viernes, 16 de mayo de 2014

Amar dos veces

Amar dos veces
Por: Klenya Morales de Bárcenas
Publicado en el Suplemento Ellas, del Diario La Prensa, en su Especial de Maternidad
del Miércoles 14 de Octubre de 2014

Te gradúas de cuanta cosa puedes. Te realizas como profesional. Todos están orgullosos de ti. Encuentras (en mi caso reencuentras) al príncipe azul. Tienes la boda de los sueños. Ni en Hollywood. El plan era tener unos cuatro hijos. El plan era ser felices para siempre. Nunca fui ni soy chiquillera, pero me parece que la dinámica de las familias grandes, una vez superados los difíciles primeros años, debe ser muy divertida. Con ilusión esperamos a nuestro primer hijo, luego de una historia de novela de 13 años. Y la trama cambió, radicalmente. Llegó Juan David y me enseñó a ser mamá de formas muy diferentes. Y a ser feliz de maneras no convencionales.

Al tener en tus brazos a un primogénito “especial”, como políticamente es correcto llamar a niños como mi hijo, es comprensiblemente humano tener miedo. Querer salir corriendo. Y confieso que lo tuve. Por mucho tiempo. Tanto fue así que tiré por la borda mis planes. Me sentí incapaz, culpable, furiosa, me rendí varios miles de veces. Y me sigo rindiendo. Pero cuando tienes a un hijo como el mío, también aprendes que si el no “se echa”, menos derecho tienes tú de echarte.
Audífonos, terapia, operaciones, citas, especialistas. Vivir con el miedo y hacerte su amiga. Esa es toda una historia. Pero la intención de estas líneas es contarles cómo recuperamos nuestra vida y cómo resucitaron nuestros sueños.

Mi esposo me recuerda el día en el que le dije que ya no tenía miedo y que quería volverlo a intentar. De eso hacen como 3 años, si no es que más. Yo no recuerdo cómo, pero simplemente pasó, en un momento dejé de estar asustada. Pensé que la vida es muy corta y que no tendría otra oportunidad de construir la familia que soñé frente a Dios. Y luego de que los planetas se alinearan, y que el doctor dijera que mis probabilidades disminuían por día, y que el cardiólogo de Juan David hubiera puesto fecha a la tan temida cirugía de corazón abierto, nos salió un positivo, que yo me esperaba. Casi desde el minuto cero lo supe. Se nos había dado otra oportunidad. La vida comenzaba a exigir más dentro de mí y me metía en este enredo emocionante que pensé que no volvería a experimentar.

Hoy exhibo una pancita de ocho meses, seis años después del nacimiento de mi Juan David y con el reloj biológico bastante en contra. La gente me mira. Unos con alegría. Otros con cara de “ésta no aprende”, otros con la frase “Juancito necesitaba un hermanito, eso le hará mucho bien”. Y a mí no me es dado juzgar, sus juicios, valga la redundancia. Pero he llegado a la conclusión de que estas historias suceden para que uno las comparta. Si no, ni las risas ni el llanto habrán tenido sentido.

Este segundo bebé, viene a un mundo complicado pero hermoso. A un mundo en el que nadie cree en la magia, ni en los milagros, ni en los ángeles. Un mundo en el que les dicen “conjuntos de células” a los pequeñitos. En el que la gente no cree en el amor, ni nadie quiere sufrir y todos tienen “derecho a ser felices”. Un mundo en el que los hijos son una complicación, y mejor te lo piensas dos veces.
Todos me preguntan si es niño o niña. Cuando digo que no sabemos, no lo pueden creer. Queremos mantener el secreto. El doctor obviamente sabe, pero se ha prestado a nuestro juego. Porque hay misterios que valen la pena. Porque me encanta llevarle la contraria al sistema, como cuando puse dinero en mi ramo de novia, porque me daba coraje que las mujeres se maten por agarrar un manojo de flores, sin otro incentivo que no sea el del futuro marido.

Y estoy disfrutando esta segunda maternidad con la misma ilusión y los mismos miedos, sino es que un par de miedos más, pero con lecciones aprendidas y esperanza de que las cosas no sean tan extrañas esta vez. Todo se me ha olvidado. Y aunque lo recordara bien, ésta será otra historia. Es otro proyecto. Otro sueño. Arriesgado, pero sabiendo que no estoy sola. Que nunca lo estuve.

Juancito toca mi panza y sabe que algo ha cambiado. Es complicado hacerle entender lo que va a suceder, cuando yo sé perfectamente que nada es exactamente como uno lo planea. Cuando el nuevo bebé tenga 10 años, yo tendré 49. Y Dios sabe que no estoy segura de tener las energías. Como no las tuve la primera vez. Mi esposo, hace cuentas, planifica, se preocupa por lo que sienta Juan David sobre su hermanito (a), trata de contener los nervios. Ya le hemos comprado un body del equipo de Argentina. Sea niño o niña, será hincha, hasta que decida lo contrario po su propia voluntad.

