viernes, 21 de junio de 2013

CARLOS ELÍAS ECHEVERRÍA BOUCHE: Dios hace todas las cosas nuevas (Entrevista)


El padre Carlos está de paso por ciudad de Panamá. Ha venido desde Perú a darles la bendición a sus padres, Carlos Echeverría y Mariela Bouche de Echeverría, por sus 40 años de aniversario. Con menos de dos semanas para estar en su casa, me ha tocado colarme en su última tarde antes de partir de vuelta El Callao, Lima. Llego unos 5 minutos antes de lo pactado. Desde la sala se ve una hermosa estampa de la ciudad. Me recibe con un vaso de agua fría y mientras espero que esté listo, escucho la moledora de café desde la cocina, que precede a una amena charla, pues como ya me ha dicho “Soy cafetero”.

P4: Un recuerdo de infancia en Chiriquí.

CE: “Puerto Armuelles” asegura con fuerza, sin dejarme terminar de hacer la pregunta. “Mi Puerto, querido. Lo recuerdo con tanto cariño. Su vegetación. Andar en bicicleta. Vivir una vida libre, sana y alegre, ir a la escuela a pie.”

P4: Tu madre es chiricana. Eres chiricano por derecho de sangre. ¿Tú te sientes chiricano?
CE: Muchas veces sí. He deseado irme a vivir a Chiriquí, especialmente a David, pues fue el lugar donde mis abuelos han vivido, donde pasaba mis vacaciones (un mes al año). La tierra acogedora de mis recuerdos. Allí aún se puede sentir la naturaleza y convivir con ella. Tardes de paseo en el parque de Cervantes, la brisa, el sonido de las hojas chocándose. Comer un raspao. Ir a misa el domingo a la Sagrada Familia. Mi abuelo me pagaba una limpiada de zapatos en el  parque.  Recuerdo los paseos a Pedregal, paupérrimo puerto, pero olía a mar, a estero, junto con el aceite y gasolina de los barcos y barcazas que atracaban. El paseo al aeropuerto era de ley. El pan de la Castellana. Los paseos a Concepción. Los rollos enmielados. Los duros. Iba mucho a ver la montaña en Volcán y Boquete. Ver los ríos, las rocas volcánicas enormes. El deseo de volver a David a la casa de mis abuelos, en compañía de mis primos. Esto ha sucedido todos los años hasta el año pasado. Programaba mis viajes para aprovechar la feria.

P4: ¿Tuviste alguna novia?
CE: Sí. En mi vida he tenido dos novias y he pretendido a algunas más. Mi primera enamorada fue chiricana, y el escenario fue precisamente la Feria de David. Tenía alrededor de 17 años. Por asuntos de trabajo de mi papá nos trasladamos a Canadá y allá tuve un noviazgo breve. Luego estuve en Guatemala estudiando arqueología y allá tuve otra novia. Parecía algo serio, pero por distintas razones, no “cuajó”. El padre Carlos mira hacia la ciudad con un dejo de melancolía.

P4: ¿Sentiste el llamado a la vocación sacerdotal desde pequeño?
CE: Creo que se fraguó en mí desde temprana edad. Fue como una constante en mi vida. A los 15 años en un Encuentro de Jóvenes en 1989 en el gimnasio del Colegio María Inmaculada de la Justo Arosemena. Me quise meter de una vez al seminario, pero se me pidió que esperara. El segundo momento fue en la peregrinación a Denver, en la cual me resistí, pero sentí fuertemente que Dios me llamaba. Con lágrimas en mis ojos y con mucho sentimiento de haberme resistido pero con mucha alegría por haberle dicho que sí. Luego se me invitó a una convivencia y me volví a resistir. En 1995 en la Jornada Mundial de la Juventud en Loreto, Italia, en un diálogo muy íntimo con Dios le dije “Sí, pero no me hagas esperar. Si me haces esperar, seguiré tus caminos, seguiré siendo fiel, pero al sacerdocio ya no aspiraré”
Fue un forcejeo muy grande. Pero Dios venció con mucho amor y ternura. Fui enviado a El Salvador y al mes quería regresar a mi vida de estudiante. Dios fue paciente. Muy paciente, y mis formadores también. Así pasaron los años, unos mejores, unos peores, unos fáciles, otros más difíciles. Al final canto con el profeta “me has seducido Señor y me dejé seducir”. Dios me enamoró. Veo el infinito amor de Dios ante mis pecados. Mi misión como sacerdote adquiere sentido. Somos los bien llamados hombres de la misericordia. Yo no puedo dar misericordia si no la vivo.

