viernes, 3 de marzo de 2017

La resistencia

Cuando se publicó la primera edición de este libro de Ernesto Sabato, la tecnología de las comunicaciones aún no alcanzaba las alturas a las que estamos volando hoy día. Él básicamente se estaba quejando de la televisión y de los e-mails. Si Sabato resucitara y viera en lo que nos hemos convertido, se volvería a morir. Estoy segura.
Ya en aquel tiempo, el tímido filósofo decía que "Al ser humano se le están cerrando los sentidos, cada vez requiere más intensidad, como los sordos".
En estos días, la rabia dura siete días. El ridículo dura siete días. El duelo dura siete días.
Te levantas y te acuestas no sin antes asegurarte que no te queda ningún whassap pendiente por revisar. 
Si no viste el último meme viral del día te sentirás fuera de lugar. Ruegas que haya algún globito rojo bajo el logo de Facebook, que la gente te haya dado like. Un nuevo follower en Twitter es todo un momento emocionante.
Y cuando estamos con gente de carne y hueso, pues seguimos pendientes del teléfono. Nos tomamos fotos para que los demás sepan lo bien que lo estamos pasando. 
Ya se ha escrito muchísimo sobre el fenómeno del horror que nos causa no tener nuestro celular a mano, pero no es relajo. El mundo que no está al alcance de nuestra mano puede deshumanizarnos. La falta de tiempo de reflexión, de lectura, de abrazarse, de escucharse frente al café. La lucha por entumecernos y no estar expuestos al sufrimiento. La supervivencia. El desgaste de minutos muertos que se van por la ruta del olvido.
¿A qué estamos jugando?
 A adormecernos. A drogarnos para que todo pase. A no envejecer. A no morir, habiendo muerto primero cuando nos ha dado la gana. Este es el juego de no dejarse controlar. De no dejarse sorprender. De reducir la posibilidad de fracaso a cero.
Pero no todos jugamos a este juego. O al menos luchamos cada día por no jugarlo, sin dejar de jugarlo de alguna manera.
Parece que hay un antídoto, al menos para Sabato: «la cercanía con la presencia humana nos sacude, nos alienta, comprendemos que es el otro el que siempre nos salva". En esto Sabato coincide con las máximas del cristianismo. No podemos realizarnos sin amor. Pero no el amor de las novelas ni la autoestima egoísta. Se trata del amor del "caritas". Ese amor al prójimo como a uno mismo. Sin amor nada somos. Y para amar, se necesita del otro. Se necesita escuchar al otro. Se necesita hacer por el otro lo que nos gustaría que hicieran por nosotros. Para amar hay que tener misericordia del otro y perdonar 70 veces siete.
La gente a mi alrededor se levanta a las 4 de la mañana. A andar en bicicleta. A jugar tenis. A ser magros y sanos. Hay una nueva carrera. Se hacen llamar "life coaches". Te enseñan a lidiar con tu vida y ser exitoso. Ahora todos corremos, nadamos y queremos ser de hierro. La idea es no morirse. O morirse sin ser un perdedor.
Y yo quiero ser parte de todo esto, pero quiero seguir teniendo tiempo de hacer recuerdos con mi pequeña familia. Quiero tener tiempo de rezar. Y me pregunto ¿qué hay de malo en quererlo todo? Al fin y al cabo no es el primer momento de la historia humana en el que creemos que nos vamos a deshumanizar. Ya vimos horrorosas guerras mundiales, cruzadas, invasiones, plagas, infanticidios, holocaustos y demás atrocidades de las que desde que Caín mató a Abel somos capaces de ejecutar.
Me quedo con el alarmismo del bonaerense. Quiero pensar que hay más luchas por delante. Que mi voz es necesaria. Que el Diablo anda suelto y me contamina con la desidia, la indiferencia y la abulia. "En esta tarea lo primordial es negarse. Defender, como lo han hecho heroicamente los pueblos ocupados, la tradición que nos dice cuánto de sagrado tiene el hombre. No permitir que se nos desperdicie la gracia de los pequeños momentos de libertad que podemos gozar: una mesa compartida con gente que queremos, una caminata entre los árboles, la gratitud de un abrazo. El mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria."
En honor a don Ernesto, volveré a leer mi ya amarillento y subrayado ejemplar de La resistencia. O trataré de hacerlo si pongo mis grupos de Whassap en silencio.

