martes, 25 de febrero de 2014

El último punto

Ciudad de Panamá, 20 de enero de 2014. 12:45 P.M. Mientras usted almorzaba con su familia o se quejaba del alto costo de la vida, de que la oferta electoral da pereza o de que es una desgracia tener que pagar Seguro Social, los cirujanos cardiovasculares del Hospital de Especialidades Pediátricas, le cosían el último punto al corazón de mi hijo, y de la mano de Dios, nos regalaban una nueva oportunidad de ver la sonrisa de mi guerrero.

Les comparto esta historia, muy resumida, porque si bien conozco la desilusión de mi pueblo ante las promesas incumplidas de todos los que se sirven del poder y de los sueños de la gente, también deploro la incapacidad de la Humanidad de reconocer que aún hay gente que hace su trabajo con amor. Gente que aún cree en la vocación y que pone su talento al servicio de los demás.

Cuando hace algunos años escribí “Carta de una madre agradecida” no sabía que sólo había visto la punta del iceberg. Con el tiempo me di cuenta de que mi hijo había nacido para propósitos mucho más elevados de los que yo había soñado. Nació para salvar mi vida, tocar el corazón de todos los que nos quieren y manifestar la gloria de Dios, que en su plan perfecto permite cosas que parecen terribles para que la gente aprenda a amar de verdad y no como en las películas románticas.

Bajo el criterio cauteloso y audaz al mismo tiempo del Dr. Miguel De La Rosa, esperamos pacientemente por 5 años y medio, hasta que llegó el momento preciso de realizar la cirugía de corazón abierto que corregiría los defectos cardíacos con los que mi niño nació. “Olvídate de Boston. Olvídate de Bogotá”, me dijo con humildad, pero con seguridad demoledora. “Ese corazón lo operamos aquí”. Será odioso comenzar una lista del equipo que se organizó para la operación porque alguien se quedará por fuera. El Dr. Manuel Ochoa, cirujano cardiovascular al mando de la operación junto a la Dra. Thais Coronado, anestesióloga, se llevaron a mi "Cutín" en brazos hacia el quirófano, dejándome con mi rosario en mano y una sobrenatural certeza de que todo iba a salir bien. El Dr. Ricardo Aguirre también se unió al equipo de cirugía y obvio, mi querido Dr. De La Rosa practicó los últimos estudios previos al bisturí. Sé que adentro habían enfermeras, instrumentistas, ayudantes que conocen a mi pequeño desde el día que entró al hospital en ambulancia por primera vez, residentes de anestesia, auxiliares. A todos ellos mis bendiciones.

Les estoy hablando de cirugía de corazón abierto. Ni más ni menos. De esas en las que detienen el corazón del paciente, hacen circular la sangre de todo el cuerpo por una bomba, mientras reparan un corazón partido, luego lo vuelven a conectar, lo reaniman y cierran. Suena sencillo ¿no?

Contrario a lo que podrían pensar, el tiempo se pasó volando. Entre los amigos y familiares que sostuvieron mis manos y las de mi esposo durante aquellas horas, los padrenuestros y avemarías y posts de Facebook, Twitter y Whassap, nos anunciaron que los objetivos quirúrgicos se habían completado y que pronto enviarían a mi Juan David a cuidados intensivos. Esto fue un lunes. El viernes a mediodía, mi hijo estaba en casa. Sonriendo.

No compren mi historia porque es mía. Cómprenla porque esto pasa al menos dos veces, cada lunes, durante todo el año en un hospital estatal, pequeño y con muchas limitaciones, pero lleno de amor y compasión. Una cirugía como esta debe costar unos 120 mil balboas en el exterior. Y estoy siendo muy conservadora, pues no cuento los pasajes, la estadía ni la carga emocional de no estar cerca de casa. El cuidado postoperatorio fue perfecto. Las cicatrices son discretas y Juan David nunca ha sonreído tanto como después de su intervención. La posibilidad que estos profesionales nos ofrecen, en nuestro patio, por nuestros médicos y profesionales de la salud, debería ser motivo de orgullo y esperanza, para familias como la mía, que no estábamos preparadas para depender de nuestro seguro social y para todos los panameños que gozan de salud.

En Panamá, también pasan cosas buenas. Todos somos Panamá.

martes, 11 de febrero de 2014

Así recuerdo la Feria...

Cuando era niña, contaba los días que faltaban para la Feria de David. Así como quien espera Navidad o su cumpleaños. Bueno así.
Los fuegos artificiales que se veían desde mi casa. La música de los toldos a lo lejos, la cual debo aclarar antes sonaba un poco menos bunga bunga que ahora. Manzanas cubiertas de rojo caramelo echando al traste el trabajo odontológico de mi tío Guillermo. Algodón de azúcar. Carne en palito, que según mis mayores era carne de gato. Meterme con mi abuelita por cada esquina de la Feria. El dolor de pies a las 5 de la mañana porque ya no puedes más. Creo que nunca me perdí, que yo recuerdo. Cuando me tocó atender el quiosco de las frituras y dar vueltos. La música de fondo de aquellos días era “Mi chica veneno” de Ritchie. Pasear en el Quitrín. El olor de la exposición de ganado. El terror de ir a ver a María Pepa. La exhibición de los tiburones congelados. Los “aparatos”. El calor sofocante de marzo. La vez que salí vomitando de la Tagada. Los helados Peluches. El inmenso mapa de Panamá con las luces y el agua. Los Batidos de fresa de Payasos. Las Brochetas de carne con una tortillita arriba. La Vereda Tropical. La fiebre de los carritos locos y la lucha frenética por conseguir uno. La primera vez que regresé a casa con el canto de las cascas y todas las luces encendidas (no había celulares para reportarse). Aún nadie cree que mi reloj de pulsera se me dañó.
En la Feria vi mi primera corrida de toros, con Juanito Saldaña. Vi exposiciones de pintores panameños. Asistí a fiestas de embajadas. Una vez me entrevistó una “famosa” periodista con apellido de pájaro. Me tomé fotos con Franchesca y Chayanne. Otra vez mi papá me defendió de un transeúnte que estaba pasado de copas. Luego vinieron los tiempos del Pub Herrerano y la Zona X. Gracias a Dios esa época no me duró mucho. Poco a poco los lugares tradicionales fueron desplazados y por un tiempo mis papás se quedaron sin lugar donde parquear. Una vez compré unos cisnes que estaban llenos de un líquido rosado. Recuerdo a la gente pidiendo empanadas de tuna, porque la Feria caía en Semana Santa. También recuerdo Campeonatos de Beisbol en pleno 19 de marzo.

Ahora soy una expatriada. Tanto tiempo paso fuera de Chiriquí, que confundo el amor por mi tierra con la nostalgia, con el recuerdo, con lo que fui. Quisiera volver a ser niña y contar los días para ir a los caballitos.

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