P4: ¿Tus padres siempre te apoyaron, o en algún momento se opusieron?
CE: Jamás. Nunca hubo ninguno de los dos extremos. Como tampoco lo hubo cuando cursé mis carreras universitarias civiles. Estudié Historia, Arqueología. Y allí donde los demás trataban de convencerme de algo diferente, ellos siempre me apoyaron. En este camino hacia el sacerdocio lo más grande que me inculcaron mis padres fue comportarme como hombre responsable. Luego del primer año del seminario, yo no quería regresar. Mi padre me dijo que su interés no era que fuera sacerdote o me casara, sino que fuera un hombre coherente. “Si entraste responsablemente, sal responsablemente. Tienes que ir allá y dar la cara”. La realidad es que, hoy estoy ordenado.

P4: Después de que diste el “sí” ¿has dudado de la voluntad de Dios en tu vida?
CE: El sí definitivo lo di 3 o 4 meses antes de ser ordenado. Después de eso no he dudado de la voluntad de Dios.

P4: ¿Te has sentido perseguido por tu fe? ¿Cuál ha sido el momento más difícil de tu carrera?
CE: Perseguido, no. Quizás he vivido muy protegido por Dios mismo. Siempre dentro del recinto de la Iglesia. Muy querido por la gente. Sí he tenido momentos muy difíciles en mi vida sacerdotal. Aunque hoy lo agradezco, recuerdo hoy el segundo año de la Licenciatura en Derecho Canónico, en Roma, y el primer año de estudio en Doctorado en Derecho Canónico. Fueron tiempo muy duros. Mucho sufrimiento, problemas. En ese sentido no me siento ni inferior ni superior a nadie. Todo el mundo sufre. Pero el que tiene a Cristo sufre de manera diferente de aquel que lo tiene. Cuando tienes a Cristo todo cobra sentido. Sabemos que ese sufrimiento es solo temporal. La vida no es luchar para quitarte el sufrimiento, sino para vivir con los sufrimientos. Vivir para los ídolos, pecar es gastar energías en arriesgar nuestra salvación. Vivir en función del Cielo es lo único en lo que vale la pena esforzarse.

P4: ¿Cómo es la economía personal de un sacerdote? ¿Tiene tarjetas de crédito, chequera, efectivo, ahorros?
CE: El sacerdote hace promesa de pobreza. La pobreza es tener de lo bueno uno o dos, no veinte. Vivir pobre no es vivir indignamente. Tengo un estipendio fijo para solventar gastos muy personales. Objetos de uso personal y algún gusto esporádico. Mi conciencia me dicta que debo dar algo de esto a los pobres.  En el mundo se pagan salarios, pero todos somos conscientes de que lo que se nos paga no corresponde al esfuerzo y el dinero no cubre todo el sacrificio laboral que uno hace. Si en el mundo se paga mal el trabajo, en la Iglesia es mucho más impagable el trabajo. Mi trabajo va más allá del horario de oficina. El único que realmente me paga, es Dios. Dios suscita personas que me quieran y que tengan atenciones conmigo. Dios suple las necesidades. Ha habido de todo. No hay regla que prohíba el uso de los servicios bancarios al sacerdote. Los tiempos te exigen la utilización de estos medios. Pero el sacerdote tiene que saber utilizar estas herramientas. Nuestra misión no es generar dinero.