Ser chiricano

En casa hay una eterna tiradera de puyas sobre quiénes somos chiricanos y quiénes no. Mis padres son chiricanos y yo nací en el Hospital Regional. Mi cédula es 4 y soy tan orgullosa de mi origen, que realmente a veces soy insoportable. Mi esposo es cédula 8, pero tiene una madre 100% chiricana. De esta suma de tres abuelos chiricanos, se supone que donde quiera que nacieran mis hijos, que fue en la ciudad de Panamá, ambos tienen un derecho de sangre chiricana de un 75%. El otro 25% es de mi suegro.
Pero mis pequeños no nacieron a las faldas del Volcán Barú ni tienen una cédula que comience con 4.  Me da mucho miedo que al crecer quieran desvincularse de su origen, y que lleguen a decir, que ellos no son chiricanos, como lo dicen muchas personas.
Por otro lado conozco personas que se han metido tanto en el tejido social de nuestra provincia y que se la pasan haciendo cosas lindas por Chiriquí, que siento que se han ganado a pulso el pertenecer a esta pequeña ¨nación¨ dentro de otra nación.
También cuestiono un poco el papel quienes habiendo nacido y sido criados en Chiriquí, volvemos muy de vez en cuanto y apostamos por la metropolización de nuestras vidas. Buscamos glamour, oportunidades, dinero, una vida más activa, un entorno cultural más estimulante y así como así nos vamos para siempre.
El llamado de la tierra es fuerte, vital y define nuestro comportamiento de una u otra forma. Pero es importante de que no se quede en palabras y poemas. En las pasadas fiestas patrias llevé a mi familia a chiricanizarse por varios días, pues quiero que los niños crezcan con esos recuerdos, sabores y experiencias. Pero no pude evitar encontrarme con un David lleno de maleza y de predios descuidados. Malos drenajes en toda la ciudad, locales abandonados, una Calle Cuarta de lástima, abarrotada de buhoneros desorganizados y de vialidad deficiente. Mucha de la desidia que encontré no es atribuible a las autoridades municipales, sino producto de una ciudadanía apática y egoísta, falta de cultura y de amor por lo que les toca de su tierra.
Digo esto con mucho pesar, porque soy chiricanista a matarme. Pero estamos fallando. No estamos exigiendo ni dando lo que nosotros mismos merecemos. No estamos siendo excelentes dentro de nuestras propias cercas. Hay que pintar, limpiar, podar, arreglar, lucir bien. Hay que hacer las cosas con amor. Con ilusión y orgullo. Tenemos una tierra bendecida, pero nuestro poco importa nos pasa factura poco a poco. Inundaciones, cambio de clima, sequía.  Tenemos que poner de nuestra parte
y pensar en la comunidad, en las cosas que son de todos.
La nueva ley de autonomía municipal se perfila como una gran oportunidad para todos los municipios del país. Es un momento para que nuestro Palacio Municipal se ponga los pantalones largos y hagan cumplir los acuerdos pensados para beneficiar a la ciudad. A todas las ciudades de la Provincia.
Espero ver cambios de actitud colectiva, los cuales nos devolverán y reinventarán el tipo de ciudad que todos soñamos y merecemos.

