viernes, 20 de noviembre de 2015

Suegras: ¿Aliadas o Rivales?

Publicado en el Suplemento Ellas del Diario La Prensa, Especial del Día de la Madre,
Miércoles 18 de noviembre de 2015

¿Se acuerdan de Jennifer López y Jane Fonda en la película "Monster-in-Law"? Lamentablemente, ése es el estereotipo de la suegra, quien por los motivos que sea ha ganado una mala fama sólo comparable a las de las brujas de los cuentos. La relación cordial entre suegras y nueras es uno de los grandes misterios de la naturaleza. De hecho, a mí me parece totalmente antinatural y materia de ciencia ficción. Son dos amores diferentes pero muy grandes tratando de coexistir en el tiempo.
Lo que pensé iba a ser un artículo complicado, se ha vuelto un tema del que todo el mundo tiene mucho que hablar, pero no se atreve. O al menos no con nombre propio. Y es que en esta ocasión, me refiero a la delicada relación que existe entre una madre y la mujer con la que su hijo se va a ir para siempre. O la de una esposa, con quien hizo de su marido, el hombre de quien se enamoró y a quien escogió para amar por el resto de su vida.
Lo único constante en la vida es el cambio, y el cambio que sacude las vidas de este triángulo arquetípico (madre-hijo-esposa), merece especial atención, pues dependiendo de cómo se den las cosas, se garantizará un ambiente de armonía o de una pesadez no vista entre las familias. Cada persona es distinta y habrán tantos tipos de suegras y nueras como gente haya en el mundo. Pero hay algunos clásicos. Tu caso puede ser a, b, c o todas las anteriores:
Suegra metida: Este es uno de los tipos de suegra más populares. Quiere extender su control, saber, ayudar y opinar sobre todo en la vida de su hijo. No se dio cuenta que el hijo salió de casa a formar un nuevo hogar, en donde la reina eres tú. Entre sus principales hazañas están, llegar sin anunciarse y dar consejos no solicitados.
Suegra indiferente: Se desentiende totalmente de su criatura, le empaca hasta las fotos de bebé y sólo aparece por tu casa cuando la invitan. Pareciera que no veía la hora de que el hijo se fuera.
Suegra servicial: Acude rápidamente a los llamados de los esposos y siempre está dispuesta a ayudar. No se queda en tu casa más de lo estrictamente necesario. No se mete en donde no la llaman.
Suegra víctima: Dice que desde que el hijo se fue de casa, ella ya no existe para él. Obviamente culpa a la esposa y se queja constantemente de eso. También le cae el calificativo de "Suegra Drama Queen".
Suegra amiga: Se vuelve de las mejores amigas de la nuera, la aprecia genuinamente y hasta hacen causa común frente al esposo. De estas suegras he escuchado decir "si mi hijo engaña a mi nuera, que no se le ocurra aparecerse en mi puerta."
Suegra Guerra Fría: Hay una rivalidad con la nuera, y una tensa calma. Aprovecha cada oportunidad para destacar los fallos de la nuera con indirectas, sin importar cuánto empeño ponga ésta en agradarla. Nunca será suficiente para su hijo. Punto.
Suegra ninja: Trata de manejar los hilos de todo silenciosamente. Ni se oye, ni se ve, ni se siente. Siempre está tramando algo.
Suegra Corleone: Quiere ser el centro de gravedad de la familia y que tú orbites a su alrededor. Quiere hacer almuerzos todos los domingos en su casa, con mil platillos suculentos que tú jamás podrás igualar en sabor o presentación y espera poder opinar sobre todas las cosas importantes de los esposos.
Suegra Dr. House: Este tipo de suegra posee muchos conocimientos en medicina general y es capaz de hacer diagnósticos acertados sobre cualquier mal que aqueje a tus hijos. Probablemente todos pudieron haberse evitado con una buena dieta, más abrigo y no andar descalzos como si fueran los Picapiedras. En una palabra: toda enfermedad de los niños es culpa de la mamá.
Suegra alchahueta: Ve por los ojos de su niño lindo. Es incapaz de ponerse de lado de la nuera. Y en cuanto a los nietos, su lema es "Lo que sucede donde la abuela, se queda donde la abuela".
Suegra Sith: En esta categoría, las mandaré a buscar en Google. De preferencia con la Marcha Imperial como música de fondo.
Suegra perfecta: Supongo que una combinación elegante de todas las anteriores.
Las nueras tampoco se quedan atrás. Colocaré algunos tipos nueras clásicas y tú define en cuál encajas. De nuevo, estoy segura de que caerás en varias categorías.
Nuera independiente: se asegura desde el día 1 de colocar a la suegra en su lugar y que sepa que no permitirá intromisiones no deseadas en su casa, ni visitas sin invitación, ni almuerzo dominical obligatorio.
Nuera alfombra: Se pliega a los deseos de la suegra en una necesidad casi enfermiza de caerle bien. Es incapaz de llevarle la contraria en ningún asunto ni conversación, por inocente que esta sea. Es una relación basada en el miedo.
Nuera inteligente: Entiende perfectamente el peso específico de la madre de su marido en su vida. Sabe que es mejor tenerla de su lado.
Nuera amiga: Se corresponde con la suegra amiga. Es uno de los estados ideales de este tipo de relación. Requiere gran cuota de inteligencia de ambas partes.
Nuera hija: Se vuelve otra hija para la suegra. Escucha sus confidencias, sus problemas. La llama al menos una vez a la semana para saber de su vida. Sume puntos si la suegra no tiene hijas (mujeres).
Nuera Guerra Fría: Es la reina de la lengua afilada y el doble sentido. No ataca de manera frontal, sino haciendo uso de espionaje. Ver Suegra Guerra Fría.