P4: ¿Cuántos tipos de sacerdocio hay? ¿Tienen “profesiones” diferentes dentro de la carrera del sacerdocio?
CE: El sacerdocio no es una carrera. Hay un solo sacerdocio: el de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote. Partiendo de este pensamiento, el Concilio Vaticano II ha desarrollado una nueva línea, que quienes reciben el ministerio del orden, no se les llame sacerdotes sino presbíteros (del griego anciano) pues participamos de la sabiduría del ministerio de Cristo.
La Iglesia le da misiones al ministro ordenado. Hay misiones de pastoral en la parroquia que es a lo que estamos acostumbrados, pero también hay cancilleres, vicarios episcopales de educación, entre otros. Hay mucho trabajo de oficina. De allí que no todos celebren la misma cantidad de misas y realicen la misma cantidad de confesiones.

P4: A qué te dedicas exactamente?
CE: Actualmente soy vicerrector de la Facultad de Teología Redemptoris Mater del Callao. Mi función fundamental es suplir al Rector. Ayudar en las funciones de gobierno. Además soy docente. Casualmente inicio un curso sobre los discursos de Juan Pablo II y Benedicto XVI a la Rota Romana, tribunal de la Iglesia que juzga en segundo grado. Ayudo al Obispo en el gobierno de la Diócesis del Callao, y me ha nombrado Vicecanciller de la Curia Diocesana. El Canciller cuida el archivo del obispado y es el notario de la Curia. Dentro de la Iglesia, mi título de Licenciado y Doctor en Derecho Canónico, por la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma) me permite ser “abogado” (juez, juez instructor, notario, abogado, promotor de justicia, defensor del vínculo entre otras funciones).

P4: ¿Qué es lo más fácil de tu profesión? ¿Lo más difícil?
Lo más difícil es ser constante en la oración. Y estoy convencido  que la fuente de la alegría del presbítero es la oración. Es donde peleo mi mayor combate todos los días. Lo más fácil es estar con la gente, lo cual es muy positivo, siempre que la oración íntima con Dios esté en el fondo. Si no, estamos perdidos. Sólo con la oración tendré éxito, el cual se mide en la historia total, no en un momento congelado de la vida del hombre.
P4: Si pudieras invitar a una cena a cualquier persona, del presente o del pasado de la historia universal, ¿quiénes serían y qué les servirías para la ocasión?
CE: A mi maestra de italiano, a la maestra de español de sexto grado. A mi catequista canadiense, Isidoro. A Ricardo, Javier y Jesús, sacerdotes amigos que han estado conmigo en las buenas y en las malas. Serviría un excelente vino, que me encanta. Mi ron favorito, Zacapa. Mi principio es que lo que es bueno para mí es bueno para los demás. Así que serviría una entrada de fiambres y quesos, un buen filete de carne según el gusto de cada uno, un buen puré de papa majado a mano como lo hace mi mamá. Una ensalada fresca, lechuga, berro, espinaca, apio y zanahoria. Aderezo a base de vinagre, aceite de oliva, limón sal y un poco de pimienta. Yo cocinaría. De postre tres leches de chirimoya. Cerraría con café, me tomo hasta 4 diarios. Dulce de marañón, papaya, pesá de nance.

P4: ¿Practicas deportes?
CE: Sólo camino. Por salud física y mental.

P4: ¿Qué haces en tus ratos libres?
CE: Me gusta mucho leer. Novelas profanas, me encanta Ken Follet, vidas de los santos, Jesús Sánchez Adalid, César Vidal. Amar, vivir y aprender de Leo Buscaglia.  

P4: ¿Te gusta la música, que clase?
CE: Salsa sobre todo. Música latina en general, ante todo. Escucho soul, rock de los ochenta. Música clásica. Cuando voy en el carro, cuando trabajo, siempre tengo música encendida.

P4: ¿Qué libros hay en tu mesa de noche?
CE: La imitación de Cristo de Tomás de Kempis, Los estigmas de la fe del padre Pío, Caminos de San José María Escrivá de Balaguer. La Biblia es mi libro de trabajo. Con ella preparo la misa, medito, hago oración.

