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Mitos y leyendas: Mary Poppins

A todas esas mujeres que trabajan duramente para tener éxito tanto como profesionales, esposas, madres y el largo rosario ese de misiones que en buena hora se nos ocurrió asumir, les digo una amarga realidad: Mary Poppins no existe.

No voy a echar el cuento completo y voy a utilizar nombres ficticios para proteger a los implicados, pero de que me desahogo, me desahogo.

Llamémosla Aurora. Llegó a nuestras vidas como una fresca brisa de verano. Luego de unas 8 nanas, al fin salía el sol, justo como su nombre. Era perfecta y cuidaba del pequeño Pepito con verdadera dedicación. Llevaba su agenda, rezaba con él, rezaba por él. Fueron casi tres meses de perfección. Pero el miércoles de Cenizas, no volvió. Ni una llamada, ni un chat. Nada. Estuvimos a punto de llamar a la policía y reportarla desaparecida. Pero por allí nos mandó a decir que no volvería. Pepito lloraba, llamaba a su nana. No quería comer. No podía dormir. Fue entonces cuando empezó el verdadero drama.

Las agencias ya nos habían decepcionado una y otra vez. Ninguna amiga que te aprecie se atreve a recomendar a una nana. Colocamos el consabido anuncio en el periódico y recibimos unas 50 llamadas de postulantes interesadas en el trabajo. La mitad de ellas sin el debido status migratorio. If you know what I mean. Sin comentarios. La otra mitad, o no volvieron o tuvimos que despacharlas en el acto por diversas razones que no viene al caso mencionar. Entrevistamos a tantas chicas, que fue necesario organizar un portafolio de perfiles. Que si muy poca plata. Que si dos días libres completos. Que si pueden estudiar. Que si no tienen quien les cuide los niños.

Quizás nunca sepamos lo que le pasó a Aurora. Quizás le hicimos algún desaire. Pero lo que sí sé es que en momentos difíciles estuvo allí y Pepito fue muy feliz. A donde estés esperamos que Dios te acompañe.

Las razones para contratar una nana son muy diversas. Las justificaciones y las realidades de cada familia son interminables. La vida es confusa y se va complicando, pero todos los trabajos son importantes, especialmente el trabajo de las nanas. Este es un cuento sin moraleja ni final feliz. Pero jamás lo olviden: la mano que mece la cuna es la mano que domina el mundo.

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