Las manos de mi abuelo

“Por las barbas de Mercurio, abuelito...¡Pareces un príncipe!”

No es el inicio de una frase de Robin (el de Batman), ni el parlamento de un capítulo de Heidy. De acuerdo a los registros familiares, son la reacción espontánea de una chiquitina de cuatro años, ante la visión de su abuelito perfumado, peinadito y listo para salir a un importante evento social.

El “Viejo” también conocido, entre sus discípulos como el “Maestro”, ha visto el mundo a través de sus lentes de carey, desde detrás de un torno o una fresadora, en su taller de calle Central David, durante gran parte de su vida. Ha visto crecer a David, a sus hijos, a sus cinco nietas y dos bisnietos. Ninguna de las nietas ha aprendido a soldar. Sus manos reflejan más de 50 años de sacrificio incansable y trabajo. Como ha trabajado entre cigüeñales, pistones, camisas y árboles de leva, toda su vida, palabras éstas, cuyo significado, solamente entiendo por ser la nieta de un tornero, esas manos llenas de cicatrices, grasa y asperezas, siempre han sido para mí un signo de amor, el poema de una vida dedicada a la educación vocacional, a la familia y a la comunidad que se beneficia de todos aquellos que son excelentes en lo que hacen.

Desde su taller ha orquestado la salvación de muchas máquinas que de no ser por su experiencia habrían pasado al olvido. Ha rescatado automóviles y equipo pesado los cuales, sin su trabajo o el de muchos de los que ha enseñado ese mismo oficio habrían detenido una obra. También ha sido cómplice de inventos y peticiones especiales que van desde candelabros, trapiches modificados, hasta proyectos antigravitatorios.

Salesiano en su formación, mi abuelito siempre ha sido un hombre de pocas palabras, buenas acciones y de sonrisas escasas, pero capaces de iluminar un día que se perfila difícil. De camino al trabajo a veces me detengo un ratito en el taller a saludarlo para que me bendiga y me anime con una de ellas. La magia de su presencia siempre me llena de paz.

Muchos temas pudieron haber sido la apertura de esta emocionante aventura del consumismo. Como todo en la vida, nunca sabes lo que va a pasar. Sé que habrá momentos de sequía en mi pluma, sé que habrá gente que pase de largo ante mis palabras. Pero sé también que hombres como Don Deme, pasan por este mundo dejando testimonio de amor y de trabajo, y un legado así no puede ser ignorado por las personas que tenemos la dicha de tenerlos en nuestra vidas.

Doy gracias a Dios por mis abuelos y la bendición de su refugio. Pienso que nuestra sociedad debe mantener a nuestros mayores en el sitial de respeto que merecen, como las grandes culturas del mundo que han homenajeado a sus viejos y los escuchan e incorporan a la vida de comunidad.

Cualquiera que tenga la dicha de poder contar con ellos y darles el sitial que les da su experiencia y sacrificio durante nuestro paso por la vida puede considerarse muy afortunado.

Abuelito: Eres mi inspiración. A ti te dedico mi primera Esquina del Triskel

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