Nuera Penedo: Está siempre alerta para que la suegra no le meta goles dentro de su portería. Que no le dé gluten a los niños. Que no los deje dormirse después de las 8. Que no los deje usar el iPad en la mesa. Que no le digan mamá a la abuelita.
Nuera Conveniente: Sólo se acuerda de la suegra cuando le falla la nana o cuando se va de vacaciones con el esposo. Es una nuera cruel y despiadada, que puede llegar a usar a los nietos como moneda de canje para obtener lo que quiere.
Nuera negativa: Es incapaz de leer buenas intenciones en los actos de su suegra. La madre de su esposo es culpable y mala, hasta que pruebe lo contrario.
Nuera perfecta: La que todas deberíamos aspirar a ser. Una dosificación de todas las anteriores.
Esta categorización, la hago luego de entrevistar a varias amigas de todas las edades y realizar otras tantas observaciones personales. Por razones obvias, algunas me han solicitado la más absoluta discreción en cuanto a sus identidades. En lugar de buscar opiniones de profesionales, en esta ocasión voy a ofrecerles consejos de la sabiduría popular, en broma y en serio. Sólo la experiencia con gente de carne y hueso nos ilustrará:
"Yo la escucho con una actitud humilde y abierta, como quiero que me escuche ella a mí, no porque voy a hacerle caso en todo lo que me dice, sino con la sincera intención de entenderla. Jamás usaría una palabra como ´obedecer´, ni yo a ella, ni ella a mí.
Analida, 18 años de casada
"Entender que ella estaba primero que yo. Sin ella hubiese sido imposible conocer a mi esposo y poder disfrutar de sus cualidades y bondades. Hay que colaborar para llevar una relación abierta y sana. Las relaciones no son perfectas, considero se construyen con los años y según las vivencias, pero hay que darle oportunidad de que participe. Si no le doy ese espacio sería imposible conocernos."
Vero, 13 años de casada
"Tener presente que en el fondo sus intenciones son buenas. Ella es quien cuidó y crió al hombre maravilloso que tienes hoy. No discutir con ella, si no estás de acuerdo solo ríete, total el hombre de su vida se fue contigo. A ti también te costaría."
Isabel A., 8 años de casada
"Todo se resume en poner los puntos claros y que entiendan que no pueden traspasar tus límites. Que la mamá (de los nietos) eres tú y que nadie puede pasar por encima de tus designios. Ellas comprenden y de cuando en cuando miden fuerzas, pero no les queda más que aceptar el cambio."
Rebeka, 17 años de casada
"Que viva muy lejos. Mentira, mentira. Tener gestos con ella para que siempre se sienta considerada."
Eva, unida por 5 años.
"Con decirte que la mía me movía los adornos de mi casa. La verdad es que no hay consejo que sirva. Tú siempre seras nuera: la que "no era". El problema es que para llevarse bien hay que dejarlas participar y opinar...y entonces se te montan. Hay que establecer límites, y asegurarse de que ella los entienda."
Yamileth, 16 años de casada
"Tener presente siempre que es la mamá de tu esposo. Ellas siempre van a pensar que ninguna mujer puede atenderlos tan bien como ellas, pero igual hay que quererla y si tienes la oportunidad de demostrárselo, pues mejor."
"Humildad, no guardar ningún tipo de resentimientos y tratarla con mucho respeto. Mi suegra fue una mujer muy especial, me ayudó como si fuera mi madre cuando mi hija mayor nació. Desafortunadamente, mi mamá estaba hospitalizada cuando dí a luz y yo no sabía nada de nada. Ella me ayudó como si fuera mi madre y cuidó de mi niña de una manera asombrosa, sin embargo, llegó a decirme una frase que me dolió en el alma. Me dijo… --tú sabes, que hay un dicho que dice, hijos de hijas, nietos serán, hijos de hijos, quién sabe. Me dolió pero no le di mayor importancia, porque si se la daba, podía detestarla toda la vida."
"Quererla solo porque es la madre de tu esposo y abuela de tus hijos, ser tolerante y respetuosa y si se pone muy intensa, guardar distancia."
Adela, 38 (deliciosos) años de casada.
Definitivamente hay un factor común en el triángulo: el esposo/hijo. Si él no le da su lugar a cada una y se limita a presenciar el catfight entre la mamá y la esposa desde las gradas, como si fuera una escena de Game of Thrones y con palomitas de maíz en mano, las cosas no van a terminar bien. La inteligencia emocional del esposo/hijo en relaciones complicadas, es vital. Tiene que ponerse los pantalones y defender a su esposa, o recordarle a su esposa que su madre es su madre y se respeta. Las palabras clave para que nadie salga herido en estos enfrentamientos son, respeto, espacio, detalles, tolerancia, agradecimiento, oportunidad. Cada quién tiene que poner de su parte.
Toda relación personal toma tiempo, y mucho más en el caso de las nueras y suegras, pues ambas son mujeres que el destino ha unido de manera misteriosa en torno a la historia de un mismo hombre. Las dos tienen la tarea de ser inteligentes y prácticas sobre el vínculo político que las une, pues una vez que hayan nietos involucrados, si todo el mundo no está en la misma página del libro, comenzará, como dicen Rubén Blades, "la segunda del noveno". Ah, y recuerda la ley del Karma: "Lo que das, volverá a ti, tarde o temprano". Quizás algún día te toque abrir la puerta y ver a una chica con el cabello pintado de azul, llena de tatuajes y piercings, vistiendo una camiseta diciendo "Odio la Guerra de las Galaxias, a los Beatles y a Mafalda" preguntando por tu hijo. Y entonces sabrás qué se siente estar del otro lado.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Feminismo: ¿De qué hablamos?

