lunes, 14 de enero de 2008

La tesis de grado

http://mensual.prensa.com/mensual/contenido/2000/12/07/hoy/opinion/
La sustentación es un momento mágico; un sabor a éxito que nadie te puede arrebatar
Creo que la mía fue una de las últimas generaciones de abogados (1997) de la facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Panamá, a la que se le exigió realizar y exponer un trabajo de tesis para obtener el ansiado título.
Puedo afirmar sin lugar a dudas, que aunque a partir de aquel momento se mantenga la realización del trabajo de graduación como una opción, ésta pasará a ser una práctica legendaria en nuestros centros educativos, condenada al más total de los olvidos. Nadie elige hacer un trabajo de tesis a menos que la tenga casi lista al terminar la carrera. Y para los previsores estudiantes de derecho de nuestro país esa, definitivamente, no es la tónica
A riesgo de sonar obsoleta, desfasada o resentida, puedo dar fe de que mientras sustentaba mi trabajo de graduación frente a las personas que más amo, con el reto de tener a mis profesores cuestionándome y tratándome de igual a igual, el tiempo y esfuerzo invertidos en la carrera cobraron verdadero sentido.
La sustentación es un momento mágico; un sabor a éxito que nadie te puede arrebatar. El trabajo de tesis será seguramente, junto a los libros que hay que donar y los 250 balboas que en promedio pudo haber costado estudiar con el dinero del resto de los contribuyentes, el único aporte que se deja a la Universidad.
Un abogado es mucho más que un momento o una serie de momentos. Es mucho más que una tesis. De acuerdo. Cuarenta y cinco minutos de exposición y un año aproximado de investigación, redacción y pulimiento, junto a la lucha épica que es necesario librar contra un sistema administrativo lento y burocrático, no determinan tu capacidad como litigante o asesor o lo que quiera que sea que vayas a ser después de graduado.
Obviamente, el mundo jurídico no está a la espera de tu aporte intelectual para seguir girando.
Ser abogado es más que tener contactos y conocer la práctica; lo cual también es muy importante. Pero el abogado debe estar en posición de investigar, escribir y ser crítico.
El motivo de mi terror reside en que la supresión de este requisito puede relajar las exigencias mínimas deseables que debe llenar un estudiante de leyes antes de salir a prestar un servicio a la sociedad. Y digo puede, porque a los buenos abogados que fueron alumnos consagrados y pasantes sobresalientes, probablemente no les habrá hecho falta haber realizado o no un trabajo de graduación notable.
Pero si relajamos las medidas que permiten el ingreso, bajamos los estándares de selectividad, prohijamos el absentismo de estudiantes y profesores, no exigimos rendimiento de excelencia, no actualizamos la enseñanza y por si fuera poco, aniquilamos el trabajo de tesis como corolario demostrativo de que el estudiante al menos domina una pequeño parte del mundo legal, nos estaremos mereciendo a todos y cada uno de los profesionales de nuestra ya muy en entredicho profesión. No tendremos carácter moral para exigir a los hombres y mujeres que no supimos formar.
La educación superior es un privilegio que gracias a Dios está al alcance de muchos jóvenes panameños, por la existencia de un programa educativo que posibilita el crecimiento académico de personas de todos los sectores de nuestra sociedad. Si el sistema es permisivo con el estudiantado, distorsiona la realidad con la que el joven se encuentra en la calle y fomenta que a falta de recurso cognocitivo e intelectual se siga institucionalizando la ley del menor esfuerzo. Es la bien llamada cultura light.
La calidad total en materia educativa, no solo de este sino de todos los niveles, no puede ni debe tener fronteras. Nuestro sistema político y nuestro entorno histórico no solo permiten al hombre formarse integralmente, sino que le exigen hacerlo.

miércoles, 9 de enero de 2008

La mochila Verde

Ya no recuerdo dónde la compré, pero sale en varias fotos que pueden convalidar mis versiones. Anatómica. Sucia, enmohecida por pedazos, pero aun bastante entera. Aguantará un par de batallas más. No digamos que es verde. Eso era en un principio. Hoy es del color del pasado, del color de esas cosas de las que no te puedes desprender. Del color de Barcelona en verano vista desde el Tibidabo y de Boquete desde un bus de ruta. Y eso que el verde ni siquiera me gusta tanto, pero no la puedo reemplazar pues a diferencia de la gente, ha estado conmigo en las buenas y en las malas, como un símbolo de ¿qué me importa?, a lo que se espera de mí. La mochila fiel. La mochila que no juzga y que guarda mis secretos tras sus zippers negros. Secretos de clientes, libros robados, lunas de miel y lluvias de estrellas. La mochila en la que empaco y me voy. La mochila constante. Aun cuando yo no lo sea.
Vencedora de mil y una requisas por las aduanas de la vida. Llena de las respuestas de las que las espaldas se te van llenando a medida que caminas. Es más fuerte de lo que parecía. Fue un buen producto. No ha habido que cambiarla en siete años.
Dentro de los variopintos mundos en los que he tenido que aterrizar, en la lucha por hacer realidad mis sueños, la he exhibido como bastión de mi rebeldía a ese mundo de corbatas y profesionales, protocolos y falsedades de gente que no siente pasión por lo que hace. Un repudio total a las reglas. ¿Por qué he de usar un maletín Louis Vuitton cuando la mochila verde es más cómoda?

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Colección de Cuentos, ganadora del Primer Lugar Concurso Nacional del IPEL, Panamá Volver a empezar Despertarse a las cuatro de la m...