Ya sé que es uno de los pecados capitales, pero a final de cuentas, se supone que Dios detesta al pecado, no al pecador. Pero es que uno no decide sentirla. Simplemente pasa y no sabes qué hacer con ella. Hay cierto grado de inocencia en la vida del envidioso, pues es algo que no se escoge. Los perezosos, los glotones, los soberbios, avaros, lujuriosos y los iracundos tienen un alto grado de participación y aquiescencia con sus pecados. Pero el envidioso no puede evitar que su corazón quiera lo que quiere, aunque nadie lo sepa.
Y yo quería todo lo mejor para mi hijo. Tenía sueños, planes, proyecciones. Todo lo que uno normalmente espera mientras lleva a su bebé a bordo. Pero las cosas no salieron como yo quería. En su lugar tuvimos una historia llena de los peores escenarios. Todo lo que podía salir mal, salió mal y cada vez que escuché cascos, era porque lo que venían no eran caballos, sino cebras. Vi al terror cara a cara. Cada amanecer traía otra batalla, otra novedad. Los ganchitos de mi lista de deseos se volvieron pesadillas con las que no sabía que iba a convivir.
Fuimos saliendo de aquellas arenas movedizas, pero la vida siguió siendo diferente y mis metas se convirtieron en esfuerzos por sobrevivir. Este año debería estarse graduando de secundaria, recibiendo su cinta negra de Tae Kwon Do, tocando la guitarra en un concierto de rock o invitando a una chica al baile de su promoción. Ya le deberían haber roto el corazón un par de veces. Eso habría sido lo justo. En su lugar tuvimos que reparar físicamente su corazón, aceptar otro tipo de vida. Y renunciar a mil cosas más, que el resto de la gente da por descontado.
No me había sentido como hoy en buen rato. Habrá quienes digan que no se trata de envidia en el sentido estricto. Pero yo quería para él lo que la mayoría de los hijos de mis contemporáneos tienen hoy, y definitivamente siento amargura real por todo lo que él no va a vivir. Envidia es una excelente palabra para describir lo que pasa en mi alma. Es un deseo legítimo, difícil de reconocer, pero tan real que sientes un peso en el pecho.
Esta ha sido probablemente mi peor columna. La que deja de manifiesto mi fealdad interior, pero como les digo a los adolescentes a quienes les doy una clase de literatura y composición, es una excelente manera de saber lo que uno siente, de entender lo que uno piensa sobre diferentes cosas.
Yo sigo tratando de que mi niño me entienda, de tender puentes entre él y yo, de hacerlo parte de los sueños que aún me quedan para él. Y no me malinterpreten, yo no deseo nada de esto para nadie, pero no renuncio a pedir milagros allí donde ha naufragado mi esperanza. Veo las fotos, las celebraciones, los logros alcanzados por los demás, los problemas que para mí son nimiedades y pienso que él también merecía vivirlos a plenitud.
Creo que no tengo el valor necesario para publicar estas líneas. Mientras escribo trato de que se me ocurra otro tema, otra idea que le guste a mi editora; así que dejaré que se sequen las lágrimas y leeré el texto nuevamente, a ver si vale la pena o no mi confesión pública.