Publicado en el Suplemento Ellas del Diario La Prensa, el viernes 21 de agosto de 2015


Imagina por un momento que tus cosas no son tuyas. Que no puedes educarte donde quieras ni aspirar a ser lo que sueñas. Que no puedes votar y que tu padre o tu marido deciden cómo usarás tus bienes. Aun siendo parte de la mitad de la población mundial, tus oportunidades políticas, sociales, profesionales y familiares están dictadas por la otra mitad. Imagina que te tratan como si tu cerebro no existiera. Que hablan de ti, pero no contigo. Imagina que tu valor lo determina únicamente tu condición fisiológica para tener hijos. Imagina que eres un ser transparente.
Ahora deja de imaginar y entiende que ésa era la situación de la mujer occidental hasta finales del siglo pasado y que aún sigue siendo la realidad de millones de mujeres en diferentes culturas alrededor del mundo.
La palabra “feminismo” como la conocemos hoy nos puede sonar arrogante e injusta hacia la otra mitad de la humanidad. Nos puede recordar a las activistas de Femen, haciendo uno de sus numeritos.  Pero quizás pensamos de esa manera porque, desconocemos o desestimamos el peso de la historia inmediata de la mujer, la cual es una historia de derechos naturales que tienen que ser conquistados una y otra vez.
Hay que entender el concepto para no caer en el prejuicio. El feminismo no es un capricho articulado para colocar a hombres y mujeres al mismo nivel, sino un esfuerzo intelectual  de gente que las sociedades y busca una manera de reconocer y garantizar una mayor calidad de vida a cada ser humano. Y es aquí donde, a mi criterio, el término fracasa, por inclinar la balanza hacia un lado, al menos etimológicamente.

La mitad que no contaba
La historia del mundo ha sido escrita por hombres y para hombres. La participación de la mujer ha sido sistemáticamente suprimida de los libros de historia y los libros religiosos, o al menos ha sido eclipsada por el punto de vista masculino. De allí que heroínas históricas y bíblicas como Judith, Amelia Earhart Cleopatra, Marie Curie, Helen Keller, Hipatia, Ada Lovelace y Elizabeth I no sean de las más populares en el inconsciente colectivo.
Ya Mary Wollstonecraft argumentaba en el siglo XVIII que “las mujeres no son por naturaleza inferiores al hombre, sino que parecen serlo porque no reciben la misma educación, y que hombres y mujeres deberían ser tratados como seres racionales.” El primer movimiento organizado a favor de la mujer se fundó en 1848 en New York cuando Elizabeth Cady Stanton declaró que “sólo la mujer puede entender la altura, profundidad, extensión y amplitud de su propia degradación”. Y no exageraba. En Estados Unidos la mujer sólo podía ir a unas pocas instituciones educativas, no votaba, no legislaba, ni podía ser jurado. En Panamá antes de 1917, la ley negaba a la mujer casada el derecho de todo mayor de edad para actuar por cuenta propia y la colocaba bajo la representación legal del marido, imponiéndole la obligación de seguirle y obedecerle. No podía intervenir en un juicio y no podía contratar (léase comprar ni vender nada).
En su momento el movimiento fue ridiculizado por la prensa, los políticos y las religiones. Mujeres como Ernestine Rose y Susan Anthony diseminaron el pensamiento feminista primitivo  hasta Europa Occidental, creando alianzas internacionales.

Las bellas durmientes
Pero luego de que consiguieron el voto en Estados Unidos, el feminismo cayó en un estado de hibernación y durante la depresión económica y las grandes guerras las mujeres volvieron a su usual anonimato en las ramas más reconocidas del quehacer social. Hasta los años 50 la mujer volvió a conformarse con un segundo plano generalizado en las ciencias, artes y política, por mencionar unas cuántas áreas.
Claro que había excepciones. En Panamá la inolvidable Clara González de Behringer fue la primera panameña en graduarse de Derecho. Fue la primera jueza del Tribunal Tutelar de Menores y creó el Partido Nacional Feminista en 1923 y la Escuela de Cultura Femenina en 1924. Pero en general la masa femenina no se identificaba con el trabajo de unas pocas. Trabajos importantes de Virginia Woolf y Mary Beard se publicaron en este tiempo de oscuridad y algunas células feministas mantuvieron la lucha. Como resultado, la mujer habría de redescubrir verdades básicas del movimiento primitivo.
En los 60 la mujer se volvió a dar cuenta de la opresión histórica que seguía sufriendo y se atrevió por medio de conocimiento e investigación a cuestionar su status quo. Hay muchísimos trabajos importantes en materia de feminismo, entre ellos escritos esenciales que han sido las armas para ganar terreno en igualdad a nivel académico, cambiando las mentes de millones alrededor del mundo.