Tengo nuevos planes, sé cosas nuevas. Tengo más paciencia. Supongo que soy mejor ser humano que cuando sólo pensaba en mi propia felicidad y en mis proyectos. Cuando creía que la felicidad estaba en la perfección y el éxito, tal y como lo define la sociedad en la que vivo. Soy hija mayor y hasta donde entiendo la situación del segundo hermano es, digamos, interesante. El nuevo bebé tendrá la ventaja de tener una mamá que ya ha visto latir el corazón de un hijo, y tenido que entenderlo sin lenguaje. De un papá que a la fuerza entendió que el amor va muchísimo más allá de las palabras. Literalmente.

Quiero para este bebé un camino nuevo. Sin proyecciones. Sin límites. Sin tantas piedras como las que le han tocado a su hermano. No lo voy a negar. Eso no implica que tenga bendiciones especiales para mi bebé. Que le guste leer. Que no tema amar, pero que no ponga su corazón en las cosas de este mundo. Que sea libre y valiente y que se arriesgue a tirar las redes. Mientras escribo estas líneas me patea con fuerza, como diciendo “Mami, no cuentes mis cosas, yo no los conozco”. Y yo le contesto, que a su alma le ha tocado habitar dentro de una mamá a la que le encanta contar historias, y que tendrá que vivir con eso.


El miedo y el amor no saben convivir. El amor es complicado. Pero les puedo asegurar que el corazón está diseñado para amar dos veces. Y todas las que sean necesarias.

Haberte amado

A Gabriel García Márquez, un mes después de que se fue...


Creo en mariposas amarillas que te pueden seguir donde quiera que vayas, en ojos de perro azul, en anónimos dejados frente a las casas y en abuelas desalmadas. Creo en vagones de trenes llenos de muertos. Creo en una bella mujer que fue asunta al Cielo, en ángeles viejitos de alas muy grandes que viven en gallineros. Creo que el verbo te habitó y te hizo su dios, su esclavo y su profeta en un planeta de mortales que no te merecimos, pero que te necesitamos.

Era 17 de abril de 2014. Jueves Santo. Un día antes de mi cumpleaños, hace exactamente una luna llena. Te me fuiste, Gabo. Y te he llorado como a un abuelo. Con vergüenza de mí misma por la sensiblería tan ridícula. Como si hubieras sido un hombre cualquiera, un héroe de revista del corazón y yo una groupie desconsolada. Yo caí a tus pies para siempre, me creí cada mentira, cada truco, cada pendejada. Ningún hombre se burló de mí de esa manera. Fuiste un fuera de serie frente a tu máquina de escribir. Un referente irrenunciable e innegable de todo lo que he intentado escribir desde que te conocí. En tu reino comprendí, que no hay camino más exitoso hasta el corazón de un lector, que decir lo que quieres decir, al precio que sea, no importa qué cabeza ruede. Pero es que lo que tú hacías ni se aprende ni se enseña. Es tan difícil querer escribir cualquier cosa después de leerte, García-Márquez, pues agotaste la magia de todas las voces, de todos los tiempos habidos y por haber.

Y ahora ante tu leyenda confieso haberte amado, confieso que vuelvo a ti en busca de consejo, porque eres la solución a mis páginas en blanco, porque bajo tu pluma cualquier palabra era elevada a la sofisticación, aun cuando escribiste altisonantes barrabasadas, que ofendieron a quienes son incapaces de amar su lado oscuro. Tus tiempos son perfectos. Siempre eres oportuno, lacerante y mágico. Sólo tú podías decir “Uno viene al mundo con sus polvos contados, y los que no se usan por cualquier causa, propia o ajena, voluntaria o forzosa, se pierden para siempre” y salir del capítulo lleno de aplausos. O dejar caer un “"El corazón tiene más cuartos que un hotel de putas" y hacerme citarte como si fueras el mismísimo Evangelio.

Eres un monstruo. Un mito. Una exageración que raya en lo sobrenatural. Así te he amado, viejo. Hace 30 días yo respiraba tu mismo aire y eso me hacía sentir especial. Ahora que te fuiste, tú eres la luna y sólo me queda mirarte, aullando sin esperanza por cualquier frase que se te hubiera quedado sin llegar a mí.

Lo nuestro fue especial. Lo sé porque estás aquí y por primera vez leerás algo que yo escribí. Porque ahora eres uno con todo y puedes mirar encima de mi hombro. Y te reirás y me dirás en secreto que no renuncie a mi trabajo convencional o que lo deje todo y escriba hasta desfallecer. Pero, viejo, aunque mi prosa accidentada sea mala e indigna, es verdad. Y aunque no te lo dijera, ya sabías de mi amor.

