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viernes, 7 de marzo de 2025

Las últimas veces

Hace unos días celebré con auténtica felicidad que mi hijo menor comenzara a andar en bicicleta sin rueditas.  Entre caídas, raspones y sustos, el pelaíto inició una nueva etapa en su vida.  Tengo 49 años y DP tiene cinco.  Yo muy bien podría ser su abuela, pero bueno, eso es materia de otra columna. Lo cierto es que ya no volverá a usar esas rueditas.  Bien puedo botarlas a la basura o bañarlas en oro para ponerlas en una repisa de su cuarto.  Pero, ¿qué pasa con las últimas veces? ¿A dónde van a parar esos momentos que sin saberlo, —mientras los vivimos—, no se volverán a repetir?

Supongo que todos los días vivimos una que otra última vez, solo que no lo sabemos.  Nos volveríamos absolutamente locos si supiéramos exactamente en qué momento se acaba cada etapa.  Con el paso del tiempo vamos tomando más conciencia de estas cosas, que los más jóvenes no intuyen o que no importan cuando uno cree que es inmortal. 

Recuerdo la última vez que vi a mi abuelito Demetrio.  No podía saberlo y sinceramente, creo que es mejor así.  Sus pocas palabras, su sonrisa de un millón de dólares, su cerveza Cristal mangalarga de los viernesLo escribo y lo vivo de nuevo. Cada una de esas cosas, sucedió para mí, una última vez, sin que yo tuviera la menor idea.

Habrá un último gol de Messi que podremos disfrutar, luego se retirará para siempre.  Hay un último abrazo a los amigos, a los padres, a los compañeros de trabajo, a los amigos de la escuela. Habrá una última discusión con alguien a quien no soportamos. Cantaremos una nueva canción de Joaquín Sabina por última vez, porque ya no compone tanto como antes y se nos está haciendo viejo.  Veremos una última película de Al Pacino o esa película que nos encanta (en mi caso es Love actually en el de mi esposo es Titanic) se cruzará en nuestro zapping y la veremos otra vez, para no volverlo a hacer jamás.  Algún día escucharemos Yesterday de los Beatles por última vez o trataremos de leer Don Quijote, sin éxito y nos daremos por vencidos.

Y ojo, que las últimas veces no tienen que ver precisamente con nuestra muerte o la de un ser querido.  No quiero que estas líneas sean tan trágicas. Nada que ver.  Yo hace mucho tiempo no escucho chistes racistas o sexistas, cuando antes habían programas enteros de concursos entre gente que se mofaba de las minorías.  Hace mucho que no juego Monopolio, ni Twister, ni Life. El día que me tomé el último chicheme en el Kiosko Beby, empanaditas de carne en los Helados Peluche o una chicha de naranjilla helada en Lolita, no lo supe, ahora no son más que recuerdos de otros tiempos. En algún momento dejé de ser tuitera para convertirme en Xera (¿?).  Hace mucho que no compongo una canción  o toco el teclado JVC que me regalaron mis papás cuando era una adolescente. Luego de la pandemia no he hecho más pizza en casa, lo que me recuerda que tengo que retomar esa bonita costumbre, pues mi esposo e hijos la extrañan. Hay gente que un día se comió su último chocolate o su última Coca-Cola clásica, porque la diabetes les cambió la vida.

Pueden cancelar nuestro programa favorito. Ese jeans consentido que nos hacía ver espectaculares, sencillamente ya no cerrará más. En algún momento compré un último rollo de película para mi cámara o utilicé alguno de esos teléfonos que tenían el logo del Intel en el disco de los números. Un día ya no necesitamos más del ICQ y no lo volvimos a descargar. Los niños no se volverán a graduar de kínder, los amigos aprovecharán una oportunidad y se relocalizarán, o haremos una amistad en un avión para no volver a ver jamás a esa  persona con la que compartimos algún secreto.

Alguna vez resolví mi última raíz cuadrada o una factorización. Salí de una hospitalización, pidiéndole a Dios que fuera la última vez.  A veces somos conscientes.  Otras no tenemos la menor idea.  Habrán primeras veces que también serán últimas, y pasaremos la página.  Pero como quiera que sea, que nuestras últimas veces sean puertas para crecer, para amar más, para decir lo que quedó sin decirse.  Brindemos por ellas, no dejemos que pasen sin haber aprendido algo… Estemos presentes para las últimas veces. Y demos la bienvenida a esos nuevos atardeceres, esas nuevas recetas y a cada nueva razón para vivir.

jueves, 27 de febrero de 2025

RINA BERROCAL: Somos más que una bandera sobre un buque


Por: Klenya Morales (@klenyamorales) para Viento y Marea


Con el ritmo metálico del tren como testigo nos recibe Rina Berrocal, subdirectora de Marina Mercante, para revelarnos los secretos de su éxito. A través de su relato, con pinceladas de nostalgia, entusiasmo, rechazo a la mediocridad y una determinación inquebrantable, descubrimos una mujer que ha desafiado límites, aprovechado oportunidades y sobrepasando metas.