Las nuevas pioneras
Simone De Beauvoir nos legó el marco del feminismo moderno. Su libro “El segundo sexo” (1949) abrió la caja de Pandora al mundo femenino, para que expresaran sus sentimientos reprimidos hacia una sociedad que explicaba todo en términos masculinos. Su célebre frase “Uno no nace mujer, uno se convierte en mujer”, desencadenó diversas corrientes de pensamiento.  
Betty Friedan en su “Mística femenina” alertó al mundo sobre el punto de vista del ama de casa norteamericana, caída en una depresión o frustración colectiva luego de que, al regreso de las tropas que volvían de la Segunda Guerra Mundial, tuvieron que abandonar los talleres e industrias en donde habían cubierto las vacantes de los hombres, y volvieron a la típica “casita de cerca blanca” a limpiar la casa y cuidar niños.   Friedan detectó un “lavado cerebral masivo” que trataba de convencer a la mujer de que su felicidad estaba en casarse y administrar una casa. Su mercado eran las amas de casa educadas y presas en una casa en los suburbios  tras un delantal. Quizás este era un poco el panorama desarrollado en la película “La sonrisa de la Monalissa”, con Julia Roberts.
Katy  Millett mostró casos concretos de abuso social de los cuales la mujer es víctima. La originalidad de su trabajo reside en la exploración de las relaciones entre los sexos como estructuras de poder. En el caso de las mujeres, los hombres las controlan sin ningún tipo de objeción histórica. Atacó frontalmente las estructuras patriarcales, los recursos literarios de escritores como Henry Miller, Jean Genet y Norman Mailer, quienes –aparte de hacer arte—, reforzaban la aceptación de la dominancia masculina. Su intención no era de censura, sino de demostración de cómo aceptamos como normales las ideas que un sistema sin oposición ideológica propone.
 Anne Koedt terminó con los mitos biológicos, haciéndole frente a la supremacía de Freud en materia de comportamiento sexual femenino.    En su momento parecía como que hubiese algún tipo de conspiración  para hacer de la superioridad masculina, una doctrina articulada. Se valorizaba a la mujer y a su aptitud de acuerdo a la calidad de sus reacciones sexuales y tales ideas pasaron mucho tiempo sin ser cuestionadas. Quizás porque pensadores como Freud eran influyentes. Quizás porque ninguna mujer se había tomado la tarea de refutarlo con teorías  propias.

La punta del iceberg
Obviamente de la mano de la palabra feminismo también se discuten temas inmanentes a ser mujer: maternidad, anticoncepción, aborto o salud sexual. Estos son temas álgidos y complejos, que exigen debate y respeto a las opiniones, pero no son los únicos ligados a la conquista de una sociedad más justa para la mujer, más aun la que está en situación de vulnerabilidad social.  Habrá tantos tipos de feministas como personas identificadas con la igualdad existan. En mi caso particular, he sido tratada como reaccionaria a los ideales feministas y una tuitera, cuyo nombre me reservo hasta me ofreció “prenderle una velita a Virginia Woolf por mi alma”.
En Panamá contamos con muchas personas que luchan desinteresadamente por los derechos de la mujer, que se autodenominan feministas o que militan de una u otra manera en movimientos de reivindicación. Vienen a mi mente nombres como Gloria Young, María Roquebert (Recomiendo su excelente artículo radiográfico “Nueve a cero, goleada en la Corte” y su cuenta de Twitter @lamitadcuenta), Mariblanca Staff (ha obtenido 17 fallos favorables de la CSJ que han declarado inconstitucionales normas discriminatorias contra la mujer), Deika Nieto o Tayra Barsallo. Hay feministas tuiteras, feministas que no saben que son feministas y hasta matriarcas indiscutibles.
También está el lado oscuro del feminismo que tiende a caer en excesos ideológicos (las que miran feo al hombre que les cede un asiento, las que miran con lástima a las mujeres casadas, las que desprecian al género masculino o tachan de opresión cualquier actitud sospechosa del varón)
Como dice Rosalind Miles “El tiempo de la ceguera forzosa  ha pasado y las mujeres del mundo tienen ahora no solo el derecho sino la obligación de alimentar la nueva mentalidad y trabajar mano a mano con los hombres para asegurarse de que las futuras generaciones tengan un ambiente de tolerancia y justicia que nuestras abuelas nunca vivieron”.  La idea es leer, conocer, investigar, debatir: abrazar las posibilidades que se han conseguido para nosotras y construir un mundo mejor que el que había cuando no contábamos como seres humanos, sin caer en los errores de siempre. Nada de odio hacia los hombres, ni rechazo a la caballerosidad. Nada de irrespeto a los demás. Valorando las diferencias, celebrándolas y sintiéndonos orgullosos de nuestra condición. Amén.

Un niño sin patria

Un niño sin patria
(En memoria de Aylan Kurdi)  
“Ama, pues, al forastero, porque forastero fuiste tú mismo en el país de Egipto.”
Deuteronomio, 10,18

Parece que duermes. Y que en tu sueño esperas que te rescaten. Que te salven. Que te den otra oportunidad. Pero eso es un engaño. Un error de percepción. Ya nada puede hacerse. Eres tú el que rescatas. El que salvas. El que das otra oportunidad. Porque aunque yo esté a miles de kilómetros de ese mar que te ha devuelto al mundo que te ha fallado, me has estremecido cada pedazo del alma. Me has recordado que soy persona y que contigo se ha ido algo de lo bueno que vivía en mí.
Me has confrontado con mis límites y mis nacionalismos absurdos. Me has denunciado que anoche no oré por los que como tú, han tenido que salir de sus casas, de sus tierras y de las fronteras de sus sueños para implorar un pedazo de espacio donde sea. Donde sus cabezas no tengan precio. Donde su Dios no sea una amenaza al poder. Donde a uno lo dejen creer en lo que sea.

