Haberte amado

A Gabriel García Márquez, un mes después de que se fue...


Creo en mariposas amarillas que te pueden seguir donde quiera que vayas, en ojos de perro azul, en anónimos dejados frente a las casas y en abuelas desalmadas. Creo en vagones de trenes llenos de muertos. Creo en una bella mujer que fue asunta al Cielo, en ángeles viejitos de alas muy grandes que viven en gallineros. Creo que el verbo te habitó y te hizo su dios, su esclavo y su profeta en un planeta de mortales que no te merecimos, pero que te necesitamos.

Era 17 de abril de 2014. Jueves Santo. Un día antes de mi cumpleaños, hace exactamente una luna llena. Te me fuiste, Gabo. Y te he llorado como a un abuelo. Con vergüenza de mí misma por la sensiblería tan ridícula. Como si hubieras sido un hombre cualquiera, un héroe de revista del corazón y yo una groupie desconsolada. Yo caí a tus pies para siempre, me creí cada mentira, cada truco, cada pendejada. Ningún hombre se burló de mí de esa manera. Fuiste un fuera de serie frente a tu máquina de escribir. Un referente irrenunciable e innegable de todo lo que he intentado escribir desde que te conocí. En tu reino comprendí, que no hay camino más exitoso hasta el corazón de un lector, que decir lo que quieres decir, al precio que sea, no importa qué cabeza ruede. Pero es que lo que tú hacías ni se aprende ni se enseña. Es tan difícil querer escribir cualquier cosa después de leerte, García-Márquez, pues agotaste la magia de todas las voces, de todos los tiempos habidos y por haber.

Y ahora ante tu leyenda confieso haberte amado, confieso que vuelvo a ti en busca de consejo, porque eres la solución a mis páginas en blanco, porque bajo tu pluma cualquier palabra era elevada a la sofisticación, aun cuando escribiste altisonantes barrabasadas, que ofendieron a quienes son incapaces de amar su lado oscuro. Tus tiempos son perfectos. Siempre eres oportuno, lacerante y mágico. Sólo tú podías decir “Uno viene al mundo con sus polvos contados, y los que no se usan por cualquier causa, propia o ajena, voluntaria o forzosa, se pierden para siempre” y salir del capítulo lleno de aplausos. O dejar caer un “"El corazón tiene más cuartos que un hotel de putas" y hacerme citarte como si fueras el mismísimo Evangelio.

Eres un monstruo. Un mito. Una exageración que raya en lo sobrenatural. Así te he amado, viejo. Hace 30 días yo respiraba tu mismo aire y eso me hacía sentir especial. Ahora que te fuiste, tú eres la luna y sólo me queda mirarte, aullando sin esperanza por cualquier frase que se te hubiera quedado sin llegar a mí.

Lo nuestro fue especial. Lo sé porque estás aquí y por primera vez leerás algo que yo escribí. Porque ahora eres uno con todo y puedes mirar encima de mi hombro. Y te reirás y me dirás en secreto que no renuncie a mi trabajo convencional o que lo deje todo y escriba hasta desfallecer. Pero, viejo, aunque mi prosa accidentada sea mala e indigna, es verdad. Y aunque no te lo dijera, ya sabías de mi amor.

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