Carta a un amigo a quien no veo hace tiempo

En el fondo, un solo de piano escuchado mil veces, media vida a cuestas, las cicatrices a la vista.
La vida que se estira sobre las calles del tiempo, con siluetas inventadas y manos torpes.
Pensé que todo sería más sencillo. Pero hoy no me queda más que reírme de mi ocurrencia. Los ecos de mi risa se repiten hasta morir en el olvido. Pero al menos aún recuerdo cómo era esa risa.
Nacer cada día y morir con la luz. Un reto que no todos entienden. Esas mis historias que nadie sabe. Esos mis instantes vulnerables. El color de mi alma que tú conoces.
Saber que las batallas son relativas. Que el balance es la silueta del error y el residuo de hacer las cosas muchas veces, equivocarse y volver a escuchar la misma canción. Que no todo va a tener sentido. Que el acento de esta voz sitiada y a veces muerta no se quede en la imaginación.
Así como en la niebla de los sueños. Así como en la irrealidad de los recuerdos. Desde el fondo del vacío, mis gritos se estrellaron contra estas paredes. Y el fluir de este espacio pequeño y lento se detuvo en el silencio que se los tragó. A los gritos. Sí a los gritos. Uno a uno se tragó todos mis gritos y los envió al lugar de donde ya no podrán salir. No hay rescate que pagar. No hay solución para las cosas que uno no dijo.
Ser la misma y ser otra y ser todas y morirme un poquito. No pases sin mirarme. No te desencuentres conmigo. No pierdas este presente. Mira su forma y pasa tus dedos por el contorno de mi risa. Mañana no seré ésta que hoy te mira y te habla y te hala del brazo para que no la pierdas.
Si me ves de rodillas, quizás no esté vencida. Quizás estoy rezando. Quizás estoy asombrada por las cosas que son más grandes que mi mente y que mi ser. Porque hay cosas más grandes y más bellas y más fuertes. Y el aceptarlo me hace más tenue y transparente. Ten paciencia pues tenía mucho tiempo de no contarte de esta vida.
¿Cobarde yo? Pues sí y no lo oculto. Luego soy valiente porque no le temo al ridículo de la cobardía. Y aún me queda tiempo para salvar a esas ilusiones que se subieron a un árbol para escaparse de los perros.
La espalda tensa. Los ojos llenos de lágrimas. La memoria intacta y nueva, dispuesta a respirar una, dos, tres veces la misma esencia. El mismo aire.  Y tejer las mismas oraciones con los puntos suspensivos que sean necesarios.
El café que no sabe a lo mismo si estoy sola. Uno le da vueltas y golpea la cucharita contra la taza muchas veces. Sé que eso te desespera. Y uno se lo toma sin prisas. Sin horizontes robados ni mentiras tiernas. Eres igual a mí cuando era aquella. Huérfana de futuros y ávida de conclusiones. Enemiga de las promesas y de los supuestos. Amar es un acto de fe. Cuando se acaban las palabras, comienza la verdad. Vamos a callarnos juntos. El que habla primero pierde. Fue bueno verte.

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