sábado, 22 de noviembre de 2008

Por dentro

Iguales y diversas
Entramos y salimos.
Las mismas y otras
Avergonzada y orgullosa.
Inspiración y pesadilla
tus demonios, tus hadas y tu angustia
prefiriendo ser, mas no estar
en la piel y en la vida y en el tiempo

Ni te esfuerces, ni te canses, ni te escapes.
La santa, la ardiente, la buena y la pecadora
Y aunque nos separes
Juntas.

Azul

Azul como el verano
Azul y de melancolía
Lejos, cerca, pero dentro
Tú bien sabes donde estas

Azul y fluyes mientras lloro
Azul del color del recuerdo
Azul cuando teníamos miedo
Miedo azul y de testigo el cielo

Separados por azul y tierra
Azul es la decisión y azul la pena
Yo no fui azul, pero quise serlo,
Y tu fuiste azul aunque no quisieras.

El frío es azul como mis manos
Y frío también nuestro silencio
Azul y de melancolía
Lejos, cerca pero siempre dentro.

Versos marinos

31 de octubre de 2000

Dime donde hay otro mar que sea tranquilo como el tuyo
Y que esté lleno de sal
que deshidrate este amor
Que a fuerza de navegar por la costa
Se consumió antes de la tormenta.
Qué esperar para dejar de escuchar
A mis olas arañado tu puerta
Si mi espuma ya no te sabe inspirar
Qué esperas para dejar de luchar
Si solté tu ancla antes de salir al mar

El sol quemó los tejidos de mi alma
Y los rayos oscurecieron tu claridad
Vuelve a tu isla encantada de la que nunca te quisiste alejar
Y devuélveme a mí la libertad

Finitud

Pienso y te adivino todo
El amor es más fugaz que los besos
El recuerdo supervive al deseo
Que te entienda, que no llore por lo nuestro
Y que crea en un ayer que ha muerto.

2 de Enero de 2001

Lo único auténtico son tus ojos
Y mi temor de no verme en ellos
Sin el negro sideral de tus cabellos
Sin tu esencia que se derrama en mi piel


Peticiones

No quiero que me jures un mañana
Odiaría que no cumplieras tus promesas
Las palabras son fugaces, traicioneras
Olvida ya el futuro, se mío hoy

Deja que caiga el sol entre la bruma
Deja escapar sus rayos por el mar
Dame solo la luna de esta noche
Dame solo una estrella se mío ya

Toma toda mi vida en un segundo
Piérdete entre los pliegues de mi amor
Quítame cada aliento sin pensarlo
No ves que pasa el tiempo? Por favor...

No ves que la esperanza se evapora
Sabes acaso cuánto te quise ayer?
Todo puede ser nada ente tus ojos
Yo puedo ser ajena, tómame…
Puedo ser una lágrima que brota
Puedo ser espina, o diablo o qué sé yo?
Puede que un día te canses de buscarme
Entonces di, qué esperas? Ven a mí hoy

Mira que ya se marchan las horas
Notas cómo se pierden frente a ti?
Jamás te amaré tanto como ahora
Y sólo ahora seré tuya, se mío al fin.

6-9-94

sábado, 15 de noviembre de 2008


Mis lágrimas hoy no son de tristeza Don Carlos Iván, sino de una gran emoción: la de haber tenido el privilegio de admirar en usted la belleza de la inteligencia, la sabiduría y la sencillez. No todos los días se conoce a un caballero.