Una inmensa roca de sal, —símbolo de balance— sobresale en su oficina, representando una suerte de parábola sobre su filosofía de vida y su ética de trabajo. Descubrimos una mujer que ha sabido navegar las turbulentas aguas del sector marítimo, siempre fiel a sus principios. En sus propias palabras, nos sumergimos en una vida dedicada a moldear el futuro del transporte marítimo en Panamá.

VyM: Su carrera ha estado enfocada desde el principio. ¿De dónde nace su interés en el mundo marítimo?
RB: Crecí cerquita del mar. Nací en Puerto Armuelles, provincia de Chiriquí.  Recuerdo desde niña ver a los enormes supertanqueros que llegaban a Petroterminal a cargar su combustible, mientras mi abuelo conducía. Avanzábamos y avanzábamos y el buque no se acababa.

VyM: Si el presupuesto no fuera un problema, ¿cuál sería su proyecto insignia?
RB: Establecería un escalafón salarial, para el personal que labora en toda la AMP.  Tenemos un recurso humano altamente calificado, con muchos méritos y experiencia que realmente merece ser considerado bajo un esquema salarial acorde a sus competencias.

VyM: ¿Cuál es su estilo gerencial?
RB:  Según lo que he escuchado, es que soy dulce y firme a la vez. Trato de ser lo más jovial posible, pero mi formación dentro de la Escuela Náutica de Panamá (hoy Universidad Marítima Internacional de Panamá-UMIP) me hace fría y enérgica al momento de exigir el cumplimiento de tareas.

 VyM: ¿Cómo percibe el ciudadano común a la AMP?
RB: Me gustaría que la gente supiera que Panamá es grande en el mundo.  Somos mucho más que nuestros problemas y desafíos.  Panamá es referente marítimo en todo el planeta.  Siento que a nivel nacional no se entiende este hecho contundente.

VyM: ¿Qué le dirías a la Rina de 15 años?  (Su respuesta es directa. No duda en contestar).
RB: Que todo está bien y todo estará bien.  Cada reto ha sido bien llevado. No me arrepiento de las decisiones que he tomado.

VyM: ¿Cuál es su mayor fracaso y qué ha aprendido de él?
RB: No los llamo “fracasos”. Los llamo lecciones aprendidas. El fracaso es no intentar algo. Cuando traté profundizar en los temas internacionales, me di cuenta que eso no era lo mío.  Estaba “pagando por sufrir”, no estaba disfrutando el aprendizaje.  Soy más técnica, me veo mejor enfocada en gestión de proyectos, temas de ingeniería.  El componente humanístico no me llenaba.

VyM: ¿Cuál de sus características personales le han ayudado más en su camino?
RB: Mi firmeza, tenacidad y constancia a la hora de tomar decisiones, Sin lugar a dudas. Me tomo mi tiempo para pensar y repensar las opciones, pero cuando la decisión se toma, difícilmente me desviaré de mi propósito. Mi curiosidad también me ha guiado. Siempre quiero saber más y más. Al momento de plantear normas, me gusta ir por delante y calcular los resultados hasta donde sea posible.

VyM: Marina Mercante es el taller en donde se forjan muchas leyes y regulaciones de las políticas marítimas del país y que afectan a la cadena logística mundial.  ¿Cómo le ha ido con los asuntos legales que tienen que diseñar desde su despacho?
RB: En mi experiencia a lo interno de la AMP, con los abogados, asesores y directores anteriores, el componente legal dentro del mundo marítimo y los convenios internacionales es fundamental. En este sub-universo, siempre deben coexistir los componentes técnicos y los legales.  La legalidad te permite extrapolar a la práctica esas políticas de administración marítima. La técnica te dicta el modo de ejecutar lo escrito y hacerlo posible en el día a día.  ¿Cómo lo implemento, cuáles son los pasos a seguir, a quién le aplica, a quién debo instruir, desde cuándo?

VyM: ¿Cuál de sus logros la hace sentir especialmente orgullosa?


RB: La experiencia de ser parte de los inicios de la creación de SEGUMAR en Panamá, definitivamente me llena de satisfacción. Con el pasar de los años la operación en New York se volvió muy costosa para la operatividad de la oficina y este hecho, junto a los preparativos para la auditoría de la OMI en 2008 hicieron que se tomara la decisión de establecer esa oficina representativa en Panamá con un esquema diferente de funcionamiento 24/7 y con un mejor modelo para atender las diferentes funciones.  Participé de la coordinación, la organización, la gestión del funcionamiento las nuevas oficinas y me enorgullece la manera en la que hemos evolucionado desde el punto de vista técnico.  Todo el personal se trasladó a Panamá con una mecánica de trabajo muy distinta, por estaciones de trabajo, tratando de que todos domináramos todos los temas y a la vez preparándonos para certificarnos bajo estándares de calidad.
En aquel momento era simplemente un técnico de las oficinas y la administración vio en mí a alguien que podía colaborar para sacar adelante el proyecto.  Iniciamos labores en noviembre de 2007 y de allí en adelante se comenzaron a establecer el resto de las oficinas de SEGUMAR alrededor del mundo.