Lo que cuesta una columna


La revista tiene que salir cuanto antes. Es la edición de X aniversario. Debe estar lista para la Feria. Como siempre no puede faltar mi Esquina del Triskel, porque si no la mando, eventualmente me quitarán mi espacio fijo. Y eso no puede pasar. Así que me lleno de motivos y enciendo mi música y mi laptop. Pero Lucas baja la escalera todo espelucao y pegando gritos de histeria. "Mamaaaá, mamaaaá" y gruesas lágrimas bajan por sus mejillas desde sus ojos chinitos. Mientras corro hacia él con los brazos abiertos escucho que alguien abre la puerta de la nevera y el inconfundible ruido de cubitos de hielo cayendo sobre el piso me alertan de que prácticamente ha granizado dentro de mi cocina: Cutín adora jugar con hielo. Así que con el brazo que me queda libre (porque Lucas quiere estar en brazos) me abalanzo sobre Cutín para que no siga haciendo desastres). Escucho que tocan la puerta: es el jefe de garantías de mi barriada que viene a hacer unas pruebas de voltaje.  Detrás de él vienen los instaladores de la Biblioteca. Comienzo a llamar a Blanquita para que se lleve a las criaturas de mi vista porque hay que atender a esta gente. De paso veo como la pantalla en blanco de mi nuevo documento de Word se ríe de mí, como diciendo "jamás vas a terminar". La gente que trae el mueble son unos verdaderos ineptos en lo que están haciendo. Golpean mi techo, rayan mi piso, las esquinas de los otros muebles y no pueden poner el mueble de pie, pero como caído del cielo llega mi vecino y se le ocurre una idea brillante que los acarreadores ni siquiera habían contemplado.
A lo lejos sigo escuchando los gritos de Lucas, pero trato de ponerlo en mute en mi mente, porque Blanquita debe estar tomando cartas en el asunto. Vuelven a tocar la puerta. Es Jimmy, mi handyman desde hace 7 años. Trae rodillos, aspiradora, escalera, taladro, brocas, tornillos y todas las cosas necesarias para atender asuntos varios en la casa. El grupo de Whassap suena como loco, pues ya todos los miembros de la Mesa de Placacuatro están haciendo su brainstorming para sacar adelante tan importante publicación. Llega el tipo que me está cotizando el muro y le paso el teléfono a mi esposo, pues yo estoy tratando de reclamarle a la empresa de los muebles que el mueble que me han enviado no cabe.
Cuando Jimmy está abriendo el último hueco en el techo para colgar una lámpara, oigo un siseo y lo veo corriendo como loco de un lado a otro de la casa. Siento temor. Jimmy comienza a gritar, ¿Dónde está la llave de paso? ¿la llave de paso? corro hacia la cocina y veo como el ayudante de Jimmy trata de tapar el chorro de agua que está saliendo del techo.  Al no lograrlo busca un cubo, pero para ese entonces, la granizada de Cutín ya se ha derretido bajo la lluvia que está cayendo dentro de mi cocina. Busco mis contactos en el iPad, porque en mi celular se me borraron todos. Encuentro al plomero del proyecto y le grito que me explique a dónde está mi llave de paso (sigue la inundación). A la izquierda del estacionamiento. Lo pude resolver.
Los acarreadores terminan su desastrosa entrega, sólo para dejarme triste con un mueble que es muy grande para el espacio que le toca. Es reconfortante verlos partir. Coordino con los ebanistas un plan de control de daños. Y el cursor flashando sobre mi pantalla desnuda. Me pongo a ver Twitter y Facebook. Veo la fecha y recuerdo que es mi aniversario de bodas. Y Juan se va a desmayar cuando vea el tamaño del hueco que hubo que taladrar en el techo de la cocina. Tenemos reserva a las 7:30 en el Chalet Suizo. Crucemos los dedos.
En fin, lo que quiero decir, es que Placacuatro tiene 10 años aguantando a una columnista para la cual llevar a cabo cada uno de sus trabajos, es un acto de supervivencia en el universo de las amas de casa.  Gracias al equipo y a ustedes por esperarme con paciencia en las buenas y en las malas. Un abrazo a Placacuatro y a mi siempre Altiva Tierra que mana leche y miel, Chiriquí de mis amores.

De renuncias, amores y béisbol

Nunca entendí muy bien las razones por las que papá dejó de ser parte del Equipo Mayor Béisbol de Chiriquí. Hasta ahora que tengo mis propios hijos. Uno hace todo por ellos. Lo que sea. Y es que la vida es una carrera entre hacer los sueños realidad y encarar responsabilidades. No se puede hacer todo lo que uno quiere todo el tiempo y hacerlo bien hecho. Hay que sacrificar cosas. Y creo que papá dejó en el camino algunos de sus sueños por sacar adelante a su familia.
Todo esto me viene a la mente cuando veo la nostalgia con la que se ha despedido de su "Kenny" Serracín. Es como si una parte de él se hubiera ido para siempre. Allá donde se van los recuerdos. Allá donde van las pelotas sacadas de cuadrangular que nadie encuentra.
Con todo y eso siento que papá ha sido muy afortunado, porque pudo vivir intensamente su pasión deportiva. Sé cómo desafió su origen sencillo para hacerse un lugar entre las leyendas de la pelota chica de este país. Me provoca un suspiro de tristeza pensar en cuanta gloria y alegrías le han traído deportistas y artistas a este país y lo inhóspita que sigue siendo la sociedad cuando se trata de garantizar oportunidades a la gente que le pone color y pasión a nuestras vidas brindándonos emociones y belleza. Este año tendremos un chiricano participando en la Maratón Olímpica y cuántos de nosotros conocíamos su nombre hasta hace unos días?
Lo que quiero decir es que en Panamá el que surge en estos campos es un verdadero héroe. Papá es un héroe. Incomprendido a veces, pero intenso en sus sueños. Con más de 40 años de devoción al periodismo, a informar a la gente para que no sufran por su ignorancia. Para que no sean sometidos por el servilismo en el que nos sumerge la falta de educación.  Quizás él no lo sepa pero, con sus virtudes y defectos, es un Quijote en tierra de molinos de viento. Quién si no podría sacar adelante una revista como Placacuatro por 10 años?
Tengo mucha ilusión de ver el nuevo estadio. Y ojalá los chiricanos estemos a la altura de las oportunidades y de nuestros deportistas. Ustedes no saben lo mucho a lo que renuncia un muchacho cuando decide tomarse en serio el deporte en este país. Arriesgando un "trabajo serio", ganando las miserias de viáticos que les dan, quedando indefenso ante una lesión que acabe con sus carreras, cayendo en el olvido por una memoria colectiva ingrata en la que todo es inmediato y ya nada perdura.
Quizás llegue el día en que hagamos justicia a nuestros pioneros en el deporte y apreciemos en su justa dimensión a los jóvenes talentos. Espero que lo mejor esté por venir.

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