Conocer a un caballero

En memoria de Don Carlos Iván Zúñiga

La verdad es que no estoy segura de cuándo comencé a admirar a este gran señor, pero lo más curioso es que estoy segura que no fue por el contenido de sus artículos o su trayectoria académica, sino por la certeza de que en su presencia estaba frente a un hombre íntegro.La primera vez que recuerdo haber escuchado de Don Carlos Iván, fue cuando él y Doña Sydia gentilmente permitieron a mi abuelita llevarme a su hermosa finca de Boquete, que colinda con la finca de mis abuelos. Él y su esposa permitieron que "las hadas prepararan un té para unas chiquillas de 12 años". Siempre que conducía su 4x4 rumbo a su casa, por la pedregosa carretera de Jaramillo Arriba, nos enviaba un saludo campechano, pitando y sonriendo. Adoraba Chiriquí. Ese es el hombre que siempre recordaré.
Conversé con Don Carlos Iván sobre cultura, recuerdos, planes, sueños e historia. Era simplemente una experiencia que intentaba saborear al máximo en cada oportunidad. Sus anécdotas, su riqueza humana, su paciencia, su humildad, su memoria privilegiada y su nostalgia por otros tiempos. Uno sabía que estaba frente a un gigante. ¡Si la gente supiera las cosas lindas que se quedaron en el tintero del Doctor! Muchos hablarán del intelectual, del maestro, del genio. Yo no soy la persona autorizada para un análisis tan ambicioso. Con vergüenza confieso que no conozco a fondo la producción intelectual del Doctor Carlos Iván Zúñiga Guardia—aunque mi padre siempre se aseguró de que yo leyera en las páginas de Opinión de La Prensa, aquellos artículos que le parecían imprescindibles para cualquier panameño. Lamentablemente nunca fui su alumna; cuando llegué a la Facultad de Derecho, él ya era una leyenda.
Creo que la vida del Doctor Zúñiga fue un reflejo de su pensamiento. Sus convicciones valieron la pena: su existencia entera fue un poema de amor a la patria. Su amor por la familia, en tiempos en los que los valores ya no importan. Su esfuerzo por hacer de este un mejor país. Verlo caminar de la mano de Doña Sydia. Recordar sus ojos tranquilos al escuchar con ilusión de enamorado los versos que le dedicaba su esposa, las canciones de sus nietos, las huellas de una vida vivida como debe ser… Son cosas que en su momento, me hicieron creer que el mundo puede ser mejor.
Mis lágrimas hoy no son de tristeza Don Carlos Iván, sino de una gran emoción: la de haber tenido el privilegio de admirar en usted la belleza de la inteligencia, la sabiduría y la sencillez. No todos los días se conoce a un caballero.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Buena letra

No había perdedero, era una dirección muy fácil. Y eso que yo soy manso plomo con las direcciones Una calle sin salida. Un duplex de verjas rojas y paredes verdes. En Las Colinas de San Francisco. Sillones de terciopelo amarillo mostaza, patas y brazos de madera. Cada cosa de la casa descansaba sobre un tapetito tejido, de un color medio blanco y medio sucio. Muchas fotos de jóvenes, niños, bebés muchachas. Supongo que todos serán familiares. Una terracita medio fresca con las paredes llenas de balconcitos de cerámica pintados en colores chillones. El teléfono sobre el directorio de hace 4 años. Había ido ya varias veces, así que me sabía la sala de memoria.
Al anciano calígrafo le temblaban las manos, pero no la lengua. A esa edad ya le tenían que estar fallando un par de sistemas. Hablaba como si no hubiera mañana. Quizás para él no lo habría. ¡Y tantas cosas que tenía yo que hacer! Se veía que su familia no le conversaba mucho, pues cada vez que iba a ordenar una nueva invitación, me daba largas. Pero ya nadie hacía ese tipo de trabajo. Me había contado que una vez le había escrito todo el juego de invitaciones a un Bar Mitzva con los caracteres hebreos. Que los hijos del dictador en persona, habían pasado por su casa para que él les hiciera las carátulas de las invitaciones de boda.
–¡Ay hija, yo tengo muchos cuentos! He visto bodas desbaratarse –en el último momento. He hecho falsificaciones de diplomas e idoneidades para políticos.
¡Qué pereza! Pero había que aguantárselo, porque parecía ser el único que hacía ese tipo de trabajo en la ciudad. En verdad que parecía un hombre bueno, pero muy solo.
–Los novios vuelven varias veces, porque los invitados van confirmando las invitaciones y se les van abriendo espacios para invitar más gente. También he visto suegras tomar el timón del barco y encargarse de todas maneras de las bodas a pesar de los gritos de la novia. He visto al organizador de las bodas venir aquí y dejarme todo el piso lleno de plumas.
Yo miraba hacia el pesado segundero del reloj de pared y los horribles cuadros de las paredes. Tenía apuro y el viejo inspirado con el bochinche.
–Pero ya la gente no paga por este trabajo, usted verá. Es que ahora todo lo hacen por computadora, pero las cosas ya no se hacen con cariño. Yo sólo cobro 30 centavos por sobre. Ya ni veo. Se me han gastado tanto los ojos...pero, ¿sabe una cosa?, usted me parece muy familiar, ¿será que la conozco de algún lado?
Pero su trabajo era exquisito. Sus lamparitas, sus plumas, sus tintas de colores. El cerro de listas de invitados que estaban debajo de la mía. Primero trazaba líneas rectas a lápiz y al final cuando la tinta se secaba las borraba con cuidadito. El tipo era un artista.
–Uff, si la gente es Doctor y se le pone Señor se ofenden. Acabo de tener que cambiar un montón de sobres que decían Honorable Legislador, y ahora se llaman Honorable Diputado. Doble gasto para la pobre muchacha. Pero con tanto invitado fino capaz y tiene mucha plata.
Mi mamá me había armado una pataleta porque quería que le invitara a unas primas, pues hay que mantener a la familia unida y bla, bla, bla. Mi papá quería invitar a unos amigos del barrio de cuando él era pobre y vendía empanadas en las esquinas. ¡Joder!, esto de la boda se había convertido en un dolor de cabeza. La verdad es que mejor me hubiera escapado con mi prometido. Total, ya estábamos grandecitos.
–Pero niña desde hace días había querido preguntarle, pero es que no la saco. Ayúdeme. ¿De dónde la conozco?
No me quedaba otra que hacerme la loca. Quería agarrar mis sobres y darme a la fuga. Si el calígrafo se llegaba a acordar de que ya yo había ido en tres ocasiones anteriores a pedirle sus servicios con tres novios diferentes, con tres listas de invitados, seguramente me iba a querer preguntar por qué se había cancelado cada matrimonio. Y la verdad no estoy de humor para echar esos cuentos.
Leído en el Café Literario de Elhacedor.org, 14 de noviembre, 2008