Me lo pienso un poco al escribir artículos como este. Trato de no hacerlo al calor del momento y me digo que suficientes cosas tristes suceden para que nosotros incluyamos temas que ya han sido ampliamente abordados por otras plumas más calificadas. Cuando iniciamos esta revista, nuestro sueño era y sigue siendo documentar las cosas buenas y bellas de este suelo inmenso en belleza y en bendiciones que es Chiriquí. Y hemos cedido al orgullo del regionalismo y de la defensa de nuestras costumbres, nuestra ideología de patria chica y nuestro celo ancestral de mantener  y preservar lo que somos. Sin embargo y como en otras ocasiones, nuestra provincia vive en el contexto de la historia del mundo. Y ahora que “el mundo es plano” no podemos sustraernos de una dinámica que cada día hace más importante nuestras acciones u omisiones. Ante el conocimiento que se abre a nuestros ojos, también tenemos grandes responsabilidades, pues nunca antes en la historia el ser humano ha estado tan empoderado para hacer cosas trascendentales y compartir con el resto del mundo sus logros.

Pero al mirar la fotografía de Aylan, una y otra vez, no puedo evitar sentirme diminuta. Fracasada como ser humano. La realidad es que del otro lado del mundo hay un ejército de hombres dispuestos a aniquilar a pueblos enteros por imponer su dios y su ley. Y de este lado del mundo estamos cerrando las puertas a quienes huyen de la miseria humana. Quizás no hay nada que yo podría hacer para que niños como Aylan  logren llegar a salvo a la orilla, pero no he hecho nada a mi alrededor para mitigar el dolor ajeno. Aquí a la vuelta de la esquina hay extranjeros que buscan una mejor vida lejos de sus patrias. Hay huérfanos que esperan por la calidez de una familia, niñas embarazadas que buscan una oportunidad de avanzar, fundaciones que piden aunque sean centavos para tratar de enmendar cosas en las que como sociedad hace mucho tiempo dejamos de funcionar correctamente.

Te miro de nuevo y siento que no he amado lo suficiente. Me has desmoronado ante mi ineptitud de ser la samaritana. De pensar que soy buena. De fallar constantemente en la solidaridad con el hermano.

La situación de los desplazados nos debe afectar, porque en un mundo sedado por la frivolidad y el circo, entumecido por las tecnologías y secuestrado por el individualismo, estamos perdiendo la capacidad de indignarnos frente a la injusticia. Y eso nos disminuye como seres humanos. Nos aleja del amor. Hace que nuestras vidas dejen de ser dignas de vivirse. Porque nada nos realiza como el contacto con el prójimo.

Hoy les pido que discutan con sus hijos y sus seres amados la situación de los refugiados sirios. Aunque sea por un minuto, que toquen el tema en sus aulas. Seamos gente. Hoy les pido una oración, no por Aylan quien no conoció la maldad y es un ángel que pide a Dios por nosotros, sino por nosotros mismos. Porque no nos dejemos cosificar ni renunciemos a nuestra humanidad.