VyM: ¿El mejor día de su vida?
RB:  Profesionalmente, diría que la sorpresa de que se me ofreciera la Subdirección de Marina Mercante. No me lo esperaba.

VyM:  Una de las razones de ser de Viento y Marea, es contestar a nuestros usuarios, potenciales clientes y al mundo entero, ¿por qué Panamá? ¿Cuál sería su respuesta?
RB: Es un tema histórico, de tradición, de experiencia, de trayectoria.   Somos mucho más que una bandera sobre un buque.  Somos literalmente un puente del mundo. Aparte de aportar esa seguridad jurídica del Estado panameño, somos uno de los pocos países que mantienen un compromiso elevado en materia de cumplimiento con sus responsabilidades.  Brindamos el acompañamiento técnico demandado por las diferentes flotas que abanderamos. Tenemos que seguir reconociendo y capacitando a nuestro personal para el desempeño de este rol.

VyM: ¿Qué es para usted la libertad?
RB: Poder dormir tranquila.  La satisfacción del deber cumplido.  Poder ver a la gente a la cara y sentirme orgullosa de lo que he construido.

VyM: ¿A bordo o en tierra?
RB: Cuando estudié en la Escuela Náutica (hoy UMIP), era complicado para una mujer poder embarcarse. Pero los tiempos han cambiado.  Disfruté mucho del tiempo que pude trabajar a bordo, fui muy afortunada de poder tener la experiencia. Pero luego de aprendido el trabajo (soy ingeniera de máquinas), luego de conocer mi sala de máquinas, los sistemas y los mantenimientos rutinarios, sentía que me faltaba algo. Luego recibí la oferta de quedarme en tierra y aquí estoy, casi 20 años después, disfrutando la aplicación de la normativa internacional, contestando preguntas clave del oficio y planificando futuros.

VyM: ¿Cómo nos sacaría Rina Berrocal de las temidas listas internacionales de incumplimiento?
RB: Yo no diría Rina Berrocal.  Yo diría, el valioso equipo de Marina Mercante con cuyo apoyo saldremos de todos estos listados indeseados.  No hay una fórmula mágica, solamente utilizar un enfoque natural y orgánico con lo que ya existe. Hay mucha información que implementar dentro de nuestros procedimientos.  Todo esto nos lleva a cumplir los objetivos. Me esfuerzo diariamente por lograrlo.

VyM: ¿Qué libros hay en su mesa de noche?
RBEl cerebro del adolescente de David Bueno, Cómo hablar e influir en las personas de negocio, de Dale Carnegie y algo de Brian Weiss.  En la oficina tengo Leyes para todos los días, de Robert Greene.

VyM: Alguna anécdota del trabajo marítimo, desde el punto de vista de una mujer.
RB: En mi período de práctica a bordo, cargaba siempre un destornillador de 12 pulgadas en un bolsillo particular de mi overol.  Eso seguramente intimidaba a mis compañeros. Yo navegaba en un crucero.  Ahora me da risa, pero de alguna manera se lo iban a pensar dos veces antes de meterse conmigo.

VyM: ¿Qué implica la inclusión femenina en el mundo marítimo?
RB: Que los hombres acepten los aportes de la mujer en este sector.  Podemos hacer muchas cosas a la vez, resolver problemas y reaccionar más rápido.  Nos complementamos.  Es importante tomar en cuenta el componente femenino.

VyM
: ¿Ha sido discriminada por ser mujer?
RB: La Escuela Náutica de Panamá aceptó a mujeres solo hasta el año 2000. Yo afortunadamente me gradué del colegio en 1999. De otro modo habría seguido veterinaria o arquitectura.  Apliqué e ingresé.  Fueron unos primeros años complicados por la falta de aceptación del estudiantado masculino. La tenacidad y perseverancia me sacaron adelante. Pude demostrar que sí se puede.

VyM:  Un consejo para jóvenes que se interesan por una carrera marítima.
RB: Estudien, no pierdan el entusiasmo.  Tienen ventajas hoy, que yo no tuve. Asegúrense de que es el camino que quieren.

VyM: Algún sacrificio que recuerde…
RB: Ingresar a la carrera me hizo renunciar a las fiestas. Mi carácter no podía ser el mismo, pues estaba en un ambiente casi militar.  Tuve que dejar de ser extrovertida y adoptar una actitud de más seriedad y dureza de carácter. Tuve que adaptarme en espacio y tiempo.

VyM: ¿Qué pregunta no le gusta que me hagan por su condición de mujer?
RB: No me incomoda ninguna pregunta sobre esta condición, porque la discriminación hacia la mujer no ha sido un secreto.  Es bien sabido que se trata de una realidad que hemos vivido y seguimos superando cada día.

VyM: Un mentor…
RB: Recuerdo mucho a mi profesor de Convenio Marítimo, Enoc Rodríguez, orientó mi interés por los instrumentos internacionales.  El mismo Arsenio Domínguez, hoy Secretario de la OMI, ha sido un mentor en ciertos momentos de mi carrera.  En cada etapa diferentes personas me han ido dejando diferentes enseñanzas.