P4: ¿Qué te parece el nuevo papa?
CE: Me parece un hombre sumamente cercano al pueblo. Está ofreciendo de algún modo u otro un camino de la Iglesia-Institución al pueblo. Con sus gestos y personalidad parece querer acercar la institución al hombre. Me sorprende que hayan elegido a un Papa latino. Conozco mi idiosincrasia de latino, he vivido en Latinoamérica. Nuestra particularidad es el desorden, la inconstancia, cosas que considero debilidades. Pero tenemos capacidad de adaptarnos, crecer, somos amables, alegres, tenemos sabor. Quizás no le hemos sabido sacar partido a estas cosas. Nuestro nivel de autoestima es bajo. Mediante esta elección, Dios me puede estar enseñando otra cosa. Quizás con este Papa, la percepción sobre el latino cambie. Es un gran reto. Oremos por él. Que el Señor le conceda sabiduría, discernimiento y luz.


P4: Tu cita bíblica de batalla:

CE: Apocalipsis 21, 5 “Todo lo hago nuevo.” Me llena de esperanza, cuando me veo a mí mismo y cuando pienso en cambiar cualquier cosa que hice. O cuando soy consciente de realidades sociales donde las personas sufrimos. En Cristo todo es nuevo. Siempre hay la esperanza de que este status  cambiará. Mi esperanza es cambiar yo mismo, antes de cambiar la situación social. Critico el desorden político y económico en mi país, pero me he dado cuenta que si en mí interiormente no hay orden, no puedo exigir orden afuera. Dios me ofrece la oportunidad de ser distinto cada día. Cada día mejor.

miércoles, 12 de junio de 2013

Sobre el dolor...

Nadie quiere sufrir. Al menos nadie normal quiere sufrir. Nadie normal que yo conozca quiere sufrir. Esa es la gran tendencia de un mundo en el que todo sucede al mismo tiempo.
Si algo me ha tocado aprender en esta vida es que nada de lo que hagamos, nos garantiza inmunidad al sufrimiento. No hay salidas, ni escapatorias. El sufrimiento es el “chance casado” de la vida. Es el precio que se paga. Pero hay gente que avanza tratando de “torear” cualquier tipo de dolor. Gente que piensa en cero drama. Que salen huyendo de las malas vibras y dejan de jugarse la vida por estar a salvo. Lamento decepcionarlos: Es por gusto.
Enfermedades, desamor, olvido, complejos, falta de control (para aquellos que quieren tenerlo todo en orden todo el tiempo), vejez, engaños, falta de dinero, muerte, drogas, desastres naturales, injusticia pónganle el nombre que quieran, el sufrimiento nos sorprende en cada esquina de la vida esperando agazapado para destruir nuestra proyección perfecta, nuestros castillos en el aire y nuestra fijación por vivir al máximo.  Ante toda una manga de sufrimientos, hemos inventado un mercado anti-tristeza: el divorcio, el botox, la cirugía plástica, el control de la natalidad, el culto al dinero, el hacer lo que sea por dinero, las tarjetas de crédito, los gadgets, la vida virtual, el carro último modelo que no puedes pagar, el exceso de cosas que te distraigan hasta que realmente no sientas o no te importe nada. Hasta que te vuelvas insensible y bloquees el dolor. Hasta entumecer el alma. Hasta vivir en automático y que “nada te robe la calma”.
Y esto lamentablemente sólo tiene un nombre: egoísmo, un estilo de vida que al final, te dejará solo…y sufriendo.
Y no me lo tomen a mal, no  escribo esta columna para terceros. La escribo para mí misma. Para cuando dan ganas de salir huyendo. Para cuando creo que no me merezco padecer dolor porque he sido buena gente. Para esos momentos en los que se me salen un par de lágrimas. Para no olvidar que si no fuera por el sufrimiento, no estaría en posición de disfrutar las pequeñas bendiciones del día. Como dice la canción de Goo Goo Dolls  “Así que sangras, para saber que estás vivo”.
Más vale que estemos preparados. No podemos escapar por siempre. No podemos seguir huyendo. Quizás en esa huida estamos perdiendo la oportunidad de ser gente de carácter, de aprender lecciones o de redimir nuestras faltas.
Uno de mis profesores de escritura creativa me dijo una vez con lástima y luego de leer algunos de mis cuentos: “A ti te falta sufrir”. Seguro que porque mi pluma era muy desenfadada, muy alegre o muy optimista. A ti Harry Jackson, te tengo una noticia: ya fui y volví del sufrimiento, y mi pluma sigue siendo ligera, sigo queriendo hacer sonreír a la gente y sigo creyendo en los finales felices, o tristes o agridulces. Ante el desastre lo único sobre lo que realmente tendrás control es en cómo haces limonada de los limones que te han caído del cielo. Es cuestión de actitud. Es cuestión de atreverse a vivir, con todo lo que ese reto implica.
Como cualquier persona, temo al sufrimiento, al dolor y a lo incierto. Pero es allí donde la vida se esmera en sorprenderme. Y me da revancha. Y me hace quien soy.