viernes, 21 de agosto de 2015

Instrucciones para vender una casa

Cuando vendes una casa, realmente no son las cuatro paredes y el metraje de construcción lo que cuenta, uno no vende cemento, mezcla, tejas y acabados. No vendes las puertas con sus cerrojos. No vendes los grifos de agua ni las ventanas. Ni los colores que escogiste, ni la ubicación de los muebles ni tus rincones favoritos. Vendes un poco de luz. Y vendes espacio que otros llenarán de memorias que no serán las tuyas. Eso es lo que vendes. Vendes la nada.
Y uno no llora por la casa, per se, aunque lo parezca. Son las cosas que pasaron dentro del vacío que todo eso encierra, lo que verdaderamente queda atrás. Son los detalles. Es la vida que sucedió. Buena, mala o regular. Es el aire respirado a lo que se renuncia. Y a eso, es muy difícil ponerle precio.
En esa casa, había empezado el cuento. El “…y fueron felices para siempre” sopeteado y simplificado de nuestros días, por aquellos que piensan que la vida no es seria, que la vida es un manojo de sonrisas salpicadas por dificultades. Aquellos que creen que la historia no sucedió y que uno es capaz de borrar las decisiones que ha hecho, con nuevos pactos, alianzas o promesas.
Todo comienza con el anuncio en el periódico. Tan frío. Fotos en las que no hay gente, pero que en las que deben salir esos rincones íntimos que edificaron tu cotidianidad. Miento, todo empezó antes, en tomar la decisión de dar un paso en otra dirección. Hay que inventar disculpas a la vida que llevas y estar de acuerdo en que no puedes seguir viviéndola así. Hay que convencerse de que todo puede ser mejor. Y uno puede argumentar que lo que tiene es suficiente, pero la semilla de la inconformidad ya estará sembrada. Y como todos sabemos, los sortilegios bien hechos, no se pueden deshacer.
“Todo es por culpa de la nostalgia”, te dices mientras bajas las escaleras y miras los titulares en el periódico de la vecina. Volverás a ver otros titulares, pero no los de ese periódico ajeno y puntual, que de algún modo siempre estaba allí, uno que tus ojos estrenaban cada día.
Los ayeres vienen a ti. A traición. Cuando menos los esperas. Y te pegan en el estómago, sacándote el aire.
Vas y vienes por el pasillo del amor, aquel del que cuelgan las fotos bonitas, reservadas para el que pasaba de la sala. Guías a cuantos han querido ver la casa. Y se te retuerce el estómago. Pero es que hay que enseñar la casa. No se va a vender sola. Y es que la quieren para alquilarla, o el precio está muy alto, o es que no tiene elevador, o es que está muy vieja. Y no tengo que mentir para venderla. En verdad la vendo con un nudo en el alma, porque no la puedo mantener. Es cuestión de plata. Si por mí fuera, no la vendo. No me tengo que esforzar inventando falsos beneficios. No hay vicios ocultos en la sinceridad. Se me han aguado los ojos al hablar de mi casa. Ni me esfuerzo y lloro. Y pido que suceda un milagro y no haya que venderla. Pero parece que Dios no opera así.
Primero debes descolgar las fotos, los relojes y las libélulas. Será de vital importancia que no quede ningún calendario en donde lo puedas ver, con sus lunas llenas y sus mareas altas. Que no quede la goma de las calcomanías que pegaron tus hijos y trata de recoger en una bolsa las sonrisas que aún vuelan por las ventanas, como mariposas en verano. Esos serán puntos débiles. Llora antes de firmar los documentos, así no te desfragmentarás cuando tengas a los compradores extendiéndote el cheque del primer abono.
Haz las paces con las grietas, los zócalos y las imperfecciones del repello original. Pasa el dedo índice por el cemento blanco de las uniones en el piso, y de aquella mancha que nunca te empeñaste en quitar. Sopla el polvillo que levantó el taladro de entre los pliegues de la historia que empezaba con un suspiro y batallaba hasta que el día no diera más.
Cuídate no haber sido demasiado feliz entre sus paredes. Pero tampoco debes haber derramado muchas lágrimas. Trata de no recordar, pues en la memoria todos los recuerdos son felices. Así nos traiciona, haciéndonos pensar que el futuro es incierto y que el pasado fue increíble. Ve a cada esquina y mira por las ventanas hasta que se te gasten los ojos, hasta que te aprendas la silueta de la lluvia en la ciudad. Tómate ese último café a toda hora. Desiste de ir al cine, ir a misa o ver a los amigos y fúndete en tu sillón, abrazando a tus rodillas. Porque una vez que entregues las llaves, comenzarás a abrazar las rodillas de otra persona. Una que eres tú sin tu casa. Sin esa trinchera de la realidad en donde soñaste y moriste cada día.
Te van a dar más ganas de llorar. Mil veces. Mil quinientas veces. Escoge las que puedas. Llora en serio y en privado. Porque en esos lugares usualmente vive el amor. Y viven las palabras que no se dijeron, ésas que se callan porque existen, y porque nadie sabe a dónde van a parar.
Cierra cada puerta, escucha cada gozne, recuerda todo lo que se quedó sin hacer, para que te queden ilusiones, Nunca sabes cuándo las necesitarás. No temas que otro escuche lo que saben las paredes o que vean los abrazos a través de los dinteles. Las casas son discretas.
Quizás no sea para tanto. Al final las cosas son cosas. Reemplazables y finitas. Pero por si las dudas, sal rápido y conteniendo la respiración. No te detengas a recoger los pedazos de tu corazón que se incrustaron entre las baldosas ni los que encallaron en las madrugadas. Recuerda que en la casa nueva, los rayos del sol dibujarán minutos sin usar. Tira un beso al aire y que sea como el primer ladrillo, que amuralle los espacios vacíos, en los que volverás a amar. Sólo un momento más. Y oprimes el manojo de llaves contra tu pecho. Tan fuerte que marcas los ángulos sobre tus palmas.

Entonces él entra por la puerta. Te tapas la cara, pero es muy tarde, ya te ha visto llorar y ahora te abrazas contra su pecho. Y  se pregunta si estarán haciendo lo correcto. Pero todos saben que ya es muy tarde. Los pactos hay que cumplirlos. Los compradores hacen planes, ven su historia derramada por las esquinas que eran tuyas. Ya nada se puede echar hacia atrás.

viernes, 6 de marzo de 2015

Libertad, igualdad, fraternidad y terror



Los hechos del 7 de enero de 2015 marcaron un antes y un después en la historia del periodismo. El mundo entero se paralizó ante la ejecución a sangre fría, de periodistas y empleados del semanario parisino Charlie Hebdo por parte de grupos extremistas islámicos, de la misma calaña que cualquier otro terrorista del planeta. Gente para la que la vida humana no vale un pepino. Gente para quien el que no piensa como ellos no es digna de respirar. Hombres y mujeres que se amparan en su fe para encañonar a los “infieles” con una kalashnikov y abrir fuego contra sus semejantes.
En un planeta en el que debería haber espacio para todos vemos y seguiremos viendo cómo la cultura de la muerte sigue entregándonos frutos. Establezco el respeto a la vida, a cualquier vida humana, como un valor absoluto, al cual me rindo tanto religiosa como éticamente.
El grito común de la civilización ha sido identificarse con el hecho de que las ideas perviven a quienes se atreven a manifestarlas. No se admiten peros, ni medias tintas, ni tibiezas. La libertad no debe ni puede tener obstáculos ni frenos. Y a costa de parecer reaccionaria y recibir críticas, voy a hacer una pequeña reflexión sobre  el derecho a burlarse de lo que es sagrado para otro, desde la humildad de mi columna. Recuerden que es mi derecho.
En primera instancia, tú no decides lo que es sagrado para mí. No importa cuánta risa te de. Cuando te digo que algo es sagrado en serio, no te estoy intentando decir nada más. No te estoy preguntando si estás de acuerdo. Si no lo sabías, ahora lo sabes. Cuando te digo que mi Madre es María y mi Padre el Dios de los cielos, no te estoy queriendo decir nada más. Te digo lo que te digo. Cuando tú dibujas una blasfemia contra lo que te dije que es sagrado, me estás escupiendo a la cara. Y eso es humillante y doloroso.
Cuando tratas a un bebé no nacido de “protohumano”. Cuando tú me dices que tu perro tiene sentimientos y alma. Cuando me dices que te da asco que yo coma carne porque la vaca fue sometida a ultrajes. Cuando esgrimes que un hogar puede tener dos madres o dos padres, o que eres de un género indefinido y que la naturaleza se equivocó contigo, a mí me toca respetarte, pero no me lo tengo que creer ni aprobarlo, así como a ti no te cuadra mi “mitología”. Punto. No mandas en mi mente.
Charlie Hebdo pasó de ser un pasquín revoltoso, a un bastión de la libertad de prensa. En lo personal me sentí muy ofendida al investigar de qué iban. Y debo estar preparada para que mis hijos o cualquier niño educado en la fe católica, entienda por qué otro puede ser tan irreverente con lo que para mí es sagrado. Las ideas expresadas en las caricaturas escalaban las cimas del irrespeto y no promueven ni la igualdad ni la fraternidad. Por el contrario encendían y provocaban. Hacen que uno se sienta impotente de tener que aguantarse callado.
Dejan el sabor de que los que profesamos alguna religión tenemos impedimentos mentales. Irrespetan los principios sobre los cuales se ha cimentado la civilización como la conocemos. Estereotipan al católico. Y nos piden a los practicantes mirar hacia otro lado, porque no podemos sustentar su iluminismo con nuestra fe.
El católico debe estar listo para fortalecer su alma y guardarla de todo lo que busque corromperla porque creemos en una vida eterna y queremos salvarnos. El periodismo no debe ser un instrumento de odio. Debe ser un arma para llegar a la verdad.