VyM: Un héroe personal…
RB: Mi abuelito Víctor (la emoción en su voz es innegable).  Cuando yo iba a estudiar, a él no le agradó mi decisión.  Hubo una disputa familiar… Esa es una profesión de hombres, conmigo no cuenten… Su ilusión era que yo siguiera el negocio familiar.
Y justo en ese momento se abrió la carrera para mí. Y cuando ya vio los objetivos y metas de su Chiquitita (como me llamaba) cumplidos, representando a mi país en conferencias internacionales se sintió muy orgulloso de mí…
Y justo en ese momento se abrió la carrera para mí. Y cuando ya vio los objetivos y metas de su Chiquitita (como me llamaba) cumplidos, representando a mi país en conferencias internacionales se sintió muy orgulloso de mí…
 

miércoles, 26 de julio de 2023

Los cuentos salvadores

Por: @KlenyaMorales

Esta pequeña ponencia la realicé en el teatro municipal, que antes era un cine porno. Me pareció muy interesante pensar, qué pasaría si esas paredes hablaran...

Si la vida es una carrera continua hacia la muerte y todos venimos a este mundo con “los polvos contados”, como dice García Márquez, entonces la literatura es un refugio que trata de repeler esa única certidumbre de la vida humana:  un día todo terminará para cada persona que se atrevió a nacer.

La salvación a través del cuento se vuelve literal, como nos cuenta Carolina Sanín, en casos como los Las mil y una noches—en donde Sherezade tiene que contar un cuento cada noche, por poco menos de tres años, para que su marido no le corte la cabeza; los cuentos del Decamerón de Bocaccio—que son un refugio de los jóvenes contra la peste que se cierne sobre Florencia, cuentan cuentos para no morir. La escucha del Evangelio según Juan, Mateo, Marcos o Lucas también nos salvará, pues Dios es en principio el Verbo (las palabras desde que dijo Hágase la luz) y luego la Verdad y la Vida.  Jesús nos garantiza que nadie se salvará, si no es a través del Padre. Dante también nos quiere salvar del Infierno, por medio de una pormenorizada descripción de lo que nos pasará si morimos fuera de la Gracia de Dios.

Hasta mi tan odiada Titanic, hace suya la metáfora de que sobre esa tabla, Rose se escapa de su muerte y nos cuenta sus aventuras, antes de morir de ancianidad, volviéndose una leyenda automática. 

Si yo cuento un cuento, sobre alguien que cuenta un cuento, sobre alguien que cuenta un cuento, quizás me vuelva tan infinita como ese gusano de plata que va enlazando todas las historias.  Los cuentos son en efecto, curas contra la muerte. Lo que no se cuenta, muere para siempre. Hay que contar para no morir, o al menos para que no mueran nuestras historias, que al pasar de boca en boca, sobreviven al tiempo real y se meten en el territorio de la fábula urbana.

Los cuentos son como el arca de Noé, preservando historias para la eternidad.  Hemos pasado por una Pandemia en donde las historias bien o mal contadas fueron la tabla de salvación para todos los que nos “quedábamos en casa”.  El éxito del microblogging como Twitter (ahora X), pone de manifiesto que TODOS queremos contar nuestra versión del mundo.  Si miramos con detenimiento y la herramienta correcta, podremos saber si la humanidad amaneció feliz o deprimida.

En lo personal, quiero actualizar lo mitológico, lo legendario, lo local. Que Hollywood y New York dejen de ser los únicos espacios donde todo es posible.  Trato de exhibir elementos reales e imaginarios con naturalidad, para esconder, para fingir, para confundir.

Los cuentos son armas de supervivencia, de decir aquí estoy.  Y los míos tratan de darle visibilidad a la vida de la mujer, muy especialmente.  Nuestras renuncias, nuestras decisiones, nuestras culpas y esperanzas. 

Los personajes que se debaten entre el bien, el mal y el gris me hacen sentir que nadie me inventó, en un mundo en el que todos buscan un espejo, empatía o una interpretación de sí mismos. Yo me inventé, según yo misma.  Olvido verdades y escojo mentiras. No podemos negar nuestra aspiración a ser dioses dentro de nuestros propios cuentos, decidiendo sobre la vida y la muerte.

También quiero que el texto sea creíble. De allí que a veces me pase con los detalles. El texto es una máquina de sentido, que solo funciona cuando el lector la pone en marcha y la alimenta con su propia experiencia. Los detalles me dan credibilidad.

Ser cuentista es crear ficción que emana del subconsciente cultural de la sociedad, y para mí, es una manera de entretener, afectar y hacer salir al lector de la realidad en pos de mis mentiras.

No he sido nada original en la elección de mis maestros. Margaret Mitchell me enseñó a contar una historia como debe ser y a encontrar belleza en ello, con Lo que el viento se llevó.

García Márquez me guió a ciegas por las paredes de su laberinto hasta convertirse en algo sagrado, de culto, disruptivo y universal.

