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La mochila Verde

Ya no recuerdo dónde la compré, pero sale en varias fotos que pueden convalidar mis versiones. Anatómica. Sucia, enmohecida por pedazos, pero aun bastante entera. Aguantará un par de batallas más. No digamos que es verde. Eso era en un principio. Hoy es del color del pasado, del color de esas cosas de las que no te puedes desprender. Del color de Barcelona en verano vista desde el Tibidabo y de Boquete desde un bus de ruta. Y eso que el verde ni siquiera me gusta tanto, pero no la puedo reemplazar pues a diferencia de la gente, ha estado conmigo en las buenas y en las malas, como un símbolo de ¿qué me importa?, a lo que se espera de mí. La mochila fiel. La mochila que no juzga y que guarda mis secretos tras sus zippers negros. Secretos de clientes, libros robados, lunas de miel y lluvias de estrellas. La mochila en la que empaco y me voy. La mochila constante. Aun cuando yo no lo sea.
Vencedora de mil y una requisas por las aduanas de la vida. Llena de las respuestas de las que las espaldas se te van llenando a medida que caminas. Es más fuerte de lo que parecía. Fue un buen producto. No ha habido que cambiarla en siete años.
Dentro de los variopintos mundos en los que he tenido que aterrizar, en la lucha por hacer realidad mis sueños, la he exhibido como bastión de mi rebeldía a ese mundo de corbatas y profesionales, protocolos y falsedades de gente que no siente pasión por lo que hace. Un repudio total a las reglas. ¿Por qué he de usar un maletín Louis Vuitton cuando la mochila verde es más cómoda?

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