Instrucciones para invitarme a comer


A Cortázar, a quien no entiendo. Y a todo el que ha tenido la mala experiencia de invitarme a comer

Debes saber que estoy entrenada para hacer lo que me da la gana. Soy de las que dejaba la comida en la mesa y se iba a preparar un emparedado de jamón y queso. Y nadie me castigó por eso. Así que en primera instancia la culpa es de mis padres.
Luego está el nombre de las comidas. Si me suena extraño, disonante o desagradable, lo más probable es que ni siquiera le daré al plato el beneficio de la duda. No como lengua, ni patitas, ni molleja, ni pescuezo, ni sesos, ni corazón. Nada raro allí, pues hay mucha gente que no opta por lo no convencional. Hígado, bofe frito o mondongo con chorizo y garbanzos, bien hecho, siempre serán bienvenidos.
Ni se te ocurra presentarme un pescado entero al que se le vean los ojos. Mejor córtale la cabeza.
Si el platillo es criollo y tiene sobredosis de salsa de tomate, no dudaré en alejarlo de mí. Así de simple.
Vengo de una provincia. Darme frituras de maíz de paquete es básicamente un insulto. Abstente de hacerlo.
Si me has hablado muchísimo de un determinado platillo preparado por tu tía Gertrudis, asegúrate de que esté tan estupendo como lo prometiste. De lo contrario te expones a mi burla sincera cada vez que tenga oportunidad.
En materia de comida nunca regalo un cumplido por quedar bien. No quiero que la gente desestime mi opinión cuando la comida de verdad valga la pena. No es nada personal.
Hubo una vez una vez una boda aburridísima. Pero con el mejor buffet que mi mente registra.
Y esta es la punta del iceberg. No como pollo como regla general.  Pero hay excepciones. Pollo que prepare yo, pollo rostizado, buffalo wings y pollo del Kentucky. Es ese sabor a pluma mal sacado el que puede revolverme el estómago y arruinarte la velada. Lo accesorio, sigue la suerte de lo principal. Abunda decir que la lassagne de pollo, club sándwich con pollo, los tacos de pollo, el ladopsomo con pollo, el arroz con pollo, pizza de pollo—un minuto de silencio— y otras aberraciones por el estilo, simplemente son inadmisibles para mí. Si no te interesa que pique de tu plato, pedir algo con pollo es un recurso infalible. Creo que mi asco por el pollo, solamente es superado por el asco que siento al ver a alguien separando hasta el último átomo de carne de los huesos del animal.
El arroz lo como por excepción.  De hecho en mi casa se considera un raro manjar. No me gusta cualquier jamón. Así que preguntaré con qué marca han preparado el emparedado. No estoy jugando.
A la lechuga iceberg nacional, blancuzca y sin actitud, vade retro. No brócoli. No coliflor. No chayote. Y no me importa lo que le eches encima.
El olor de la papaya me da asco. El marañón me seca la boca. El mamón no lo como porque me da miedo. El nance sólo en pesada. Es un error invertir en chirimoyas, corozos, melocotones, duraznos o tamarindo cuando se trata de mí.
Arroz, carne y frijoles, no es una opción. Carne, vaya, debe estar suave. La pasta pasada es un suicidio. Si no es Al Dente, no voy en esa.
El ketchup extranjero está fuera de mi lista.
Comer en sitios muy poblados de gente, me desespera. Léase cafeterías, foodcourts, lugares en los que caben 200 personas al mismo tiempo es una situación que me irrita y mortifica. Comer con música típica de fondo, o cualquier otra música que no sea de mi agrado, dañará el momento, a menos que la ocasión así lo exija (Ver matanzas, rodeos y cosas de esas).

