somos lo que somos, sin vergüenza ni complejos, y cuando abrazamos nuestra historia abrimos la puerta al mundo para que sepa que existimos.

Yo no pierdo la esperanza de que Cien años de soledad caiga en manos de Netflix, y pronto gocemos de la adaptación de la historia de los Buendía con la misma calidad de Juego de Tronos.

Tan solo es una idea.

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