Muchos no habrán llegado hasta esta línea de un escrito tan aburrido. Pero si usted tiene derecho a enlodar a mis padres, a mi patria o a mi Dios, yo tengo derecho a decirle públicamente, que lo que hace está mal.

lunes, 12 de enero de 2015

Hemos sido padres mediocres

Este artículo me ganó muchas participaciones, desde vieja loca hasta lo que ustedes quieran. Aquí les comparto mis pensamientos.

De salida les digo que soy católica practicante. Catecúmena, para que vayan a Google y desestimen mi opinión porque no soy de “mente abierta”. Pero no es a los librepensadores a los que dirijo mi artículo, pues ellos tienen un cerebro tan evolucionado que no creo que mis ideas emanadas directamente de las catacumbas les causen más que risa y lástima.
Les hablo a los padres de vocación, comprometidos con amar a sus hijos y que los han esperado con ilusión, para que vivan y aprendan hasta que no les quepa más conocimiento. A los que les importa la coherencia entre vida y pensamiento, y a los que quieren que sus hijos tengan todo.
No hemos sido parte de la solución y hoy estamos a punto de ver lo que pasa cuando la gente que sí está convencida de sus principios toma la batuta.
Nos urge un programa de educación sexual. El trabajo que nos correspondía a los padres lo hace la internet, los videojuegos –que ya simulan hasta gang rape (violaciones grupales)–; la basura con la que las dos principales televisoras locales envenenan a todo el que no puede pagar cable; la violencia sexual explícita de Game of Thrones; la publicidad sexista de todo el sistema capitalista, y el twerking (baile sugestivo) de la ex Hanna Montana, verdaderos ideólogos de esta generación.
Por si fuera poca la bazofia disponible sin control, ahora quieren que el archicompetente Estado custodie la educación sexual de mis hijos. ¡Pero si yo tengo un plan! Me he preparado para darles a mis hijos esa educación de élite que no puedo pagar. Tendré que hacerlos desaprender sobre esterilización voluntaria a los 18, ideología de género y viabilidad moral del aborto. Encima de las preocupaciones paternales debido a las drogas, el comunismo, neofascismo, consumismo, etcétera, mis hijos tendrán acceso a la parafernalia anticonceptiva sin que yo me entere. Pasarán 12 años hablando de sexo.
Soy fan de Calle 13, Caifanes y Sabina; me enloquecen Gabo y Asimov. Soy ambiciosa, ansiosa por vivir, escribir y leer. Escritora por ósmosis y abogada por accidente. Mujer interesada por mi lugar en el mundo. Me apasionan Simone, Friedan y el misterio de la violencia doméstica que ejerce quien juró amarte. Mis escritos me preceden desde los 15 años. No gastaré tinta en eso.
Supongamos que yo soy la única madre con este esquema. Lo cual es falso. Mi derecho de minoría será pisoteado. Pienso que el aborto es un eufemismo de asesinato. Tendré que modificar mi plan, porque he sido ciudadana mediocre, con miedo a defender mis principios por no ser tachada de intolerante y no involucrarme a tiempo. La agenda feminista del gobierno demócrata de Estados Unidos encontró la perfecta fisura histórica para colonizar la mente de mis hijos.
Estoy pensando en un plan B. Blindaré a mis hijos al precio que sea. Porque si este Gobierno no veta y sustituye el proyecto con algo que valga la pena y sea acorde a esta sociedad, Planned Parenthood volverá a la carga.

viernes, 16 de mayo de 2014

Amar dos veces

Amar dos veces
Por: Klenya Morales de Bárcenas
Publicado en el Suplemento Ellas, del Diario La Prensa, en su Especial de Maternidad
del Miércoles 14 de Octubre de 2014

Te gradúas de cuanta cosa puedes. Te realizas como profesional. Todos están orgullosos de ti. Encuentras (en mi caso reencuentras) al príncipe azul. Tienes la boda de los sueños. Ni en Hollywood. El plan era tener unos cuatro hijos. El plan era ser felices para siempre. Nunca fui ni soy chiquillera, pero me parece que la dinámica de las familias grandes, una vez superados los difíciles primeros años, debe ser muy divertida. Con ilusión esperamos a nuestro primer hijo, luego de una historia de novela de 13 años. Y la trama cambió, radicalmente. Llegó Juan David y me enseñó a ser mamá de formas muy diferentes. Y a ser feliz de maneras no convencionales.