Sinán me garantizó que los genios pueden respirar mi mismo aire y ver los atardeceres de lluvia sobre el mismo océano Pacífico.

Asimov me hizo enamorarme de la estructura del cuento, a creer en mis propios episodios y a respetar la prosa breve como tren en el cual ir hilvanando mis mentiras. Ah, y de que nada está fuera de los límites del cuento...

La forma literaria de la historia corta (cuento) es usualmente definida como prosa breve, ficcional, que a menudo aborda un solo episodio unificado. La medida del éxito para toda ficción es cuánto se ajusta a nuestras verdaderas emociones: que la gente nos crea.

El cuento es una forma literaria concentrada que merece respeto y exige cierta agilidad.  

El rango y cualidades de la mente del autor son los únicos límites en la forma de una historia.  Los autores creamos narrativas usando los diferentes elementos de la ficción: trama, personajes, escenario (tiempo y lugar), punto de vista, estilo y tema.  

Si la historia está bien contada, —con la chispa adecuada—nuestra imaginación se encenderá y de algún modo, también tanto el lector como el autor, nos habremos salvado, hasta del exceso de nosotros mismos.

sábado, 29 de agosto de 2020

170 días en casa



170 días en casa

Todos dicen que éramos felices y no lo sabíamos. Que estamos viviendo el mismo día mil veces, como en El día de la Marmota. Hacia donde mire veo drama, miedo y desesperanza. Pero quiero y necesito pensar que esto era necesario. Que era parte de mi historia y que me tocaba vivirlo. Pero qué tal si lo que estábamos era sedados, embobados, drogados de cosas. Abstraídos de la realidad. Ocupados sobreviviendo para alejarnos de todo aquello que no era tan placentero como habríamos deseado.
¿Y si no conocíamos nuestras casas por dentro, ni a nuestros amantes, ni a nuestros hijos, ni a nuestra vida? ¿Y si necesitábamos tiempo para vernos por dentro y ver en lo que nos habíamos convertido? Para redefinir nuestro espacio, nuestras metas y prioridades. Para encarar nuestras locas pasiones, nuestros sueños más oscuros y prohibidos. ¿Y si estábamos ausentes, desconectados? ¿Y si ya éramos unos extraños hasta para nosotros mismos? ¿Y si la casa se nos estaba quemando, si las telarañas, literalmente estaban borrando nuestras esquinas? ¿Qué tal si lo que estábamos era aburridos de creer que éramos libres? Tan hartos de no escuchar a nuestros ángeles y a nuestros demonios...
Puede que necesitáramos ver a la Basílica de San Pedro vacía, para recordar a Dios. O dejar de abrazar a nuestras abuelas para darnos cuenta de que el tiempo se nos estaba acabando. O quedarnos en silencio. O darnos cuenta de lo poco que en verdad se necesita para sonreír. O darnos cuenta de lo mucho que pasa en casa mientras estábamos afuera, tratando de conseguir cosas más bellas o más cómodas o más caras.
Yo me di cuenta de que tenía poco vino y demasiado algodón. Demasiados lipsticks que nunca usaba y aretes que compré sabiendo que nunca me los iba a poner. innumerables cremas, scrubs, lociones y productos que no sé ni para qué son. Que me encanta ir descalza y de que me da dolor de cabeza pensar en dónde ir a cenar. No solo por la decisión, sino por lo caro que ya era. Ahora sé dónde y con quién están mis hijos y he gozado con no hacerlos despertar antes de que salga el sol, a bañarse con agua fría y desayunar obligados para enlatarlos en un bus oyendo reguetón y no saber de ellos hasta que el sol se comienza a morir. He visto cómo se les van quedando las pijamas ante mis ojos y me he aprendido el lugar de cada onda de sus cabellos. Comencé a resolver viejos problemas y bajé las revoluciones. Volví a escuchar la radio y ahora los locutores se hicieron mis mejores amigos. Los escucho puntualmente, como si tuviéramos una cita. Despierto con sus selecciones musicales y me tomo el café con sus cuentos.
Me volví profesional haciendo mamallenas con el pan que acumulé pensando que se iba a acabar el mundo. Me atreví a amasar hojaldras. Y a un par de cosas al margen de la ley de las cuales no me arrepiento. Pedí dos que tres favores a viejos amigos a quienes antes no había tenido una buena excusa para contactar. Y pude comprobar, que allí estaban, como si el tiempo no hubiera pasado desde nuestro último abrazo.
Ejecuté proyectos que había procrastinado hasta el hastío. Colonicé o más bien recolonicé mi casa y los rincones de mis armarios. Redescubrí las líneas en la palma de mi mano. También me cansé del chiquillerío y me refugié en la cocina para no jugar más con ellos. Desempolvé mi espectacular libro de recetas y me atreví a ser otra, alguien para quien la cocina es un arte y no un acto de sumisión. El tiempo que le dedicaba a mi cabello lo invertí en hacer realidad algunos sueños.
Se me salió una lágrima cuando la pandemia llevaba 40,000 víctimas. Lo recuerdo claramente. Y luego me di cuenta de que dadas las circunstancias, solo puedo tratar de protegerme y de proteger a los que amo. No es que se me hayan dado muchas opciones. Y a veces eso es bueno también.
No estoy tratando de ser una positiva tóxica, ni de hacer limonada con la desgracia. Con 3 niños en casa, no he tenido mucho tiempo libre, para ser sincera. Lo que no quiero es olvidarme de esta semivida que nos tocó, cuando aquel virus nos robó 6 meses del calendario.
Estoy guardando los detalles, para echar bien los cuentos cuando nos volvamos a encontrar y al fin pueda usar ese vestido rojo que se quedó colgado entre mis proyectos, el 10 de marzo de 2020.