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Como no era en un principio

—No te vayas. No por favor. Mira esto que soy. No te vayas.
Descalza, sentada en los escalones de la entrada. Con una camiseta muy grande y muy lavada. En la casa que era de los dos. Hacía un frío seco y el sol brillaba sin necesidad.
—No te vayas.—
Pero él ya no la escuchaba y ella no tenía ya fuerzas para hacerse escuchar.
La gaveta con su olor a alcanfor y jabón de Castilla. Sus libros, sus CD, sus DVD sobre los mejores goles de la selección Argentina. Su vida. No era un mal sueño. Estaba pasando y le estaba pasando a ella.
El click-click de los seguros de la maleta se deshacía entre las inspiraciones de Lara. Todo había sido tan rápido. La decisión. Los ruegos. Así suena el final del amor. Y se le derramaba otra lágrima. Y se sentía con los ojos tristes.
...Recuerdas cuando me cantabas con tu guitarra...Dust in the wind...yo creí que sería para siempre...eras lo que yo necesitaba. Y te me estás acabando. Tus ojos felices.
No se estaban tirando los platos. No se estaban insultando. Él había sido lo suficientemente hombre para decírselo a la cara. Nada lo haría cambiar su decisión. Así se deciden las vidas de la gente.
...No iba a poder seguir adelante sola...a dónde iré sin recordarte...déjame abrazarte de nuevo...
Ya había agotado todo lo que se sabía. Lágrimas, resignación, indiferencia. Y sabía que no podía hacer nada. Todos buscamos el amor y al encontrarlo o pensar que lo encontramos no nos queda otra que dejarlo pasar o hacer lo que sea para retenerlo. Y Lara había vuelto a confiar y a soñar y a dejarse querer. Y otra vez se había fundido en él. Y él estaba empacando sus pocas cosas. No le iba a dejar nada, aunque ella se quedara con todo. Y no iba a volver.
Quieres morir a la realidad de los hombres como si fuera despreciable todo lo que no es divino y tu testamento para mi es este corazón desgarrado. Mírame y piénsalo de nuevo.
No hubo frases hechas, ni excusas patéticas. Si hubiera sido otra mujer. Hasta si hubiera sido un hombre. Hijos ilegítimos o una esposa oculta. Quizás ella lo habría aceptado mejor. Quizás habría luchado. Ojalá y hubiera tenido algún motivo para detenerlo. Si él hubiera hecho algo por lo cual odiarlo quizás sería más fácil. Pero era un hombre bueno. No perfecto, pero bueno.
El primer beso. La primera película que vieron juntos. Los proyectos y los sueños. Todo lo que hice por apartarte de la novia aquella. El viaje a la playa. El jardín de las delicias. El Arno en primavera. Tus e-mails firmados con un pseudónimo. La botella de vino barato un domingo en la noche.
—Tan sólo escúchame. Te lo ruego. No te vayas. Mira lo que has hecho de mí.

Hacen 7 años ya que Francisco entró al seminario. Hoy es su ordenación Lara aún se sienta en los escalones de su puerta mirando a la nada, pensando que en algún lugar, un pequeño nunca recordará los besos que sus padres no le dieron.
Cuento ganador del concurso Cultura Sur, Publicado en el libro Entre Mágina y Macondo, 2008

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