Al tener en tus brazos a un primogénito “especial”, como políticamente es correcto llamar a niños como mi hijo, es comprensiblemente humano tener miedo. Querer salir corriendo. Y confieso que lo tuve. Por mucho tiempo. Tanto fue así que tiré por la borda mis planes. Me sentí incapaz, culpable, furiosa, me rendí varios miles de veces. Y me sigo rindiendo. Pero cuando tienes a un hijo como el mío, también aprendes que si el no “se echa”, menos derecho tienes tú de echarte.
Audífonos, terapia, operaciones, citas, especialistas. Vivir con el miedo y hacerte su amiga. Esa es toda una historia. Pero la intención de estas líneas es contarles cómo recuperamos nuestra vida y cómo resucitaron nuestros sueños.

Mi esposo me recuerda el día en el que le dije que ya no tenía miedo y que quería volverlo a intentar. De eso hacen como 3 años, si no es que más. Yo no recuerdo cómo, pero simplemente pasó, en un momento dejé de estar asustada. Pensé que la vida es muy corta y que no tendría otra oportunidad de construir la familia que soñé frente a Dios. Y luego de que los planetas se alinearan, y que el doctor dijera que mis probabilidades disminuían por día, y que el cardiólogo de Juan David hubiera puesto fecha a la tan temida cirugía de corazón abierto, nos salió un positivo, que yo me esperaba. Casi desde el minuto cero lo supe. Se nos había dado otra oportunidad. La vida comenzaba a exigir más dentro de mí y me metía en este enredo emocionante que pensé que no volvería a experimentar.

Hoy exhibo una pancita de ocho meses, seis años después del nacimiento de mi Juan David y con el reloj biológico bastante en contra. La gente me mira. Unos con alegría. Otros con cara de “ésta no aprende”, otros con la frase “Juancito necesitaba un hermanito, eso le hará mucho bien”. Y a mí no me es dado juzgar, sus juicios, valga la redundancia. Pero he llegado a la conclusión de que estas historias suceden para que uno las comparta. Si no, ni las risas ni el llanto habrán tenido sentido.

Este segundo bebé, viene a un mundo complicado pero hermoso. A un mundo en el que nadie cree en la magia, ni en los milagros, ni en los ángeles. Un mundo en el que les dicen “conjuntos de células” a los pequeñitos. En el que la gente no cree en el amor, ni nadie quiere sufrir y todos tienen “derecho a ser felices”. Un mundo en el que los hijos son una complicación, y mejor te lo piensas dos veces.
Todos me preguntan si es niño o niña. Cuando digo que no sabemos, no lo pueden creer. Queremos mantener el secreto. El doctor obviamente sabe, pero se ha prestado a nuestro juego. Porque hay misterios que valen la pena. Porque me encanta llevarle la contraria al sistema, como cuando puse dinero en mi ramo de novia, porque me daba coraje que las mujeres se maten por agarrar un manojo de flores, sin otro incentivo que no sea el del futuro marido.

Y estoy disfrutando esta segunda maternidad con la misma ilusión y los mismos miedos, sino es que un par de miedos más, pero con lecciones aprendidas y esperanza de que las cosas no sean tan extrañas esta vez. Todo se me ha olvidado. Y aunque lo recordara bien, ésta será otra historia. Es otro proyecto. Otro sueño. Arriesgado, pero sabiendo que no estoy sola. Que nunca lo estuve.

Juancito toca mi panza y sabe que algo ha cambiado. Es complicado hacerle entender lo que va a suceder, cuando yo sé perfectamente que nada es exactamente como uno lo planea. Cuando el nuevo bebé tenga 10 años, yo tendré 49. Y Dios sabe que no estoy segura de tener las energías. Como no las tuve la primera vez. Mi esposo, hace cuentas, planifica, se preocupa por lo que sienta Juan David sobre su hermanito (a), trata de contener los nervios. Ya le hemos comprado un body del equipo de Argentina. Sea niño o niña, será hincha, hasta que decida lo contrario po su propia voluntad.

Tengo nuevos planes, sé cosas nuevas. Tengo más paciencia. Supongo que soy mejor ser humano que cuando sólo pensaba en mi propia felicidad y en mis proyectos. Cuando creía que la felicidad estaba en la perfección y el éxito, tal y como lo define la sociedad en la que vivo. Soy hija mayor y hasta donde entiendo la situación del segundo hermano es, digamos, interesante. El nuevo bebé tendrá la ventaja de tener una mamá que ya ha visto latir el corazón de un hijo, y tenido que entenderlo sin lenguaje. De un papá que a la fuerza entendió que el amor va muchísimo más allá de las palabras. Literalmente.

Quiero para este bebé un camino nuevo. Sin proyecciones. Sin límites. Sin tantas piedras como las que le han tocado a su hermano. No lo voy a negar. Eso no implica que tenga bendiciones especiales para mi bebé. Que le guste leer. Que no tema amar, pero que no ponga su corazón en las cosas de este mundo. Que sea libre y valiente y que se arriesgue a tirar las redes. Mientras escribo estas líneas me patea con fuerza, como diciendo “Mami, no cuentes mis cosas, yo no los conozco”. Y yo le contesto, que a su alma le ha tocado habitar dentro de una mamá a la que le encanta contar historias, y que tendrá que vivir con eso.


El miedo y el amor no saben convivir. El amor es complicado. Pero les puedo asegurar que el corazón está diseñado para amar dos veces. Y todas las que sean necesarias.