Yo no podía quedarme sin hablar de política

Por: Klenya Morales de Bárcenas

No recuerdo quién me dijo que todo hombre tiene su precio, el problema es poder pagarlo.  De todos los asuntos sobre política y elecciones que se van a tocar durante varios meses en este país, hay uno que realmente me ha removido en lo más profundo de las vísceras, causando un sentimiento que no puedo calificar como menos que asco. El dinero gastado en campaña, específicamente por el Estado, con la intención de favorecer al candidato del partido de gobierno.

Debo hacer una acotación. Yo voté por la nómina conformada por Cambio Democrático y el Partido Panameñista en 2009. Y aún sabiendo lo que sé hoy, votaría igual, aunque con el corazón empequeñecido.

Dicho esto prosigo. Como panameña se me cae la cara de vergüenza al ver la cantidad de plata que el gobierno invirtió en los últimos 6 meses en tratar de hacerme sentir orgullosa por obras que ya se habían construido. Eso no es un favor, señores. Es un deber, por el amor de Dios. Y cuando uno hace su trabajo, especialmente si es para el pueblo, se queda callado y deja que las obras hablen por sí mismas. Uno deja que la historia lo posicione en el lugar que se ganó. Esa gente que te eligió necesita cosas básicas: Salud, servicios públicos y educación. En ese orden y ante todo.

Esas cuñas de "Más en 5 años que en 50", "Más en 4 años que en 40", "Prometido, cumplido", sin más colores del espectro que los ya conocidos turquesa, blanco y rosa, se pagaron con dinero tuyo, mío, de nuestros hijos y nietos. No te engañes. No salieron del presupuesto de Cambio Democrático, ni de las empresas del presidente, ni de los patrocinadores del candidato CD. Y luego del 4 de mayo de 2014, no he visto ni una sola cuña más. Si ustedes vieran esas facturas de publicidad, no podrían dormir. Yo exijo ver ese balance. Es lo mínimo que me merezco.

El presidente que yo escogí y que debía estar trabajando por mi futuro, pues para eso le pago cuantiosos impuestos en relación a mi ingreso, utilizó su cuenta personal de Twitter para promocionar sin ningún escrúpulo a su candidato, en horas laborables y no laborables, sus encuestas favorables, las apetencias de su corazón "porque el también lo tiene". Usó la cuenta de la "majestad de la patria" para insultar y denigrar a sus oponentes. Para sacar papeles y dejar de manifiesto que jamás le interesamos realmente. Ni un ápice de respeto.

Para nada de lo que he dicho necesito pruebas. Son hechos consumados y documentados. Por los que estoy segura de que nadie pagará.

No voy a hablar de los carros, neveras, jamones, arroces, dinero en efectivo y otras hierbas aromáticas que se supone que intentaron y en muchos casos lograron comprar votos para todo tipo de posiciones, porque no los vi con mis ojos. Vi fotos, escuché denuncias. Pero nunca hubo un fiscal que se dignara de emplazar a los culpables. Para el que no lo sepa, un fiscal es un abogado de la nación, del pueblo, de la gente, no un florero, ni un vasallo servil, que de ésos ya estamos colmados. Lo que sí les puedo decir es que la "canastita" promocional del candidato de gobierno tenía audífonos, USB, una linda camiseta, una bolsa reciclable y una bocina para computadora, y de ésas repartió a cada uno de los más de 500 universitarios que escucharon sus propuestas en una universidad estatal. Me consta, porque tengo una. La mochila que MEDUCA le dio a mi hijo, que estudia en un salón con 5 niños más, justo después de la dichosa "canastita" de la Fuerza Cambio, tenía 8 crayones, 5 cuadernos y una regla de plástico. No opino, sólo informo.

Anuncio con orgullo que esta revista que edito con todo mi amor y esfuerzo, no recibió ni un centavo de propaganda política. Y no lo digo porque piense que el dinero generado por la campaña sea indigno, sino porque me alegro que Placacuatro no haya participado de esta estúpida danza de dólares. Ni a favor ni en contra de nadie.

Me alegra inmensamente que el pueblo le dijera que no a la política de la chequera, al bullying del que cree que todos tenemos precio. Había sido un gobierno de ejecución brillante en materia de infraestructura, que no necesitaba burlarse de nosotros para reelegirse. Lo que necesitaban era no subestimar a su gente. Haber mencionado un par de valores, tampoco les habría venido mal. En el silencio de la urna y la conciencia, dijimos la última palabra. Le cerramos la puerta al miedo. Fuimos fuertes y valientes.

David venció a Goliat. El lado oscuro de la Fuerza fue derrotado. La tortuga aplastó a la liebre. Una vez más, la piedra que desechó el constructor, se convirtió en la piedra angular. No nos pregunten nuestro precio. No lo pueden pagar. Y ése, es un mensaje para todo el que quiera volver a pedirnos un respeto que no se ganó.

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