 



viernes, 6 de marzo de 2020

Inclusión social: asignatura pendiente


Durante sus 15 años, he tenido varias experiencias con mi hijo con discapacidades intelectuales. Su relación con el entorno es muy complicada y desde que nació, soy consciente de que el mundo no está diseñado para él: El sistema educativo no está preparado para atenderlo, la salud privada lo ignora, la sociedad no sabe qué hacer con él y yo, que lo amo, nunca me he sentido a la altura de sus retos. Si para todos los que estamos en pleno uso de nuestras facultades, es complicado, imagínense lo que él puede sentir. Frustración. Confusión. Soledad.
Me pitan con furia mientras intento bajarlo del carro y me toca tener la puerta abierta un poco más de lo usual porque se quitó los zapatos durante el viaje. Hemos estado en actividades multitudinarias al aire libre, de gran nivel logístico y como mi niño, gracias a Dios no precisa de ayudas técnicas para caminar, no es fácil detectar su discapacidad en una fila de decenas de personas. Así que me toca ir de fila en fila pidiendo el favor de que nos permitan pasar adelante, pues él podría no tolerar la espera y la experiencia se nos podría complicar. En nuestro país hay tantos eventos novedosos y fascinantes, pero no están preparados para darle ciertos privilegios a un niño para el cual el mundo no es amigable.
No puedo negar que hay gente que hace lo posible por ser empática y resolver. Al entender y advertir la necesidad especial, una vez nos dieron prioridad a toda la familia y la gente de la fila hasta celebró que mi niño disfrutara como cualquier otro niño de algo tan sencillo como unos lentes de realidad virtual. Pero en otra oportunidad, me dijeron que el niño y yo podíamos pasar, pero que el hermanito y el papá tenían que hacer la fila de 2 horas. Cero sentido común. ¿Cómo nos van a separar? Somos como cualquier otra familia que quiere pasar un domingo haciendo algo diferente.
Mi propuesta, porque no todo es quejarse, es prever gafetes del evento justo al momento de comprar los boletos, que garanticen un trato preferente, para el niño especial y su familia, como entiendo que se hace en otras sociedades con algo más de experiencia. No creo que se requiera tanto preparativo contra el juegavivo, más aún si el discapacitado está debidamente acreditado por SENADIS. Así que si alguien de los que me lee conoce a gente que organice espectáculos, defensa civil o primeros auxilios, por favor trate de pasar esta inquietud.
En un parque cerca de casa, una niña en el parque se rió de mi hijo porque no podía hablar. Han hecho comentarios sumamente inapropiados en voz alta, que inequívocamente han llegado hasta mí. A veces contesto y regaño al hijo ajeno. A veces agarro a mi hijo y me largo llorando. Gracias a Dios a él esas cosas no le importan, pues vive en un mundo alterno y especial. Pero a mí no dejan de dolerme ese tipo de interacciones, que lastimosamente se repiten porque no nos hemos tomado el trabajo de educar a nuestros niños sobre la diversidad. Hay muchos tipos de personas y cada día conocemos nuevas categorías. Pero el respeto y la preferencia por el física e intelectualmente vulnerable debe ser un asunto que se trate en la agenda familiar y escolar. Hay gente realmente indefensa y en desventaja con todo lo que le rodea. Y todos, absolutamente todos podemos quedar en esa desventaja en cualquier momento de nuestras vidas, en cuestión de segundos.
Yo no le pido a la sociedad que me asegure un futuro para mi hijo, ni siquiera educación o bienestar. Pero sí sueño con más tolerancia y humanidad en el día a día, en las cosas pequeñitas. Los padres de niños especiales temblamos de terror ante la probabilidad de que nuestros niños causen daño o molestia a su alrededor, en un mundo en el que hasta llevar a un niño promedio en un avión es casi un pecado. Nos la pensamos dos veces antes de salir con ellos al cine, a los restaurantes. De pedir sus descuentos legales a los doctores que nos dicen que “ellos no aplican ese descuento”. Y son cosas en las que podríamos estar haciendo la diferencia.
A mí estas cosas nunca me interesaron ni me hicieron ruido, hasta que mi vida cambió. Y ahora que vivo en este universo, entendí a la fuerza lo que es vivir como minoría y fuera del estándar. Falta docencia. Falta empatía. Falta amor. Para los papás de niños especiales es muy agotador vivir en el activismo de crearles un espacio. La próxima vez que tenga la invaluable oportunidad de favorecer al más débil, no se lo piense. Y aunque ni mi pequeño guerrero ni yo se lo podamos agradecer, haga la diferencia.
Todos cabemos en este mundo.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Feminismo: ¿De qué hablamos?