Como todo el mundo, debo estar de humor a la hora de comer determinada cosa.

Cosas que nadie me puede quitar

Los atardeceres bajo el gran pino que ya no está.
Los monólogos de mi papá con un vaso de ron.
El café sin azúcar para los dulces de chocolate a la hora de la siesta en Barcelona.
La silueta de su cabello negro contra el azul del cielo.
El canto de los periquitos verdes en verano.
Los shots de tequila con mi hermana.
La primera vez que caminé de la escuela a la casa de mi abuela.
Los regaños de doña Lucrecia a sus ayudantes.
Los trompos en el deportivo negro sobre la grava frente al Politécnico.
Ver las estrellas acostada sobre la cancha de basketball del colegio.
Los nervios en el escenario.
El beso que le tiré al baterista.
La dedicatoria que nunca llegó.
Mi primera canción.
Aquella gran derrota.
Una noche de baile.
El volverlo a ver.
Esas manos pequeñas unidas bajo su cabecita.
La primera vez que leí sin hablar.
Los cuentos de mi abuelita en las noches frías de Boquete.
El miedo a la tempestad en mar abierto, remando hacia la orilla.
Bañarme con agua de lluvia.
La noche que encesté 15 puntos.
La sombra del árbol de mango.
Las tardes de bicicleta en la calle sin salida.
El placer secreto de que se crean mis mentiras.
Las canciones que nadie sabe que me sé.
El sabor de las nueces con arándanos secos.
Lo bien que me queda el rojo.
La buena memoria que tengo para las caras.
La tercera vez que cometí el mismo error.
Esta sensación de no haber crecido.
El silencio que sigue a sus versos.
Las lágrimas de cuando me partieron el corazón.
El olor a pomarrosa.

Carta a un amigo a quien no veo hace tiempo

En el fondo, un solo de piano escuchado mil veces, media vida a cuestas, las cicatrices a la vista.
La vida que se estira sobre las calles del tiempo, con siluetas inventadas y manos torpes.
Pensé que todo sería más sencillo. Pero hoy no me queda más que reírme de mi ocurrencia. Los ecos de mi risa se repiten hasta morir en el olvido. Pero al menos aún recuerdo cómo era esa risa.
Nacer cada día y morir con la luz. Un reto que no todos entienden. Esas mis historias que nadie sabe. Esos mis instantes vulnerables. El color de mi alma que tú conoces.
Saber que las batallas son relativas. Que el balance es la silueta del error y el residuo de hacer las cosas muchas veces, equivocarse y volver a escuchar la misma canción. Que no todo va a tener sentido. Que el acento de esta voz sitiada y a veces muerta no se quede en la imaginación.
Así como en la niebla de los sueños. Así como en la irrealidad de los recuerdos. Desde el fondo del vacío, mis gritos se estrellaron contra estas paredes. Y el fluir de este espacio pequeño y lento se detuvo en el silencio que se los tragó. A los gritos. Sí a los gritos. Uno a uno se tragó todos mis gritos y los envió al lugar de donde ya no podrán salir. No hay rescate que pagar. No hay solución para las cosas que uno no dijo.
Ser la misma y ser otra y ser todas y morirme un poquito. No pases sin mirarme. No te desencuentres conmigo. No pierdas este presente. Mira su forma y pasa tus dedos por el contorno de mi risa. Mañana no seré ésta que hoy te mira y te habla y te hala del brazo para que no la pierdas.
Si me ves de rodillas, quizás no esté vencida. Quizás estoy rezando. Quizás estoy asombrada por las cosas que son más grandes que mi mente y que mi ser. Porque hay cosas más grandes y más bellas y más fuertes. Y el aceptarlo me hace más tenue y transparente. Ten paciencia pues tenía mucho tiempo de no contarte de esta vida.
¿Cobarde yo? Pues sí y no lo oculto. Luego soy valiente porque no le temo al ridículo de la cobardía. Y aún me queda tiempo para salvar a esas ilusiones que se subieron a un árbol para escaparse de los perros.
La espalda tensa. Los ojos llenos de lágrimas. La memoria intacta y nueva, dispuesta a respirar una, dos, tres veces la misma esencia. El mismo aire.  Y tejer las mismas oraciones con los puntos suspensivos que sean necesarios.
El café que no sabe a lo mismo si estoy sola. Uno le da vueltas y golpea la cucharita contra la taza muchas veces. Sé que eso te desespera. Y uno se lo toma sin prisas. Sin horizontes robados ni mentiras tiernas. Eres igual a mí cuando era aquella. Huérfana de futuros y ávida de conclusiones. Enemiga de las promesas y de los supuestos. Amar es un acto de fe. Cuando se acaban las palabras, comienza la verdad. Vamos a callarnos juntos. El que habla primero pierde. Fue bueno verte.

