La muchacha

Legaria tenía sus 14 años cuando llegó a la puerta de la casa de los Jener. Con su piel del color de la tierra roja, su olor a jabón Salvavidas y su cabello lacio y negro. Chancletas rojas de plástico y ojitos curiosos y llenos de miedo. Llevaba en la mano una gran bolsa de plástico dislustrada, con un impreso que pudo haber sido en azul. Quizás su único equipaje en esa vida. El nombre completo debió haber sido Olegaria Santos, pero parece que el registrador había oído mal y así se había quedado. Total.
Le presentaron a Minerva quien la llevó a su cuarto de dos metros por dos metros, en el que hay un camarote para las dos empleadas. Es obvio que le va a tocar el de arriba, por llegar de última. Minerva si ya tiene su par de años en la casa y está bastante más despabilada. Ella es la que cuida a los niños de la señora. Minerva le tenía listos 4 uniformes celestes que le quedaron inmensos. Legaria era menuda y plana.
"No me hallo" se le oía susurrar, mientras lloriqueaba a solas en su cuarto. En su radiecillo AM escuchaba melodías de pindín entrecortadas por la estática. Venía de Sionú y era la menor de 6 hermanos. No entendía los ingredientes o la lógica de una receta, ni el funcionamiento de la nevera. La abría en los días de calor para "echarse un poquito de fresco".
Alababa a algo o a alguien mientras fregaba platos con aquella loción rosada que olía tan rico. Siempre pareció como en un dulce trance.
¡Cómo se veía que era la primera vez que veía un aire acondicionado! El televisor se le figuraba un monstruo fascinante. Las cremas de la señora, los perfumes, el maquillaje. Tantos pares de zapatos. Supongo que tampoco había visto una esmeralda de verdad. No tenía cómo saber que el collar costaba 2 años de su rutilante salario de $150 dólares mensuales. No tenía idea de lo que era una denuncia ni un abogado. Probablemente no supiera lo que era robar. Era más inocente que los niños de la casa quienes le tiraban del pelo o le escondían su cuaderno de recortes de revista. Si acaso tenía nociones de lectura. Quizás sus pies desnudos jamás se hubieran posado sobre un mosaico y solo sabía barrer pisos de tierra.

Leo el expediente otra vez y lamento tener que aplicar la ley con Legaria. Según el sistema, habría que meter preso a alguien. Lo que no sé es a quién.
Mariana Reyna, Juez de Menores, David.

© 2007, Klenya M. Morales.

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