Publicado en el Suplemento Ellas del Diario La Prensa, el viernes 21 de agosto de 2015


Imagina por un momento que tus cosas no son tuyas. Que no puedes educarte donde quieras ni aspirar a ser lo que sueñas. Que no puedes votar y que tu padre o tu marido deciden cómo usarás tus bienes. Aun siendo parte de la mitad de la población mundial, tus oportunidades políticas, sociales, profesionales y familiares están dictadas por la otra mitad. Imagina que te tratan como si tu cerebro no existiera. Que hablan de ti, pero no contigo. Imagina que tu valor lo determina únicamente tu condición fisiológica para tener hijos. Imagina que eres un ser transparente.
Ahora deja de imaginar y entiende que ésa era la situación de la mujer occidental hasta finales del siglo pasado y que aún sigue siendo la realidad de millones de mujeres en diferentes culturas alrededor del mundo.
La palabra “feminismo” como la conocemos hoy nos puede sonar arrogante e injusta hacia la otra mitad de la humanidad. Nos puede recordar a las activistas de Femen, haciendo uno de sus numeritos.  Pero quizás pensamos de esa manera porque, desconocemos o desestimamos el peso de la historia inmediata de la mujer, la cual es una historia de derechos naturales que tienen que ser conquistados una y otra vez.
Hay que entender el concepto para no caer en el prejuicio. El feminismo no es un capricho articulado para colocar a hombres y mujeres al mismo nivel, sino un esfuerzo intelectual  de gente que las sociedades y busca una manera de reconocer y garantizar una mayor calidad de vida a cada ser humano. Y es aquí donde, a mi criterio, el término fracasa, por inclinar la balanza hacia un lado, al menos etimológicamente.

La mitad que no contaba
La historia del mundo ha sido escrita por hombres y para hombres. La participación de la mujer ha sido sistemáticamente suprimida de los libros de historia y los libros religiosos, o al menos ha sido eclipsada por el punto de vista masculino. De allí que heroínas históricas y bíblicas como Judith, Amelia Earhart Cleopatra, Marie Curie, Helen Keller, Hipatia, Ada Lovelace y Elizabeth I no sean de las más populares en el inconsciente colectivo.
Ya Mary Wollstonecraft argumentaba en el siglo XVIII que “las mujeres no son por naturaleza inferiores al hombre, sino que parecen serlo porque no reciben la misma educación, y que hombres y mujeres deberían ser tratados como seres racionales.” El primer movimiento organizado a favor de la mujer se fundó en 1848 en New York cuando Elizabeth Cady Stanton declaró que “sólo la mujer puede entender la altura, profundidad, extensión y amplitud de su propia degradación”. Y no exageraba. En Estados Unidos la mujer sólo podía ir a unas pocas instituciones educativas, no votaba, no legislaba, ni podía ser jurado. En Panamá antes de 1917, la ley negaba a la mujer casada el derecho de todo mayor de edad para actuar por cuenta propia y la colocaba bajo la representación legal del marido, imponiéndole la obligación de seguirle y obedecerle. No podía intervenir en un juicio y no podía contratar (léase comprar ni vender nada).
En su momento el movimiento fue ridiculizado por la prensa, los políticos y las religiones. Mujeres como Ernestine Rose y Susan Anthony diseminaron el pensamiento feminista primitivo  hasta Europa Occidental, creando alianzas internacionales.

Las bellas durmientes
Pero luego de que consiguieron el voto en Estados Unidos, el feminismo cayó en un estado de hibernación y durante la depresión económica y las grandes guerras las mujeres volvieron a su usual anonimato en las ramas más reconocidas del quehacer social. Hasta los años 50 la mujer volvió a conformarse con un segundo plano generalizado en las ciencias, artes y política, por mencionar unas cuántas áreas.
Claro que había excepciones. En Panamá la inolvidable Clara González de Behringer fue la primera panameña en graduarse de Derecho. Fue la primera jueza del Tribunal Tutelar de Menores y creó el Partido Nacional Feminista en 1923 y la Escuela de Cultura Femenina en 1924. Pero en general la masa femenina no se identificaba con el trabajo de unas pocas. Trabajos importantes de Virginia Woolf y Mary Beard se publicaron en este tiempo de oscuridad y algunas células feministas mantuvieron la lucha. Como resultado, la mujer habría de redescubrir verdades básicas del movimiento primitivo.
En los 60 la mujer se volvió a dar cuenta de la opresión histórica que seguía sufriendo y se atrevió por medio de conocimiento e investigación a cuestionar su status quo. Hay muchísimos trabajos importantes en materia de feminismo, entre ellos escritos esenciales que han sido las armas para ganar terreno en igualdad a nivel académico, cambiando las mentes de millones alrededor del mundo.