martes, 11 de junio de 2013

La vida no es una novela

Esta es una de mis frases favoritas.  Es uno de los punchlines de mi papá. Con el tiempo me he dado cuenta de cuánta sabiduría encierran. Nada de lo que imagine el ser humano, puede superar a nuestras realidades. 

Yo, al igual que mucha gente, realmente no le meto mucha cabeza al tema del reciclaje, la escasez de los recursos, el cambio climático y ese tipo de cosas. No me parecía un tema de urgencia nacional. Mi huella ecológica, no es algo que me quite el sueño. Pero con los últimos sucesos energéticos del país, realmente me he enfrentado a un panorama “escatológico”, como diría mi esposo, es decir, del final de los tiempos. Apocalíptico, si se quiere.
Que todo el país se una en oración por que caiga un poco de lluvia, es algo surreal. Digno de una trama garciamarquiana (esta palabra la acabo de inventar, así que no me denuncien con la RAE, por favor). Que el pueblo ofrezca el sacrificio de padecer calor y apagar sus aires acondicionados, es una cosa de risa.
Lo cierto es que las represas se han secado y ya no sabemos qué hacer para enfrentar esta crisis. Se suspenden las clases porque los niños se van a derretir sin aire acondicionado. Hay pánico general. Ahora todo mundo es “verde”. La gente va a trabajar en bermudas. Nuestro estilo de vida de despilfarro y desmedida, nos está pasando la factura. La energía eléctrica, se puede administrar de manera más inteligente, pero no se puede ahorrar para el futuro. No hay una batería gigante que acumule electricidad durante la época de lluvia y se mantenga a buen recaudo  hasta la época seca.
Esta es la punta del iceberg. Quién sabe a cuántos otros racionamientos hemos de enfrentarnos dentro de los próximos 20 años. Hace poco leí algo sobre una enfermedad de la yuca ¿Se acabarán los carbohidratos en África?  ¿El combustible fósil se agotará? ¿Habrá escasez de café? Si bien aún no se enciende ninguna de estas alarmas, los precios que alcanzan las cosas más básicas, parecieran darnos a entender que debemos comenzar a desacostumbrarnos de la buena vida. Quizás nunca pensamos ser testigos de este tipo de medidas, pero lo innegable es que aquí están y tenemos que adaptarnos y jugar con las cartas que se nos van presentando como sociedad, por muy increíbles que sean los problemas. Al parecer todo es finito, menos nuestro instinto depredador.

Vivimos es en “cavernas de acero y cristal” como diría el maestro Asimov. Con realidades climatizadas. Con corazones climatizados. Con vidas adecuadas para no padecer. No nos vendría mal darnos un paseo por la realidad de vez en cuando. Corremos el riesgo de sorprendernos. La vida, en verdad, no es una novela.

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