Buena letra

No había perdedero, era una dirección muy fácil. Y eso que yo soy manso plomo con las direcciones Una calle sin salida. Un duplex de verjas rojas y paredes verdes. En Las Colinas de San Francisco. Sillones de terciopelo amarillo mostaza, patas y brazos de madera. Cada cosa de la casa descansaba sobre un tapetito tejido, de un color medio blanco y medio sucio. Muchas fotos de jóvenes, niños, bebés muchachas. Supongo que todos serán familiares. Una terracita medio fresca con las paredes llenas de balconcitos de cerámica pintados en colores chillones. El teléfono sobre el directorio de hace 4 años. Había ido ya varias veces, así que me sabía la sala de memoria.
Al anciano calígrafo le temblaban las manos, pero no la lengua. A esa edad ya le tenían que estar fallando un par de sistemas. Hablaba como si no hubiera mañana. Quizás para él no lo habría. ¡Y tantas cosas que tenía yo que hacer! Se veía que su familia no le conversaba mucho, pues cada vez que iba a ordenar una nueva invitación, me daba largas. Pero ya nadie hacía ese tipo de trabajo. Me había contado que una vez le había escrito todo el juego de invitaciones a un Bar Mitzva con los caracteres hebreos. Que los hijos del dictador en persona, habían pasado por su casa para que él les hiciera las carátulas de las invitaciones de boda.
–¡Ay hija, yo tengo muchos cuentos! He visto bodas desbaratarse –en el último momento. He hecho falsificaciones de diplomas e idoneidades para políticos.
¡Qué pereza! Pero había que aguantárselo, porque parecía ser el único que hacía ese tipo de trabajo en la ciudad. En verdad que parecía un hombre bueno, pero muy solo.
–Los novios vuelven varias veces, porque los invitados van confirmando las invitaciones y se les van abriendo espacios para invitar más gente. También he visto suegras tomar el timón del barco y encargarse de todas maneras de las bodas a pesar de los gritos de la novia. He visto al organizador de las bodas venir aquí y dejarme todo el piso lleno de plumas.
Yo miraba hacia el pesado segundero del reloj de pared y los horribles cuadros de las paredes. Tenía apuro y el viejo inspirado con el bochinche.
–Pero ya la gente no paga por este trabajo, usted verá. Es que ahora todo lo hacen por computadora, pero las cosas ya no se hacen con cariño. Yo sólo cobro 30 centavos por sobre. Ya ni veo. Se me han gastado tanto los ojos...pero, ¿sabe una cosa?, usted me parece muy familiar, ¿será que la conozco de algún lado?
Pero su trabajo era exquisito. Sus lamparitas, sus plumas, sus tintas de colores. El cerro de listas de invitados que estaban debajo de la mía. Primero trazaba líneas rectas a lápiz y al final cuando la tinta se secaba las borraba con cuidadito. El tipo era un artista.
–Uff, si la gente es Doctor y se le pone Señor se ofenden. Acabo de tener que cambiar un montón de sobres que decían Honorable Legislador, y ahora se llaman Honorable Diputado. Doble gasto para la pobre muchacha. Pero con tanto invitado fino capaz y tiene mucha plata.
Mi mamá me había armado una pataleta porque quería que le invitara a unas primas, pues hay que mantener a la familia unida y bla, bla, bla. Mi papá quería invitar a unos amigos del barrio de cuando él era pobre y vendía empanadas en las esquinas. ¡Joder!, esto de la boda se había convertido en un dolor de cabeza. La verdad es que mejor me hubiera escapado con mi prometido. Total, ya estábamos grandecitos.
–Pero niña desde hace días había querido preguntarle, pero es que no la saco. Ayúdeme. ¿De dónde la conozco?
No me quedaba otra que hacerme la loca. Quería agarrar mis sobres y darme a la fuga. Si el calígrafo se llegaba a acordar de que ya yo había ido en tres ocasiones anteriores a pedirle sus servicios con tres novios diferentes, con tres listas de invitados, seguramente me iba a querer preguntar por qué se había cancelado cada matrimonio. Y la verdad no estoy de humor para echar esos cuentos.
Leído en el Café Literario de Elhacedor.org, 14 de noviembre, 2008

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