Las nuevas pioneras
Simone De Beauvoir nos legó el marco del feminismo moderno. Su libro “El segundo sexo” (1949) abrió la caja de Pandora al mundo femenino, para que expresaran sus sentimientos reprimidos hacia una sociedad que explicaba todo en términos masculinos. Su célebre frase “Uno no nace mujer, uno se convierte en mujer”, desencadenó diversas corrientes de pensamiento.  
Betty Friedan en su “Mística femenina” alertó al mundo sobre el punto de vista del ama de casa norteamericana, caída en una depresión o frustración colectiva luego de que, al regreso de las tropas que volvían de la Segunda Guerra Mundial, tuvieron que abandonar los talleres e industrias en donde habían cubierto las vacantes de los hombres, y volvieron a la típica “casita de cerca blanca” a limpiar la casa y cuidar niños.   Friedan detectó un “lavado cerebral masivo” que trataba de convencer a la mujer de que su felicidad estaba en casarse y administrar una casa. Su mercado eran las amas de casa educadas y presas en una casa en los suburbios  tras un delantal. Quizás este era un poco el panorama desarrollado en la película “La sonrisa de la Monalissa”, con Julia Roberts.
Katy  Millett mostró casos concretos de abuso social de los cuales la mujer es víctima. La originalidad de su trabajo reside en la exploración de las relaciones entre los sexos como estructuras de poder. En el caso de las mujeres, los hombres las controlan sin ningún tipo de objeción histórica. Atacó frontalmente las estructuras patriarcales, los recursos literarios de escritores como Henry Miller, Jean Genet y Norman Mailer, quienes –aparte de hacer arte—, reforzaban la aceptación de la dominancia masculina. Su intención no era de censura, sino de demostración de cómo aceptamos como normales las ideas que un sistema sin oposición ideológica propone.
 Anne Koedt terminó con los mitos biológicos, haciéndole frente a la supremacía de Freud en materia de comportamiento sexual femenino.    En su momento parecía como que hubiese algún tipo de conspiración  para hacer de la superioridad masculina, una doctrina articulada. Se valorizaba a la mujer y a su aptitud de acuerdo a la calidad de sus reacciones sexuales y tales ideas pasaron mucho tiempo sin ser cuestionadas. Quizás porque pensadores como Freud eran influyentes. Quizás porque ninguna mujer se había tomado la tarea de refutarlo con teorías  propias.

La punta del iceberg
Obviamente de la mano de la palabra feminismo también se discuten temas inmanentes a ser mujer: maternidad, anticoncepción, aborto o salud sexual. Estos son temas álgidos y complejos, que exigen debate y respeto a las opiniones, pero no son los únicos ligados a la conquista de una sociedad más justa para la mujer, más aun la que está en situación de vulnerabilidad social.  Habrá tantos tipos de feministas como personas identificadas con la igualdad existan. En mi caso particular, he sido tratada como reaccionaria a los ideales feministas y una tuitera, cuyo nombre me reservo hasta me ofreció “prenderle una velita a Virginia Woolf por mi alma”.
En Panamá contamos con muchas personas que luchan desinteresadamente por los derechos de la mujer, que se autodenominan feministas o que militan de una u otra manera en movimientos de reivindicación. Vienen a mi mente nombres como Gloria Young, María Roquebert (Recomiendo su excelente artículo radiográfico “Nueve a cero, goleada en la Corte” y su cuenta de Twitter @lamitadcuenta), Mariblanca Staff (ha obtenido 17 fallos favorables de la CSJ que han declarado inconstitucionales normas discriminatorias contra la mujer), Deika Nieto o Tayra Barsallo. Hay feministas tuiteras, feministas que no saben que son feministas y hasta matriarcas indiscutibles.
También está el lado oscuro del feminismo que tiende a caer en excesos ideológicos (las que miran feo al hombre que les cede un asiento, las que miran con lástima a las mujeres casadas, las que desprecian al género masculino o tachan de opresión cualquier actitud sospechosa del varón)
Como dice Rosalind Miles “El tiempo de la ceguera forzosa  ha pasado y las mujeres del mundo tienen ahora no solo el derecho sino la obligación de alimentar la nueva mentalidad y trabajar mano a mano con los hombres para asegurarse de que las futuras generaciones tengan un ambiente de tolerancia y justicia que nuestras abuelas nunca vivieron”.  La idea es leer, conocer, investigar, debatir: abrazar las posibilidades que se han conseguido para nosotras y construir un mundo mejor que el que había cuando no contábamos como seres humanos, sin caer en los errores de siempre. Nada de odio hacia los hombres, ni rechazo a la caballerosidad. Nada de irrespeto a los demás. Valorando las diferencias, celebrándolas y sintiéndonos orgullosos de nuestra condición. Amén.

Tan poca vida: un viaje hasta los límites del dolor

Creo que no estoy sola. He visto varias reseñas que se quejan del exceso de páginas al principio de la obra. Compré el libro el 3 de marzo d...