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Un niño sin patria

Un niño sin patria
(En memoria de Aylan Kurdi)  
“Ama, pues, al forastero, porque forastero fuiste tú mismo en el país de Egipto.”
Deuteronomio, 10,18

Parece que duermes. Y que en tu sueño esperas que te rescaten. Que te salven. Que te den otra oportunidad. Pero eso es un engaño. Un error de percepción. Ya nada puede hacerse. Eres tú el que rescatas. El que salvas. El que das otra oportunidad. Porque aunque yo esté a miles de kilómetros de ese mar que te ha devuelto al mundo que te ha fallado, me has estremecido cada pedazo del alma. Me has recordado que soy persona y que contigo se ha ido algo de lo bueno que vivía en mí.
Me has confrontado con mis límites y mis nacionalismos absurdos. Me has denunciado que anoche no oré por los que como tú, han tenido que salir de sus casas, de sus tierras y de las fronteras de sus sueños para implorar un pedazo de espacio donde sea. Donde sus cabezas no tengan precio. Donde su Dios no sea una amenaza al poder. Donde a uno lo dejen creer en lo que sea.

Me lo pienso un poco al escribir artículos como este. Trato de no hacerlo al calor del momento y me digo que suficientes cosas tristes suceden para que nosotros incluyamos temas que ya han sido ampliamente abordados por otras plumas más calificadas. Cuando iniciamos esta revista, nuestro sueño era y sigue siendo documentar las cosas buenas y bellas de este suelo inmenso en belleza y en bendiciones que es Chiriquí. Y hemos cedido al orgullo del regionalismo y de la defensa de nuestras costumbres, nuestra ideología de patria chica y nuestro celo ancestral de mantener  y preservar lo que somos. Sin embargo y como en otras ocasiones, nuestra provincia vive en el contexto de la historia del mundo. Y ahora que “el mundo es plano” no podemos sustraernos de una dinámica que cada día hace más importante nuestras acciones u omisiones. Ante el conocimiento que se abre a nuestros ojos, también tenemos grandes responsabilidades, pues nunca antes en la historia el ser humano ha estado tan empoderado para hacer cosas trascendentales y compartir con el resto del mundo sus logros.

Pero al mirar la fotografía de Aylan, una y otra vez, no puedo evitar sentirme diminuta. Fracasada como ser humano. La realidad es que del otro lado del mundo hay un ejército de hombres dispuestos a aniquilar a pueblos enteros por imponer su dios y su ley. Y de este lado del mundo estamos cerrando las puertas a quienes huyen de la miseria humana. Quizás no hay nada que yo podría hacer para que niños como Aylan  logren llegar a salvo a la orilla, pero no he hecho nada a mi alrededor para mitigar el dolor ajeno. Aquí a la vuelta de la esquina hay extranjeros que buscan una mejor vida lejos de sus patrias. Hay huérfanos que esperan por la calidez de una familia, niñas embarazadas que buscan una oportunidad de avanzar, fundaciones que piden aunque sean centavos para tratar de enmendar cosas en las que como sociedad hace mucho tiempo dejamos de funcionar correctamente.

Te miro de nuevo y siento que no he amado lo suficiente. Me has desmoronado ante mi ineptitud de ser la samaritana. De pensar que soy buena. De fallar constantemente en la solidaridad con el hermano.

La situación de los desplazados nos debe afectar, porque en un mundo sedado por la frivolidad y el circo, entumecido por las tecnologías y secuestrado por el individualismo, estamos perdiendo la capacidad de indignarnos frente a la injusticia. Y eso nos disminuye como seres humanos. Nos aleja del amor. Hace que nuestras vidas dejen de ser dignas de vivirse. Porque nada nos realiza como el contacto con el prójimo.

Hoy les pido que discutan con sus hijos y sus seres amados la situación de los refugiados sirios. Aunque sea por un minuto, que toquen el tema en sus aulas. Seamos gente. Hoy les pido una oración, no por Aylan quien no conoció la maldad y es un ángel que pide a Dios por nosotros, sino por nosotros mismos. Porque no nos dejemos cosificar ni renunciemos a nuestra humanidad.


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